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domingo, 18 de julio de 2010

IGNACIO AGRAMONTE Y LOYNAZ. Por José Luis Prieto Benavent (Parte II )

El 2 de agosto de 1868 se casaba con Amalia Simoni y Argilagos. Este es otro de los elementos de la leyenda agramontina: sus amores extraordinarios. Amalia e Ignacio se conocían desde niños. Durante los años de separación, por los estudios de Ignacio en La Habana, Amalia había viajado por Europa con sus padres, se reencontraron de nuevo durante el Carnaval de San Juan en Camagüey en el que ella había sido elegida Reina de la Nobleza. Las cartas de amor que se conservan y que editó su nieto Eugenio Betancout Agramonte son de un decidido lirismo romántico.

Ignacio y Amalia se casaron en agosto de 1868 y en noviembre él se incorporó a la guerra. Un recién casado en plena contienda debió ser un elemento particularmente desventurado y dramático. Entre los sobresaltos y fatigas de la campaña se veían ocasionalmente. Antes de un año tenían un hijo. José Martí evocaba aquellas escenas de amor: ³Acaso no hay romance más bello que el de aquel guerrero que volvía de sus glorias a descansar, en la casa de palmas, junto a su novia y su hijo².

Cuando la guerra se recrudeció, Amalia se exilió en Nueva York donde nació su segundo hijo, una niña que Ignacio no llegó a conocer. Amalia, que era una excelente soprano, vivió dando clases de piano y cantando en las iglesias.

Mientras tanto iba a nacer el mito del Bayardo, el capitán más valiente de Cuba.

Ignacio junto con su pariente Eduardo, estuvieron en la fundación del Comité Revolucionario de Camagüey, presidido por Salvador Cisneros Betancourt y con el mando militar de Manuel Quesada, general que había combatido con Benito Juárez en México. En ese Comité, Augusto Arango propuso un plan de negociación con el nuevo gobierno surgido de la Revolución de Septiembre. La España democrática surgida de la Gloriosa ofrecía un nuevo pacto a los cubanos: amnistia, libertad de prensa y convocatoria de elecciones para que la Isla enviara representantes a las próximas Cortes Constituyentes. La tradición conserva las duras e inflexibles palabras de Agramonte: ³Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan. Cuba no tiene más camino que conquistar su redención arrancándosela a España con la fuerza de las armas². Poco después Arango, el negociador, fue asesinado. La intransigencia, el empecinamiento, la impaciencia, virtudes todas muy españolas, se enseñoreaban del bando cubano.

El 10 de abril de 1869 se inició en Guáimaro la Convención o Asamblea Constituyente de la República de Cuba, con representantes de Oriente (Céspedes), Camagüey (Cisneros y Agramonte) y representantes de las Villas y La Habana. Se proclamó la Constitución (redactada en pocas horas entre Agramonte y Antonio Zambrana) y se adoptó como bandera del nuevo país la que había enarbolado en su tentativa de 1850 Narciso López. La bandera de los anexionistas.

La Constitución se inclinaba decididamente por instaurar una fórmula republicana que establecía la separación de poderes con fuerte predominio del legislativo, lo cual hizo evidente la influencia de Agramonte y de Zambrana, los jóvenes de Puerto Príncipe con apenas 28 años, frente a las opiniones centralizadoras de Céspedes con 50 años de edad, que exigía un mando único para dirigir la guerra. Hubo leyes sobre el matrimonio civil, instrucción pública, administración descentralizada, libertad de comercio y sobre el Ejercito Libertador, disposiciones continuamente reformadas. Pero Agramonte, el abogado, apenas si permaneció unas pocas semanas como legislador, su ímpetu revolucionario le conducía a la primera línea como soldado.

La presencia de la Asamblea convirtió la zona centro en escenario de las operaciones militares, el célebre creciente de Valmaseda que culminó con la toma de Bayamo por parte de los españoles. El 10 de diciembre de 1869, Jordán y Agramonte lograban detener en Minas de San Juan al General Puello que con más de 1.500 hombres no pudo romper las defensas manbises.

