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lunes, 17 de enero de 2011

Sacrificios humanos aztecas. Después hablan de los conquistadores españoles.

Hoy he subido un vídeo sobre los sacrificios humanos aztecas. El vídeo toca un poco el tema del canibalismo azteca, un hecho desconocido para la mayoría del público mexicano y que merece un vídeo aparte.

Un punto importante en el vídeo es la matanza realizada en la consagración del Templo Mayor azteca en donde se asesinaron a más de 20.000 personas en unos pocos días y se muestra con modelos de resina como sacaron los miles de corazones.

Espero que lo disfrutes.

Un saludo

Razón Histórica.

La Leyenda Negra Antiespañola en Cuba.

 Estimado amigo, aunque haga tiempo que no te escribo sigo aquí, al pie del cañón, leyendo tu blog cada dia practicamente, y en esta ocasión como no podía ser menos, te mando unos videos pertenecientes a una charla que se dió en el centro riojano de Madrid por un periodista cubano-español el 20 de Enero del 2010 hace ya casi un año. Esta charla la da basándose en un discurso que Fidel Castro dió en Cuba con motivo de la visita que hizo Su Santidad Pablo II en 1998. 
 
                   Sinceramente tengo dudas sobre si te los he mandado ya pero bueno como veo que vas repitiendo de cuando en cuando los posts que te mandamos para refrescar a la gente las cosas que se postean en el blog pues da igual, si te parece bien, publícalos, creo que son interesantes. 
 
                   Cuando veas los videos probablemente hay cosas con las que discreparás como hago yo  pero bueno aún así es interesante porque habla de una Cuba actúal, y comenta cosas interesantes que no se sabían o conocían, interesante el comentario que hace sobre lo que piensan sus alumnos no españoles como ecuatorianos, peruanos, y bolivianos especialmente aquí en España. 
 
                   Una cosa es clara, si bien se hace patente la falta de conocimiento sobre la historia de la Conquista Española en toda Hispanoamérica en un primer momento, no obstante al abrir la charla al debate entre los asistentes se logra un mayor interés, especialmente el primer interlocutor cubano que habla que dice verdades como puños.  Bueno amigo sin más recibe un cordial salu2 y un fuerte abrazo y no olvides que cuentas con todo mi apoyo en tu lucha por descubrir la verdad. MAX.
 
              Te pongo los links:


 
    
 
 2.-   http://www.youtube.com/watch?v=Ax7GTHnHkSo&feature=related
 
 3.-   http://www.youtube.com/watch?v=RxXPswlCwJg&playnext=1&list=PL782D06DA444AF7FA&index=2
 
 4.-  http://www.youtube.com/watch?v=9lxE-_OlvFo&feature=related
 
 5.-  http://www.youtube.com/watch? v=aY5eDrzER1I&feature=autoplay&list=PL782D06DA444AF7FA&index=5&playnext=3
 
 6.-  http://www.youtube.com/watch?v=wHBWNpfNRO8
 
 7.-  http://www.youtube.com/watch?v=OkwideWPqNY&feature=related
 
 8.-  http://www.youtube.com/watch?v=3D69ShXKlp4&feature=related
 
 9.-  http://www.youtube.com/watch?v=WJYej-BmYas&feature=related
 
10.-  http://www.youtube.com/watch?v=Pe8z3ONXadI&feature=related



Nota:
 Hay cosas en la que difiero, se esta tratando de hablar de la Leyenda Negra antiespañola y se cae en ella, cuando se habla de Weiler y no se dice que fue la reacción a la acción de la sangrienta TEA INCENDIARIA de Máximo Gómez, pues no se esta siendo justo, también al hablar de la Guerra de los diez Años y no se habla de la Quema de Bayamo y de los horrores que hicieron los mambises. No han sido justos en todos los comentarios y han caído en ella, además han confundido Gobierno de España con España  Del discurso de Fidel Castro que puedo decir, según el censo norteamericano de EEUU en 1899 había un promedio de menos de 250,000 negros y algo parecido de mulatos de todas las tonalidades en Cuba, no sé de donde sacó los millones, al igual que de indios, si es más difícil encontrar un esqueleto que petróleo. J.R.M.

VAE VICTIS!, O LA BIOGRAFÍA POLÍTICA DEL AUTONOMISMO CUBANO (1878-1898). Por Antonio-Filiu Franco Pérez ( Parte IV y Final )

(Foto de Internet-Continuación y Final)

39. Los capítulos cuarto y quinto prestan especial atención a las tribulaciones de los autonomistas cubanos en el intento de que sus legítimas reivindicaciones fuesen escuchadas, tanto por las autoridades insulares como por el Gobierno de Madrid, y ello se extendió hasta el hecho de utilizar la palabra “autonomía” para definir los fines del Partido Liberal en la Isla, toda vez que hasta el uso de dicha palabra con la referida finalidad se había prohibido expresamente por disposición gubernativa (págs. 154 y ss.). En el contexto de esta lucha política se fue articulando la doctrina del Partido, como sobradamente demuestran los autores.

