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lunes, 9 de mayo de 2011

Los Últimos Días de un Imperio. 1898


 A principios de 1898, las ciudades españolas están en calma. España se inunda de corridas de toros, de obras de teatro y zarzuelas que se estrenan sin interrupción. La gente vive los acontecimientos de Cuba y Filipinas como algo lejano. No sabe por qué luchan los cubanos, ni el potencial económico y militar de los Estados Unidos. Siguen soñando que en el Imperio nunca se pondrá el sol. Ignoran lo turbias que están las relaciones con los Estados Unidos.

 Seis días antes de la explosión del Maine, la prensa americana publica una carta confidencial del embajador español en Washington, Dupuy de Lôme, dirigida al Ministro Español Canalejas. En esta carta se acusaba al Presidente Mac Kinley de débil y populachero y de querer contentar a los halcones de su partido. Los ánimos en los Estados Unidos se encrespan y muchos piden la intervención en Cuba. El nombramiento de un nuevo embajador español, Polo de Bernabé, calma los ánimos momentáneamente.

 "Habrá un día de estos, en Cuba, una explosión que nos arreglará muchas cosas" escribía el primer Henry Cabot Lodge a un embajador americano el 5 de enero de 1898. Sus palabras fueron proféticas. Veinte días más tarde zarpaba el Maine hacia la Habana. Los habaneros van al Teatro Tacón, a las corridas de toros, se pasean en los coches de caballos, como si a 100 kilómetros de La Habana no se librasen violentos combates contra los rebeldes. El Maine seguía meciéndose en las aguas de la Bahía alargando el tiempo de estancia previsto inicialmente. Había llegado en visita de cortesía y se quedaba para garantizar la vida y hacienda de los ciudadanos americanos. Washington estaba belicosa, Madrid inconsciente, La Habana dormida y Sierra Maestra en plena guerra. La explosión anunciada por Cabot Lodge se produce el 15 de febrero de 1898. El Maine se hunde mientras el Imperio agoniza.

 La prensa americana clama por la guerra. El diario "The World" proclama: "La destrucción del Maine es razón suficiente para dar orden de zarpar a nuestra flota hacia La Habana y exigir una indemnización en el plazo de 24 horas bajo amenaza de bombardeo ". El "New York Journal" pide la intervención militar. En España la prensa contesta. El periódico "El País" replica: "El problema cubano no tendrá solución mientras no enviemos un ejército a los Estados Unidos ". Los demás periódicos españoles, como "El Correo Español ", piden la guerra. Siguen sin conocer el poder económico y militar de los Estados Unidos.

 El gobierno de los Estados Unidos encomienda a su embajador en Madrid, Woodford, una negociación con España sobre la base de un armisticio, la supresión de los "Reconcentrados" y el autogobierno cubano. En medio de la locura de las masas, Woodford comenta al Ministro español Moret: "No creo que la autonomía pueda dar la paz a Cuba, ni tampoco creo que los insurgentes puedan asegurar la paz con un gobierno libre e independiente. Sólo hay un poder y una Bandera capaces de asegurar la paz. Los Estados Unidos tienen ese poder y la bandera americana es esa bandera." La intención americana es clara. Frente a España habla de la independencia cubana, pero nunca reconocieron a los independentistas cubanos la condición de beligerante.

 El gobierno americano, insatisfecho, propone simple y llanamente la compra de la Isla. Todo se quiere comprar, hasta el honor. El rechazo del gobierno español deja pocas salidas a la situación. El 21 de marzo la comisión americana que investiga el hundimiento del Maine, acusa a España de ser la autora y la opinión pública americana aumenta la presión para que su gobierno intervenga en Cuba. El Secretario de Estado, Gray, argumenta los sentimientos de Nación Cristiana para justificar la intervención. (Cristo, al parecer, había nacido en los Estados Unidos ). Mientras, en España, se celebran elecciones que ganan los candidatos liberales. Las fiestas de la aristocracia se llenan de esplendor y los Carnavales inundan las calles de España.