Las contradicciones entre las ideas de Céspedes y de Agramonte están bien documentadas 2.
El 13 de enero de 1871, cuando la situación de la insurrección era más grave, Agramonte fue nombrado general en jefe del ejercito de Cuba Libre en Camagüey (Mayor). Se esforzó en dotar a las tropas de verdadera disciplina militar y eficacia. Agramonte cortó el flujo de deserciones disponiendo y haciendo ejecutar la pena de muerte para todo el que intentara pasarse a los españoles. Si leemos las fuentes españolas encontramos que una de sus primeras acciones fue el asalto a la torre óptica de Colón con trescientos hombres. La torre estaba defendida por un alférez con veinticinco soldados que tras durísimo combate murieron todos. Si leemos las fuentes cubanas encontraremos datos completamente opuestos, como la batalla por el puente de Tomás Pio, donde 150 camagüeyanos mal armados derrotaron a mil soldados españoles bien equipados.

Pero la acción más célebre y galante, que dio verdadera fama a Agramonte entre cubanos y que fue muy admirada por los propios españoles, fue el Rescate, en octubre del mismo año, de su segundo, el coronel Sanguily, prisionero y custodiado por 120 soldados españoles. Agramonte con sólo 35 jinetes ordenó una carga de caballería al machete y logró liberarlo. La tradición nos ha dejado la arenga de Agramonte: ³Corneta, toque usted a degüello².

El 18 de abril de 1873, el nuevo capitán general nombrado por la Republica Española Cándido Pieltain a la cabeza de un ejercito de 54.000 hombres (si bien más de un tercio enfermaron nada más llegar a la Isla) y con otros 57.000 hombres entre voluntarios y milicianos cubanos, se dispuso a lanzar otra ofensiva final para terminar con la insurrección. La ofensiva en Camagüey fue detenida por Agramonte en una acción donde murió el coronel de la Guardia Civil Leonardo Abril y la columna española se retiró abandonando armas y caballos. Fue la mayor victoria de Agramonte y la última.

El 17 de mayo, la columna al mando del coronel Rodríguez León encontró a Agramonte en Jimaguayú y le dió muerte. Tenía 32 años. Según el estudio de sus restos que hicieron los españoles cuando rescataron su cadáver vestido con una camisa blanca, se encontró la bandera norteamericana bordada sobre el pecho. Agramonte nunca ocultó su anexionismo 3.

En la biografía que le dedicó su nieto Eugenio Betancout (que naturalmente no le conoció) se transcribe el comentario de uno de sus compañeros de armas: ³al morir tenía la apariencia militar pefecta². Las finas y elegantes facciones de joven abogado se habían convertido en el rostro de la ferocidad. Su bigote delgado se había transformado en un formidable y aguerrido mostacho enmarcado por terribles patillas. Su mirada melancólica debía tener ya la frialdad de los que conviven, sin pestañear, con la muerte y la crueldad de la guerra.

La creación del mito del bayardo era inevitable, una figura semejante sólo podía quedarse para siempre en el corazón y la imaginación de los cubanos. Encarna el arquetipo perfecto del revolucionario tal como lo describió Saint-Just : ³Un hombre revolucionario es inflexible. Pero es sensato, es frugal, es sencillo sin hacer ostentación del lujo de la falsa modestia; es enemigo irreconciliable de toda mentira, de toda indulgencia, de toda afectación² 4. La retórica revolucionaria, que presenta la revolución como una epopeya y a sus actores como héroes con altura de miras y capacidad de sacrificio, ha hecho memorables a estos hombres inflexibles y violentos.




Las descripciones de Agramonte, entre ellas las de Martí (que tampoco lo conoció, aunque trató mucho a Amalia en el exilio de Nueva York) coinciden todas con el arquetipo: ³Por su modestia parecía orgulloso, oía más que hablaba, tenia la elocuencia de la limpieza de corazón. Se sonrojaba cuando ponderaban su mérito, llevaba en sus ojos su augusto sacrificio² 5.




Mito y memoria son dos elementos inseparables que el historiador no tiene por qué destruir, pero si tiene que tratar de explicar.