40. El capítulo sexto, que lleva por título “La hora de la palabra”, analiza la labor parlamentaria de los diputados del PLA en Madrid. Fue ésta una tarea harto compleja para los diputados cubanos, pues sus mociones chocaban constantemente contra el muro de la intolerancia y la incomprensión de sus ideas en el Congreso, a pesar de que exponían verdades como puños. Así las cosas, en 1886 intentaron juridificar sus principales reivindicaciones políticas para la Isla en forma de seis proposiciones de ley, entre las que destacaba una “sobre organización del Gobierno general de la Isla de Cuba”, de signo descentralizador (pág. 229). Como no podía ser de otro modo, dichas proposiciones de ley nunca cristalizaron normativamente. No obstante, la labor en el Congreso y en el Senado se reforzó a partir de la formación del denominado “grupo parlamentario autonomista”, que liderado por Rafael María de Labra permitió canalizar con inteligencia los intereses que el PLA representaba (págs. 230 y ss.), aunque con escasos resultados prácticos, en no poca medida debidos a la postura acomodaticia y extremadamente moderada de Labra, que acabó por exasperar a la dirección del Partido en Cuba.

41.A partir del capítulo séptimo los autores estudian el declive del PLA, y lo hacen a través del análisis de lo que consideran son sus principales síntomas de decadencia: los problemas del funcionamiento orgánico del Partido y las disensiones. Se caracterizaba el PLA por ser un partido de notables, con una estructura organizativa altamente centralizada, y una elite dirigente con vocación de perpetuidad. Esta situación, unida al crispado ambiente político que se vivía en la Isla a finales de la década de los ochenta, resultó el caldo de cultivo propicio para que se manifestaran las primeras disensiones internas, que sintomáticamente se escoraron hacia posturas independentistas (págs. 274 y ss). No obstante, el fantasma del anexionismo no dejaba de asomarse como otra alternativa posible, fruto todo ello del sentimiento de frustración política que gradualmente iba minando la fe autonomista de no pocos cubanos simpatizantes de esta opción.

42. El capítulo octavo se detiene en el estudio de las circunstancias que propiciaron lo que los autores denominan “el espejismo Maura”; esto es, los proyectos de reforma desarrollados a partir del momento en que Antonio Maura ocupa la cartera de Ultramar en el gobierno de Sagasta iniciado en diciembre de 1892. Maura, consciente de la gravedad del problema cubano, se plantea en primer lugar una reforma electoral que permitiera sacar del retraimiento al PLA, que en la práctica no tenía otra salida que la disolución. Obviamente, la dirección del Partido se aferró a este Proyecto como un náufrago a su tabla (págs. 313 y ss). Más adelante, en su afán de neutralizar los caldeados ánimos en la Isla, el ministro Maura promueve, en junio de 1893, un proyecto de descentralización administrativa para Cuba y Puerto Rico, que fue acogido con júbilo por los notables autonomistas (págs. 321 y ss.). Nuevamente se insuflaba el aliento de vida en el PLA, a la vez que se quebraba la unidad en las filas del Partido Unión Constitucional, nido del integrismo peninsular en Cuba (pág. 323). Pero, la postura intransigente de la elite política peninsular encabezada por Cánovas del Castillo y Romero Robledo bloqueó la discusión del Proyecto en el Congreso, y la reforma descentralizadora de Maura no llegó a cristalizar; ello propició que nuevamente el sentimiento de frustración política invadiera las filas del autonomismo cubano, en tanto que la situación de crisis se consolidaba en Cuba (págs. 328 y ss.).

43. En noviembre de 1894, al acceder Buenaventura Abarzuza al Ministerio de Ultramar, se manifiesta nuevamente una voluntad de reforma, aunque esta vez se intentaba transigir con las pretensiones del Partido Unión Constitucional. Obviamente esto disgustó a los autonomistas, que consideraron que esta postura significaría enterrar la reforma en cuestión (pág. 337). La discusión política suscitada en torno a la denominada “Fórmula Abarzuza” evidenció, una vez más, el enconado conflicto de intereses que se había incubado en la Isla, analizado por los autores a través de los discursos pronunciados por los participantes en el ciclo de conferencias sobre el problema antillano, organizado por Segismundo Moret en el Ateneo de Madrid en 1895 (págs. 342-350).28

44. La aprobación en el Congreso de la “Fórmula Abarzuza” no pudo detener el estallido de la insurrección en la Isla el 24 de febrero de 1895. La situación política en Cuba resultaba insostenible, y el tímido parche descentralizador zurcido en Madrid por Abarzuza y Romero Robledo fue incapaz de contener a los exaltados vientos independentistas que soplaban en la Gran Antilla. Tan compleja situación es estudiada por los profesores Bizcarrondo y Elorza en el noveno y último capítulo de la obra.

