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martes, 18 de enero de 2011

HISTORIA DE LA ESCLAVITUD (Volumen VI). Por José Antonio Saco (Para acabar con al Mito de los pobrecitos indios americanos) ( Parte I )

(Foto de Internet-Colaboración de Anónimo)

Los indigenas americanos para nada eran angelitos, y de hecho podían llegar a ser bien macabros. Se conoce sobre los sacrificios humanos, se conoce sobre el canibalismo, pero hay más, y es que tambien esclavizaban a otros indios desde mucho antes que ningun español llegara allí. De hecho fue España la que prohibió que un sólo indio fuera exclavizado (ya fuera su dueño español o indio). 

El cubano José Antonio Saco dá buena cuenta de ello en este libro, toda una lección de realidad para los ridículos indigenistas.

http://bdigital.bnjm.cu/secciones/literatura/autores/63/obras/63_511.pdf

Recomiendo leer de la página 7 hasta la 25, para que os hagáis una idea aproximada. 

Anónimo

CASA DE ALTOS ESTUDIOS DON FERNANDO ORTIZ
UNIVERSIDAD DE LA HABANA
BIBLIOTECA DE CLÁSICOS CUBANOS
RECTOR DE LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA Juan Vela Valdés
DIRECTOR Eduardo Torres-Cuevas
SUBDIRECTOR Luis M. de las Traviesas Moreno
EDITORA PRINCIPAL Gladys Alonso González
DIRECTOR ARTÍSTICO Luis Alfredo Gutierrez Eiró
ADMINISTRADORA EDITORIAL Esther Lobaina Oliva



ESCLAVITUD ENTRE LOS INDIOS DEL NUEVO MUNDO, MUCHO ANTES DE SU DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA POR LOS EUROPEOS


 El indígena del Nuevo Mundo, sin saber que hubiese esclavos en el viejo continente, pues que aún ignoraba su existencia, esclavizó al indio, su semejante. Para demostrar esta verdad, puede seguirse el orden geográfico, empezando cuando Colón descubrió el Nuevo Mundo en 1492. La primera tierra a que arribó, fue una isla del grupo de las Lucayas llamada Guanahaní por los naturales y San Salvador por Colón; pero ni en ella, ni en las otras que entonces descubrió, halló establecida la esclavitud de unos indios por otros indios.

 El 25 de septiembre de 1493 emprendió Colón su segundo viaje, zarpando de Cádiz con 17 naves. El 3 de noviembre y días siguientes de aquel año descubrió nuevas islas en el mar de las Antillas. Por ser domingo el día en que avistó la primera llamola Dominica, a la segunda Marigalante, nombre de la nave capitana, y Guadalupe a la tercera, a otras llamó Redonda, San Martín, etc.1 Poblaba algunas de ellas una raza de indios llamados caribes, que asaltaban otras islas habitadas de indios pacíficos; comíanse a los hombres que caían en su poder; y como hallaban la carne de las mujeres y de los muchachos menos sabrosa que la de los hombres, esclavizaban a las primeras, reservándolas para su deleite, si eran jóvenes y bellas, y a los segundos los castraban, engordaban y retenían en esclavitud hasta que llegaban a ser hombres formados, para regalarse con sus carnes en un banquete.2
Al pasar Colón por la Guadalupe y San Martín recogió en sus naves algunas mujeres y muchachos esclavizados por los caribes, de cuyo poder se habían huido, y él los llevó a La Española, término de su viaje.3

 Pasemos de las Antillas al continente y, siguiendo el progreso de la conquista, hallaremos la esclavitud en diferentes tribus y naciones.