 Podemos encontrar en el exilio cubano numerosos artículos 6 denunciando la falaz y manipuladora utilización que sigue haciendo el régimen castrista de los mitos nacionales cubanos. Insisten todos en que si hoy Agramonte levantara la cabeza se quedaría horrorizado de la realidad actual de Cuba. Con la palabra viva de Agramonte, con su Discurso de 1866, contra la centralización y a favor de las libertades individuales, el régimen castrista debería enrojecer de vergüenza antes de mencionar su nombre. Pero hay que preguntarse por qué la dictadura castrista conecta tan bien con estos mitos revolucionarios del siglo XIX... Y es que, la revolución basa siempre su legitimidad en la fuerza, en la violencia y estos mitos exaltan la violencia y la agresividad en grado máximo. Dan cuenta de una cultura que aún no ha encontrado una vía de respeto a la ley y de reconocimiento de la palabra como única arma política legítima. A principios del siglo XXI Cuba sigue dominada por una dicatadura militar. ¿No ha llegado ya acaso el momento de dejar de admirar a todos estos héroes de la violencia?



La estatua de Agramonte en Puerto Príncipe no es la de un tribuno que busca convencer con la ley y la palabra, no es la del redactor de la primera Constitución de Cuba Libre, no es la estatua del hombre que firmó en Guaimaró el decreto de abolición de la esclavitud, es la estatua ecuestre del guerrero mambí con el machete dispuesto para la carga.

Bibliografía




Ignacio Agramonte y la Revolución Cubana. Eugenio Betancourt Agramonte.1928
Agramonte. El Bayardo de la Revolución Cubana. Carlos Márquez Sterling (1899) Introducción de Ignacio Rasco. Miami, Fla. Editorial Cubana, 1995.
Ignacio Agramonte y Loynaz, (23/12/1841, 11/5/ 1873). Fermín Peraza y Sarausa La Habana . Departamento de Cultura, 1943 Colección: Publicaciones de la Biblioteca Municipal de la Habana.
Atlas biográfico Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz. Elaborado por la Empresa Occidental de Geodesia y Cartografía. La Habana: Instituto Cubano de Geodesia y Cartografía, 1989
11 de mayo 1873-1973: Centenario. Museo de la Ciudad de La Habana, Palacio de los Capitanes Generales La Habana: Orbe, 1976.2

1 Cuadernos de Cultura, serie 5 nº 5. Dirección de Cultura, Ministerio de Educación, La Habana 1942.
2 Antonio Zambrana, habanero, en su obra La cuestión cubana, censura la dictadura militar de Céspedes y ensalza por contra la figura de Agramonte. Enrique Collazo, santiagueño, en su obra Desde Yara hasta el Zanjon, subestima los aspectos políticos y se muestra partidario de la dictadura miliart de Céspedes.
3 Moreno Fraguinals. El anexionismo. En Cien años de Historia de Cuba. Editorial Vebum. Madrid 2000
4 Saint-Just. Rapport sur la police générale. En Saint Just Oeuvres Choisies. Paris 1968.
5 José Martí . ³La Patria². 10 de abril 1892. Nueva York
6 Frank de Verona. ³Ignacio Agramonte y Loynaz² en www.camagueyanos.com. Benito Alonso y Artigas. ³Agramonte y la libertad en Cuba². En El Nuevo Herald. 8/6/2001. Manuel Vázquez Portal. ³Otra vez Jimaguayú² en www.cubanet.com.
 Ignacio Agramonte y Loynaz (1841-1873) ³El bayardo de Cuba² - José Luis Prieto Benavent



 De AloCubano.com

IGNACIO AGRAMONTE Y LOYNAZ. Por José Luis Prieto Benavent (Parte I )

1841-1873)
EL MAYOR



(Otro anexionista cubano, al que los historiadores de Cuba le ocultan sus verdaderas intenciones y lo disfrazan de independentista. Mentiras de nuestra historia manipulada. J.R.M.)


Las culturas agresivas guardan en su memoria como mitos más valiosos, como temas preferentes de su narración histórica, todo lo relacionado con la épica de la conquista del poder, los estallidos revolucionarios, los gritos insurrecionales y los martirologios en los períodos rupturistas. En la tradición política hispanoamericana, las guerras de independencia, han sido interpretadas envueltas en una aura romántica e idealista que las ha transformado en epopeyas épicas nacionales. Según esa epopeya nacional, hombres de armas iluminados por los ideales de libertad y justicia, líderes arrolladores que contienen y movilizan todos los elementos del prototipo del héroe romántico, alzaron a sus pueblos contra la opresión del siempre tiránico gobierno español.
La figura de Ignacio Agramonte, reúne todos los elementos del mito imprescindibles para construir la epopeya nacional. Es difícil no sentir de inmediato una gran admiración y simpatía por este protagonista indudable de la historia de Cuba.