45. En este contexto político la actitud del núcleo dirigente del PLA fue coherente con la posibilista línea de actuación que hasta entonces había propugnado: a favor de la reforma Abarzuza y contra la insurrección (págs. 355 y ss.), razón ésta, entre otras, por la que la historiografía política contemporánea cubana les colocó el sambenito de “antipatriotas” y “anticubanos”. Desde una perspectiva estrictamente nacionalista ciertamente resulta comprensible esta calificación; desde una perspectiva que se precie de científica tal juicio de valor resulta discutible, como ya se ha apuntado. En este sentido el análisis que sobre el particular realizan los autores destaca por su objetividad y rigor científico, absolutamente libre de cualquier vana pretensión de erigirse en jueces del pasado.

46. En medio de esta vorágine, en la misma medida en que el sentimiento cubano se desbordaba por el aliviadero separatista, los notables autonomistas defendían a ultranza su identidad dual: cubano-española, definiendo al PLA como un partido cubano-español contrario al separatismo (págs. 357 y ss.). Ciertamente ellos, en su calidad de criollos, desarrollaron una conciencia diferencial que percibían y exteriorizaban a través del sentido de pertenencia a un grupo humano diferente al grupo peninsular colonizador, y en tal virtud se sentían cubanos, pero también españoles. Eran hijos de su tiempo, de una etapa histórica que se caracterizó por la coexistencia en Cuba de una soberanía española robusta con una identidad insular aún difusa. El influjo cultural español pesó más en ellos que la incipiente mulatidad sociocultural cubana, y esto, unido a sus intereses materiales y a su culto al orden jurídico determinó, a nuestro juicio, su postura política frente a la insurrección. Amaban a Cuba, pero a una Cuba blanca y española. Fueron, si se quiere, protagonistas de un estadio de tránsito entre la identidad española y la cubana propiamente dicha, y en consecuencia obraron; desde esta perspectiva no traicionaron a nadie, simplemente fueron consecuentes con las ideas que propugnaban, y con sus singulares circunstancias existenciales. En cualquier caso, con su actitud de condena a la insurrección únicamente dieron una prueba de coherencia respecto de lo que consideraban era la mejor opción para Cuba: la autonomía política en el marco de la soberanía española.

47. Pero, a la altura de las circunstancias de 1895 ya de poco valían las maniobras de contención autonomistas: la pujanza de la insurrección era evidente. No cabe duda de que con su postura la dirección del PLA se colocó en una difícil encrucijada: por un lado condenaban la insurrección, y por el otro las autoridades españolas los consideraban simpatizantes encubiertos del separatismo (pág. 359). Tal situación se hizo más compleja a partir de marzo de 1895, cuando Cánovas nuevamente accede al Gobierno. La intransigencia canovista dictó, desde dicho momento, las reglas del juego respecto a la guerra independentista en Cuba, ante lo cual el posibilismo autonomista poco podía hacer. En este callejón sin salida la sangría del autonomismo fue inevitable: bien hacia el exilio o bien hacia las filas del separatismo (págs. 371 y ss.). Fue, a nuestro juicio, el momento de decantación de la cubanidad. El aislamiento del autonomismo en la Isla iba cada día a más.

48. En 1897, ante el fracaso de la estrategia de aniquilamiento contra el separatismo cubano desarrollada por Cánovas, y después de la muerte de éste, una vez que Sagasta forma su nuevo gobierno, se impuso como prioridad buscar una solución de urgencia a la guerra de Cuba. Es así como, en un desesperado intento por preservar la soberanía española en la Isla, Segismundo Moret -en ese entonces titular de la cartera de Ultramar- se apresura a poner en marcha el régimen autonómico en la Gran Antilla (pág. 382). Así las cosas, el 27 de noviembre de 1897 se promulga la denominada “Constitución autonómica para las islas de Cuba y Puerto Rico”, estatuto en virtud del cual se concedía la autonomía política a las Antillas españolas. Es ésta una etapa especialmente interesante si se aprecia desde la perspectiva del Derecho Público, pero, lamentablemente, se ha hurgado poco en ella desde este ángulo de análisis. No obstante, los profesores Bizcarrondo y Elorza ofrecen un análisis bastante exhaustivo de la misma desde la perspectiva de la Historia política, que en definitiva es de lo que en esta obra se trata (págs. 388 y ss.).