 Fue el Darién el punto del continente (una de las provincias del reino de Tierra Firme) en que asentaron los españoles su primera colonia; y allí vieron que algunos padres vendían a sus hijos. Diversas tribus de aquella región esclavizaban a sus prisioneros de guerra, y sus amos, para distinguirlos, los marcaban en la frente con un instrumento encendido, o les arrancaban un diente,4 o, en fin, les teñían el cuerpo con una pintura que duraba toda la vida. “Se sirven de ella —dice Oviedo—, en dos ocasiones: una para marcar los pacos o esclavos; la otra, por el con- trario, es un adorno signo de libertad. Esto depende del lugar en que se hace la marca. En este último caso se practica en la barba, subiendo hasta las orejas, en los brazos y en el pecho; mientras que los esclavos se marcan en la frente y en los carrillos. Los esclavos de un señor están marcados de una misma manera tan exactamente, que podría creerse que se han hecho con un mismo molde. No pueden aumentarla ni disminuirla, porque es una especie de uniforme o librea que denota el dueño a quien pertenecen”.5

 De estos esclavos participaron algunos de los españoles que se establecieron en el Darién. A Vasco Núñez de Balboa y a su compañero Rodríguez Colmenares regaló 70 el hijo primogénito del Señor de Comogre.


 Regalo semejante hizo al primero el cacique Pocorosa, cuando pasó por sus tierras;7 y otro jefe o cacique de aquella comarca, ultrajado y preso con muchos de los suyos, no obtuvo su libertad, sino dando al aventurero Diego de Albitez 30 esclavos y todo el oro que poseía.8

 Indios procedentes de la Mar del Sur subían en canoas por un río que pasaba por delante de la casa del cacique de Comogre, y en cambio del oro que le ofrecían, él les daba ropa de algodón y esclavos indios e indias hermosas para su servicio.9

 Los indios de la provincia de Nicaragua acostumbraron tener esclavos, o vendíanse unos a otros, y los padres a los hijos, a manera de los antiguos germanos jugaban su libertad; mas, no podían rescatarse sin voluntad del cacique.10


 Estas ventas se hacían privadamente o en los mercados. En éstos y en sus ferias solamente se admitía a los de una misma lengua; pero había cinco entre los indios de Nicaragua. Sin embargo, pudieron llevarse a esos mercados aun los que hablaban lenguas diferentes, con tal que fuese para venderlos como esclavos de servicio, o cacao para comérselos.11

 Pena de esclavitud se impuso también por varios delitos. Quien forzaba una virgen y quejándose ésta no la dotaba, era esclavo.

 Al ladrón se le cortaban los cabellos, y mientras no pagaba la cosa hurtada, el amo de ella le retenía como esclavo.12 A veces, para tener esclavos y sacrificarlos a sus dioses, hacían la guerra. Ningún castigo se imponía al que mataba un esclavo,13 y esto prueba el poco caso que se hacía de su vida. Si alguno cohabitaba con la hija de su amo, era enterrado vivo con ella.14

 Los indios de las Hibueras o de Honduras también tuvieron esclavos. Adquiríanlos por la guerra;15 cortábanles la nariz; y los empleaban en cultivar el maíz y molerlo, y en otras faenas. A los enemigos que hacían resistencia, en vez de esclavizarlos, los precipitaban de una altura para que no hiciesen más daño.16

 En diciembre de 1526, Diego López de Salcedo escribió al gobierno desde la villa de Trujillo, en Honduras, lo que paso a transcribir.

 “Demás destos hay otros esclavos, como ya he dicho, que son los que los mismos naturales de la Tierra los tienen por esclavos y los compran y venden entre sí unos con otros: éstos son tan conocidos entre ellos que venidos ante los españoles ellos mismos confiesan ser esclavos de su nación”.17

 Cuando Cortés partió de México a Honduras para castigar la rebelión de Cristóbal Olid, encontró un pueblo llamado Oculan o Acalan, en que había muchos mercaderes ricos que traficaban en gran número de esclavos.