Nació en Puerto Príncipe (Camagüey) en diciembre de 1841, hijo de Ignacio Agramonte Sánchez, rico abogado de familia muy antigua en Cuba y Filomena Loynaz y Caballero, de familia no menos ilustre. Los Agramonte eran una distinguida dinastía de letrados, su tío abuelo, también llamado Ignacio, fue alcalde y colaborador de Gaspar Betancourt Cisneros, el Lugareño, durante la construcción del ferrocarril de Camagüey a Nuevitas.

Estas mismas familias (los Betancourt, Agüero, Loynaz.) fueron, a la altura de 1808, encendidos patriotas españoles y realistas. Se opusieron a los proyectos abolicionistas de las Cortes de Cádiz y aceptaron encantados el absolutismo de Fernando VII que les garantizaba libertad de comercio, mantenimiento de la trata, desestanco del tabaco y un progreso económico que la metrópoli estaba muy lejos de conocer. Eran una elite criolla muy ilustrada, con gran capacidad de creación de riqueza y muy conscientes de sus intereses. Así, en 1836, expulsaron al General Manuel Lorenzo cuando intentó promulgar en Santiago la Constitución del 12, restablecida en España tras el motín de La Granja. Fueron los que exigieron un régimen de excepcionalidad para la Isla que les alejaba de la construcción liberal que se iniciaba en la Península. El régimen de facultades omnímodas del General Tacón no fue el fruto de un gobierno absolutista en España sino todo lo contrario, el fruto del gobierno más radical y progresista del liberalismo español. Al igual que los soldados que mataron a Ignacio Agramonte en 1873 no fueron los soldados del Rey, sino los soldados de la Primera República española, La Federal.

Hasta la década de los treinta Cuba aceptó mayoritariamente el régimen absoluto porque les garantizaba la prosperidad y les mantenía alejados de lo que consideraban, con mucho, el mayor peligro para su sociedad: la africanización. Si para evitar un nuevo Haití era necesario mantener un gobierno militar excepcional, valía la pena el trato.

No es difícil comprender que para los liberales progresistas que expulsaron a los diputados cubanos de las cortes de 1837, el mantenimiento de la hacienda colonial era una cuestión vital que no estaban dispuestos a negociar. Con ella se sufragó en parte la guerra carlista. A cambio de los importantes ingresos cubanos, los liberales españoles consintieron la pervivencia de la trata y el régimen de libre comercio (excepcional en el ámbito de la monarquía española). Puede decirse que una parte de la clase política española sirvió directamente a los intereses de las élites cubanas propietarias de esclavos.

La desamortización eclesiástica propuesta por Mendizábal también favoreció a los criollos cubanos, aunque no sin conflictos. Fueron capaces de sustraer muchas propiedades eclesiásticas y entre ellas secularizaron la Universidad de la Habana.

Pero la propia Cuba comenzó a dividirse entre la región Occidental esclavista y el Oriente con intereses económicos bien distintos, un fenómeno semejante a lo que sucedió en Estados Unidos entre el Norte y el Sur. Fue el Oriente la cuna del liberalismo cubano, allí José Antonio Saco, nacido en Bayamo diputado por cuatro veces de Oriente, y exilado casi permanente en Estados Unidos y en Europa, fue en uno de los primeros en plantear el anexionismo a Estados Unidos como una de las soluciones posibles de la fragante contradicción entre la riqueza económica y el retraso político. En su obra Paralelo entre la Isla de Cuba y algunas colonias inglesas (1837) planteo lo que ya Arango y los ilustrados habían propuesto desde el principio, el autogobierno, la descentralización administrativa.

Si las élites criollas habían sido inicialmente absolutistas, a mediados del Siglo XIX se hicieron anexionistas: el caso de Texas, y California era para ellos una esperanza. La expedición de Narciso López, bajo la bandera de la estrella solitaria de Texas, fue el momento álgido del anexionismo. La leyenda nos recuerda al jovencísimo Ignacio Agramonte recogiendo en su pañuelo la sangre de Joaquín de Agüero, fusilado por los españoles en 1851, como un joven Aníbal jurando odio eterno a los romanos.