 El gobierno español, presionado por las potencias europeas, acepta el armisticio propuesto por los Estados Unidos pero nada más. Los rebeldes lo rechazan y los Estados Unidos se callan. El 11 de abril, Mac Kinley lee su mensaje al Congreso: "La situación actual de Cuba es una amenaza constante para nuestra paz interior e impone al gobierno de los Estados Unidos gastos enormes .... y corren constante peligro la vida y la libertad de nuestros conciudadanos, mientras se destruyen las haciendas y los caudales de éstos y están expuestos a ser apresados, y lo son, en efecto, nuestros buques mercantes por la marina de un gobierno extranjero ". Lo que McKinley silencia es que los ciudadanos americanos capturados eran agentes de los rebeldes y que los barcos apresados llevaban contrabando de guerra a los cubanos. Su discurso terminaba con la petición de que el Congreso le autorizara a tomar medidas para imponer un gobierno estable capaz de mantener el orden en Cuba empleando, si fuera necesario, el ejército y la marina de los Estados Unidos.

 El gobierno español intenta desesperadamente una intervención diplomática extranjera para evitar el conflicto que se avecina. Lo intenta con la Santa Sede y con los países europeos, pero todo es inútil. Cuba queda muy lejos y nadie quiere hacer una labor de mediación. En España la gente se lanza a la calle en patrióticas manifestaciones gritando "¡A Nueva York !" a los acordes de la Marcha de Cádiz. El ministro de la Guerra proclama que desearía que el ejército yanqui viniera a España para demostrarles el heroísmo de un pueblo. Tan patriótica jactancia es aplaudida frenéticamente por los periódicos. Los espíritus de El Cid y de Santiago Apóstol vagaban por España como si las guerras se ganasen sólo con ayudas espectrales. El pueblo sigue sin saber el poder de los Estados Unidos y el gobierno, que lo sabe, calla.

 El 18 de abril, el Congreso de los Estados Unidos aprueba una resolución conjunta dando plenos poderes a McKinley. Desde este día España sabe que la guerra es inevitable. En la noche de 20 al 21 de abril, Woodford, recibe por telegrama el texto de la resolución de las Cámaras americanas, con órdenes de entregarlo en forma de ultimátum exigiendo la renuncia española a Cuba en el plazo de tres días. Woodford decide entregarlo en la mañana del día 21. Lo que no sabe es que el telegrama ha sido descifrado por los servicios del Ministerio español de Estado. El gobierno de Sagasta decide anticiparse. Ordena por telegrama al embajador español en Washington que abandone los Estados Unidos. Cuando Woodford llega al Ministerio, se le comunica la ruptura de relaciones diplomáticas entre los dos países y se le entregan los pasaportes. Esa misma tarde, parte hacia París. La flota americana ya se encuentra a 10 millas de la costa cubana y apresa dos mercantes españoles antes de la declaración de guerra (los usos diplomáticos y el Derecho Internacional se ignoran ). El día 25 de abril el congreso de los Estados Unidos vota la declaración de guerra a España con efectos retroactivos desde el día 21, para justificar el apresamiento de los mercantes.

 En España la gente cree que Dios está con ellos. En los púlpitos los sacerdotes invocan el auxilio divino, pero Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. El ocaso del imperio había llegado.

Bibliografía:

Cesa de Existir la Soberanía de España en la Isla de Cuba 1 de enero 1899


( Foto de Internet )

«En cumplimiento de lo estipulado en el Tratado de Paz, de lo convenido por las comisiones militares de evacuación, y de las ordenes de mi Rey, cesa de existir desde este momento, hoy primero de Enero de 1899, a las doce del día, la soberanía de España en la Isla de Cuba y empieza la de los Estados Unidos».

Adolfo Jiménez Castellanos
Capitán General
1 de Enero de 1899

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