 “Hay en ella —así se expresa el famoso capitán— muchos mercaderes y gentes que tratan en muchas partes y son ricos de esclavos y de las cosas que se tratan en la tierra... Las mercaderías que más por aquellas partes se tratan entre ellos [los indios] son cacao, ropa de algodón, colores para teñir, cierta manera de tinta con que se tiñen ellos los cuerpos para defenderse del calor y del frío, tea para alumbrarse, recina de pinos para los sahumerios de sus ídolos y esclavos”.18

 Los indios del reino de Quiché o Guatemala tuvieron esclavos. En sus guerras mataban y se comían a los jefes principales para infundir terror a sus enemigos; pero a los otros prisioneros los esclavizaban. Además, el hombre libre que contraía relaciones con esclava ajena, era esclavizado, a no ser que por los servicios que hubiese hecho en la guerra, el gran sacerdote le perdonase. Al que mentía en asuntos de guerra, se le esclavizaba.19

 En las conjuraciones, que a veces se formaban contra el cacique o señor del Estado, dábase muerte al conspirador; pero a sus mujeres e hijos se les reducía a la esclavitud.20

 Con mucha frecuencia se esclavizaba también a las mujeres e hijos de las personas condenadas a muerte por otros delitos.21 El que de los templos hurtaba alguna cosa de cierto valor, moría despeñado; mas, si de poco, era esclavizado.22 Lo mismo sucedía con el hombre que violentaba a una mujer sin haber llegado a consumar sus deseos, o con el que los realizaba, sin violencia, con la hija o hermana de un padre o hermano que reclamaban el agravio; bien que en este último caso, la esclavitud era la pena que ordinariamente se imponía.23 

 Igualmente se esclavizaba a la mujer y a los hijos del traidor o del vasallo que huía de su señor. Los indios enemigos cogidos cazando en montes ajenos, o pescando en aguas fuera de sus linderos, casi siempre sufrían pena de muerte; pero a veces eran Los indios de Chiapa inmolaban a los vencidos en la guerra, y después se los comían; pero a veces asaltaban algunos pueblos de sus enemigos para esclavizar a sus habitantes y emplearlos en sus sementeras, en la pesca y en otras ocupaciones.25

 Las tribus de la provincia de Otlatla, llamada después de Vera-Paz,26 porque no fue conquistada por las armas españolas, sino sólo por la predicación evangélica de lo religiosos dominicos,27 acostumbraron a venderse unos a otros; y cuando se cometía plagio imponíase al delincuente pena capital, y si tenía mujer e hijos, eran vendidos como esclavos.28

 Lo mismo se hacía con el que hurtaba cosa de algún valor y no la restituía,29 o con el que tomaba al fiado a diferentes personas un corto número de objetos y no los pagaba; porque si eran en cantidad considerable, entonces era condenado a muerte.30 El amo que mataba su propio esclavo, quedaba impune, porque disponía de su hacienda; pero si era ajeno, debía pagarlo.31

 Los indios de Cumaná también tuvieron esclavos, los cuales se compraban en el mercado por oro o por una preparación de ciertos polvos vegetales mezclados con los de caracoles quemados. Servíanse los hombres de ellos para preservar y ennegrecer sus dientes, pues a los que los tenían blancos, llamábanles mujeres.32

 Poseyéronlos igualmente los de la tierra llamada Venezuela por los castellanos; y aun hubo de entre éstos quien sufrió el yugo de la esclavitud que aquellos indios le impusieron. En una expedición al mando de Íñigo Vascuña, teniente de Ambrosio Alfinger, representante de la com- pañía alemana en Venezuela, aconteció, que habiéndose extraviado un castellano llamado Francisco Martín fue cogido por unos indios y vendido a otros por un águila de oro. Éstas eran unas piezas de ese metal, llanas, en figura de águila, abiertas las alas, de diferentes tamaños, más o menos gruesas, de diversos quilates y leyes, pues unas eran de oro fino, otras más bajo y otras encobradas.33

 Esclavos hubo entre los mozos de la Nueva Granada. Sus sacerdotes eran unos niños que compraban a cierta distancia de aquella tierra; teníanlos en grande veneración, cuidándolos con mucho esmero, y cuando llegaban a la edad viril matábanlos, pues el sacrificio de sangre era una de las tres especies que tenían.34

 Si ese esclavo tocaba mujer, ya no era sacrificado, porque se consideraba como víctima impura para ser inmo- lado al sol. Esta esclavitud difería por su origen y duración de la que generalmente usaban muchos indios, pues si tenían esclavos, era para servirse de ellos; mas, no para inmolarlos.