AgramonteLas fronteras entre anexionistas, reformistas, independentistas, autonomistas, eran muy difusas, no se trataba de partidos políticos organizados sino de tendencias que se discutían en el interior de las logias masónicas en función de las distintas coyunturas políticas e internacionales. Pero si en algún lugar ideológico tenemos que colocar a los Agramonte es entre los anexionistas. Las ideas de Cirilo Villaverde, de Gaspar Betancourt fueron sin duda las que formaron la mentalidad del joven Ignacio Agramonte. Esas ideas y sobre todo el ejemplo de los fenómenos sociopolíticos que estaba ocurriendo en los Estados Unidos.

Tras un largo periodo colonial, Estados Unidos había pasado por un ciclo revolucionario y a la altura de 1850 había logrado la primera sociedad auténticamente democrática, era el primer país que realmente había entrado en la modernidad y en una vía de progreso. Un país que comparado con los del Continente, tenía un Estado pequeño, un ejército pequeño (a diferencia de las repúblicas sudamericanas que estaban todas dominadas por dictaduras militares e inmersas en guerras civiles interminables). No había diezmos, porque no había Iglesia estatal, no había subsidio de pobres porque prácticamente no existían. Los salarios eran altos, los impuestos eran mínimos y los trabajadores podían gastar lo que ganaban en mejorar las condiciones de vida de su familia. No había policía política, no había censura, no había leyes que consagrasen las diferencias de clases. Jackson había acuñado la frase a propósito de 
Texas en 1843, según la cual anexionarla a Norteamérica era ³extender el área de libertad².


Tex
 
La propia Unión Norteamericana era un estado artificial, fruto de pactos, convenios y alianzas entre estados. Estaba hecho de trozos de papel redactados por abogados. En su Declaración de Independencia no habían usado el termino ³nación² (fueron precisamente los federalistas los primeros en utilizar ese concepto). La auténtica identidad nacional de los norteamericanos era la Constitución, la idea de respeto a las leyes, las ideas de libertad e igualdad ante la ley. Sólo con esos mimbres se podía formar a posteriori una nación multicultural y plurireligiosa. Y por fin, tras la Guerra Civil, habían resuelto en 1865 el problema de la esclavitud. Esto es lo que admiraba Agramonte y buena parte de los revolucionarios cubanos del 68. En la Proclama expedida por la Capitanía General de Ejercito liberador de la Isla de Cuba y el Gobierno Provisional de la misma, se lee: ³La naciente Unión Americana, bajo su brillantísima forma de gobierno, égida de todas las libertades modernas, modelo de cultura y civilización².

Pero regresemos a la biografía de Ignacio Agramonte: En 1855 ingresó en el Colegio del Salvador fundado por José de la Luz y Caballero, famoso por sus avanzados métodos de enseñanza. De allí pasó a la Universidad de La Habana donde llevó una intensa vida intelectual, participando en tertulias y afiliándose a logias masónicas. Se licenció en Derecho Civil y Canónigo en febrero de 1866. Fue un estudiante brillante, con sobresaliente en todas sus asignaturas. Su biógrafo Carlos Márquez Sterling lo describe como ³sereno y reflexivo menos cuando cree su dignidad o su honor ofendido. Modesto y sencillo, enemigo de la vanidad, la mentira y el engaño, inflexible contra el desorden y el vicio, valiente hasta la temeridad. Honrado en todos los instantes de la vida. Era un hombre tallado en roca².

Como los jóvenes de su clase social aprendió el manejo de las armas y era muy diestro en esgrima. Participó en varios duelos y fue herido en varias ocasiones. La imagen que nos ha legado la tradición no oculta un carácter violento.

Conservamos un documento excepcional para reconstruir la mentalidad de Agramonte en aquel momento: su Discurso de licenciatura ante el Rector y el Clausto de la Facultad de Derecho pronunciado el 8 de junio de 1866 1:

El discurso versa sobre la Administración como expresión del poder Ejecutivo del Estado. Está en la línea del liberalismo ortodoxo moderado de mediados de siglo, que intentaba una conciliación entre libertad y orden. La principal obligación del Estado es garantizar los derechos individuales que para Agramonte eran básicamente la libertad de pensar, de hablar y de obrar. ³El individuo mismo es el guardián y soberano de sus intereses, de su salud física y moral; la sociedad no debe mezclarse en la conducta humana, mientras no dañe a los demás miembros de ella. Funestas son las consecuencias de la intervención de la sociedad en la vida individual; y más funesta aún cuando esa intervención es dirigida a uniformarla, destruyendo así la individualidad, que es uno de los elementos del bienestar presente y futuro de ella².