 Cuando los españoles recorrieron en 1536 el valle de Bogotá, al mando del licenciado Gonzalo Jiménez, teniente del adelantado don Pedro de Lugo, tuvieron noticia de una nación de mujeres que sin tener hombres en su seno, vivían solas por sí; y de aquí fue que los españoles las llamaron amazonas. Decíase que ellas compraban esclavos para que las fecundasen, y que después los despedían de su lado: si parían varón, enviábanle a su padre, y si hembra criábanla para aumentar el número de su nación.35

 Yo no creo en esta fábula, pero ella misma indica que la esclavitud no era desconocida de aquellos indios.

(Continuará)

Entre Cuba y España: el dilema del autonomismo, 1878-1898. Por Marta Bizcarrondo ( Parte II y Final )

(Foto de Internet- Continuación y Final)

 En esa coyuntura, los observadores más perspicaces se daban cuenta de que el Partido Autonomista constituía la última línea de defensa para la presencia política de España en Cuba. Desde una perspectiva estrictamente
burguesa, un comentarista anónimo de La Lucha lo hacía ver en enero de 1890, apoyando una afirmación en el mismo sentido del órgano diario del autonomismo: «El problema cubano no tiene más que dos soluciones: la solución anexionista y la solución autonómica. Los liberales y demócratas preferimos la última porque es la solución nacional». «El día en que desaparezca el Partido Autonomista, tan calumniado por los conservadores, concluía el redactor, una inmensa catástrofe se cernirá sobre la dominación de España en Cuba»7. A partir del ángulo opuesto, ese papel histórico es precisamente lo que les reprochaba a los autonomistas José Martí: «De represa ha venido sirviendo el Partido Autonomista a la revolución, y la revolución se saldrá de madre en cuanto la fuerza de las aguas rompa la represa»8. Pero no faltaban revolucionarios, protagonistas de ambas guerras, que en el período de paz insisten en que la autonomía evitaría sin duda la guerra. «Si se obtiene justamente el amor de los cubanos a la Metrópoli -profetiza en marzo de 1887 Manuel Sanguily- las bayonetas y esos cañones todavía no serán bastantes»9.

 Las citas pueden multiplicarse desde todos los ángulos y lógicamente es el presidente del Partido Autonomista, José María Gálvez, quien de forma más clara propone la perspectiva del acuerdo en el marco del «país autonomista», entre «la inmensa mayoría de sus hijos» y «la parte más sana» de los peninsulares, estableciendo una convivencia armónica entre «pueblos hermanos». La conciliación buscada era absoluta: «Nuestro ideal es conseguir la autonomía bajo la nacionalidad española. Españoles con todas las condiciones de los españoles, a saber: cubanos civilizados, cultos y libres». En otro caso ambos pueblos estaban  «destinados a una gran catástrofe si el error prevalece como hasta aquí»10. Era un doble significado. El autonomismo irritaba justamente a Martí por constituir una desviación de la senda independentista, pero al mismo tiem- po constituía un factor decisivo de toma de conciencia, gracias a la propaganda legal, de los intereses de la isla, de la opresión que sufría y de la propia pertenencia a la cubanidad. Por eso independentistas como Juan Gualberto Gómez apreciaban la labor del Partido Liberal Autonomista a pesar de no suscribir la meta de Cuba Libre. En su libro La cuestión de Cuba en 1884, Gómez, desterrado en Madrid, hace una descripción elogiosa de su composición social y de sus propósitos:

 Representaba a la verdadera clase media de Cuba. Abogados distinguidos, sabios médicos, doctos profesores, hacendados de segundo orden, gente de verdadero arraigo en el país, sentían la humillación a que los condenaba el viejo régimen colonial y pugnaban por modificarlo. Querían tener los mismos derechos que los demás españoles...".
Juan Gualberto Gómez destaca el carácter oligárquico del partido pero también el sincero amor a Cuba que anima su propaganda. Un dato que provocará el reconocimiento de otras figuras del separatismo, como Manuel Sanguily -el autor de la definición del cubano como un español que no es español y de la cubana como una nueva nacionalidad surgida del interior de la nacionalidad española12- y el propio Máximo Gómez.

 Estos elogios suelen coincidir en un denominador común: la labor eficaz del autonomismo en la difusión de una conciencia patriótica cubana. Es lo que encama Cuba y sus jueces, el libro de Raimundo Cabrera, prologado por Montoro en 1887, que alcanzará gran difusión: en 1891 está ya en su séptima edición. Mientras Cabrera desplegará con energía los datos que fundamentan la nacionalidad cubana, Montoro en el prólogo explica la imposibilidad de la independencia. En la descripción de Montoro, principal orador del partido y hombre moderado, existe en Cuba un pueblo capacitado «para conseguir un grado muy alto de civilización y prosperidad, con tal que logre vencer la espantosa crisis en que febril y desasosegadamente se agita»13. De ahí el derecho a la autonomía colonial, pero la isla es un espacio todavía insuficientemente poblado y requiere una intensa emigración blanca para completar su desarrollo. Hay que apostar, pues, por la concesión de reformas desde España para evitar tanto la opresión vigente como el riesgo revolucionario: Cuba necesita «que un amplio self-government, fundado en la libertad y en la justicia, haga imposibles a un tiempo mismo, la temeraria imposición de los poderosos de ahora ya el justo resentimiento de los oprimidos. Entonces, y sólo entonces, se habrá salvado Cuba para sí misma y para España».

 La conciliación es menos clara en el texto de Cabrera, un patriota de la primera guerra que se adhirió pronto al partido liberal (autonomista) y entre 1878 y 1884 dirigió en la localidad de Güines el semanario La Unión.



' Ramón de Armas: Los partidos burgueses en Cuba neocolonial. 1899-1952, La Habana, 1985, p.24.

2 «Ley de castas», La Lucha, 22-FV-1890. Juan del Nido y Segalerva: Historia política y parlamentaria del Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo, Madrid, 1914, pp. 946-950. Enrique José Varona: «Cuba contra España», en De la colonia a la República, La Habana, 1919,pp. 54-55. Rafael Montoro: Mitin autonomista de San Nicolás, 1894, cit. por Manuel Fernández Valdés, «prólogo» a Raimundo Cabrera, La campaña autonomista, 1878-1895, Habana, 1923, p. 10. Luis Estévez y Romero: Desde el Zanjón hasta Baire, Habana, 1899, p. 547.

7 La Lucha, 20-1-1890 y El País, 19-1-1890. José Martí: «La agitación autonomista», Patria, 19-111-1892, en Obras Completas, /. /, La Habana, 1975, pp. 331-335. Luis Estévez y Romero: Desde el Zanjón hasta Baire, Habana, 1899, p. 219. 10 José María Gálvez: Resumen de los discursos en el Teatro de Santiago, enero de 1887, cit. por Luis Estévez, op. cit. pp. 215-216.

" Juan Gualberto Gómez: «La cuestión de Cuba en 1884» (1885), en Por Cuba Libre, 2.ed. La Habana, 1974, pp. 193-194. 12 Manuel Sanguily: Discursos y conferencias, tomo 1, Habana, 1918, p. 452. 13 Rafael Montoro: «Prólogo» a Raimundo Cabrera, Cuba y sus jueces, 7.ed., Filadelfia, 1891, p. 13.

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