Se trata de un liberalismo individualista, manchesteriano, preocupado por establecer limitaciones al Estado.

Tras demostrar que el gobierno debe respetar los derechos individuales, Agramonte trata de demostrar que sólo una administración centralizada de una manera bien entendida o conveniente, deja expedito el desarrollo individual. La centralización absoluta es la tiranía, la descentralización absoluta es la anarquía. Agramonte entiende por centralización la acumulación de atribuciones del poder ejecutivo, y cita como ejemplo el Imperio Romano. A este modelo contrapone (como ya hiciera José Antonio Saco) la monarquía parlamentaria inglesa que ofrece descentralización administrativa. La descentralización aumenta la capacidad de producir riqueza. ³La centralización no limitada convenientemente disminuye, si no destruye la libertad de industria, y de aquí la disminución de competencia entre los productores, de esta causa tan poderosa del perfeccionamiento de los productos y de su menor precio, que los pone más al alcance de los consumidores².

Es evidente que Agramonte pensaba en el modelo económico liberal tal como se desarrollaba en Inglaterra y sobre todo, en los Estados Unidos de Norteamérica, donde una decidida apuesta por la modernización tecnológica y la libre competencia, estaba produciendo un abaratamiento real de los costes de producción y un enriquecimiento de la población. El panorama que ofrecía la administración española era todo lo contrario, una centralización que paralizaba la iniciativa individual: ³La centralización hace desaparecer ese individualismo, cuya conservación hemos sostenido como necesaria a la sociedad. se comienza por declarare impotente al individuo y se concluye por justificar la intervención en su acción destruyendo su libertad, sujetando a reglamentos sus deseos, sus pensamientos, sus más íntimas afecciones, sus necesiadades, sus acciones todas².


Agramonte se basa en el modelo de ³estado mínimo² que podía observar en los Estados Unidos. Pocos funcionarios pero bien pagados, con independencia entre ellos que les de dignidad en vez de estar humillados por los caprichos de un superior, con una responsabilidad legal y no arbitraria. Lejos de ser convertidos en máquinas de ejecución o de transmisión, desplegarían su actividad e inteligencia en provecho de la sociedad.


³Un código único, arma regular y recursos financieros reunidos en la mano de un poder central para ser empleados conforme a la ley, serian una garantía bastante contra el federalismo, y para poder dejar a los habitantes de una localidad repartir sus impuestos, administrar sus propiedades construir sus vías de comunicación , gobernar en una palabra sus asuntos locales, que solamente ellos conocen y más directamente les interesan².


Es decir, centralismo en cuanto a los derechos políticos (código único) y descentralización y autonomía en cuanto a los asuntos económicos. Pero todos estos elementos racionales parecen estrellarse contra un Estado como el Español que no era capaz de abordar la más mínima descentralización. El discurso de Agramonte acaba con una amenaza: ³Un Gobierno que con una concentración absoluta destruya el franco desarrollo de la acción individual y detenga la sociedad en su desarrollo progresivo, tarde o temprano se encontrará con los hombres concientes de sus derechos ,y escuchará el estruendo del cañón anunciandole que cesó su letal dominación².


Era una llamada a la insurrección. Tan atrevidas palabras causaron estupor al tribunal. Todos sabían de que gobierno estaba hablando. Se dijo que de conocerse su contenido del Discurso, no se hubiera consentido su lectura, pero en aquellos momentos el prestigio de Ignacio Agramonte era ya tal que no pudieron suspenderle. Aquel era el sentimiento dominante de casi todos los universitarios cubanos y además era evidente para todos, que el régimen isabelino estaba agonizando en España. Muchos criollos estaban ya apoyando y financiando lo que iba a ser la Gloriosa revolución de 1868 en España y también en Cuba.

El flamante abogado, trabajó en el bufete de Don Antonio González de Mendoza y actuó como juez de paz. Se trasladó a Camagüey donde fundó una Academia de Jurisprudencia y desarrolló una breve carrera como escritor en las Crónicas del Liceo de Puerto Príncipe.



(Continuará)

Nuevas fotos de Caimito, mi pueblo. Cortesía de Bello


He puesto nuevas fotos de mi pueblo, Caimito y los invito a que visiten el Blog:

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