49. Con esta crepuscular solución jurídico-política la Corona española jugaba su última baza en territorio cubano, pero, además de la intransigencia de las fuerzas insurgentes, un nuevo y mayor obstáculo comenzaba a alzarse ante esta desesperada maniobra táctica de Madrid: los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos en la región. La suerte estaba echada. El presidente Mckinley se había propuesto que Cuba quedase en el área de influencia política norteamericana habida cuenta de su privilegiada posición geográfica, y en tal sentido desarrolló una estrategia política, diplomática y militar de acoso y derribo del poder español en las Antillas. Tras el aniquilamiento de la Armada española, el Tratado de París de 10 de diciembre de 1898 puso fin al conflicto bélico entre España y los Estados Unidos, disponiendo asimismo la renuncia de la Corona española “a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba”, y la constitución de un protectorado norteamericano sobre la Isla. De este modo, y desde una perspectiva jurídico-pública stricto sensu, la reivindicación autonomista cubana respecto al Estado español dejaba de tener sentido. La muerte política del autonomismo en la Isla era ya una realidad, como gráficamente concluyen los autores.
50.Pero aquí no concluye la obra: un epílogo y dos apéndices cierran la labor investigadora de los profesores Bizcarrondo y Elorza. En el epílogo los autores incursionan en un tema de singular interés para la historia de las ideas políticas en Cuba: la inserción de los autonomistas finiseculares en la vida política post-colonial (págs. 402-412). En el apéndice primero analizan la evolución ideológica del que fuera presidente de la Junta Central del PLA: José María Gálvez (págs. 413-420), en tanto que en el segundo y último apéndice (págs. 421-432) estudian la relevancia histórica del experimento autonómico de 1898, lo que hacen a través de la disección de los diferentes enfoques historiográficos que ha suscitado el tema: la visión española, la norteamericana y la cubana. Este último análisis, profundo y riguroso, en el que los autores desarrollan con brillantez su postura crítica sobre el particular –y que en mi modesta consideración debiera haber sido el décimo capítulo de la obra, y no un apéndice de la misma-, cierra magníficamente este estudio que es, a la vez, la mejor biografía política que hoy por hoy se haya escrito sobre el autonomismo cubano del último cuarto del siglo XIX.

                                                                                    V

51.En fin, el libro que nos ocupa, fruto de una investigación iniciada en 1995, ya desde el principio adelanta al lector que sus páginas contienen “la historia de un fracaso”, como lapidariamente sus autores califican a la historia del autonomismo cubano, si bien admiten con acierto que ésta también es la historia del esfuerzo de una elite insular “por configurar un país, una patria, sin renunciar al vínculo con una Metrópoli opresiva y obtusa” (pág. 18), que es lo mismo que decir que es la historia de una parte clave del proceso de afirmación de los sentimientos de la identidad cubana, de la conciencia diferencial de los hijos de la Gran Antilla, que en este caso se encauzan a través de la reivindicación de un espacio político propio en el marco del ordenamiento español decimonónico. Esto es, aunque a muchos historiadores cubanos contemporáneos les cueste asimilarlo, y, aún más, sean contrarios a esta idea, necesariamente hay que admitir que el proyecto político autonomista fue una de las claves de bóveda del proceso formativo de la identidad nacional cubana, en el complejo tránsito que se produjo en la Isla -a lo largo del siglo XIX- del sentimiento particularista al sentimiento de identidad cubana, y de éste al sentimiento nacionalista-independentista, que fue el que a la postre cristalizó por múltiples factores socio-políticos también destacados por los autores a lo largo de todo el libro.
52.Sólo por aportar esta nueva visión objetiva, rigurosa y ecuánime del proyecto político autonomista cubano -aunque muchos más son los méritos de esta obra, como se habrá podido apreciar- merece la pena su lectura, pues incontestablemente insufla nuevos aires a la historia política del XIX cubano, al quebrar el tan pernicioso enfoque nacionalista radical con que tradicionalmente se ha abordado este tema y ofrecer, por esta misma razón, una imagen histórica del autonomismo decimonónico insular más ajustada a su pretérita y compleja realidad. Quizás en una obra de aproximadamente estas características estaba pensando José María Chacón y Calvo cuando, en 1930, reclamaba con exquisito tacto a Rafael Montoro que escribiese la historia del Partido autonomista cubano,29 obra que nunca llegó a ver la luz como tal. Esta vez la solvencia académica de los autores, su rigor científico, así como su encomiable claridad expositiva han permitido la obtención de tan plausible resultado.

Bibliografia:


VAE VICTIS!, O LA BIOGRAFÍA POLÍTICA DEL AUTONOMISMO CUBANO (1878-1898). Por Antonio-Filiu Franco Pérez ( Parte III )

(Foto de Internet-Continaución)

23. De esta manera, los profesores Bizcarrondo y Elorza demuestran una vez más, con elementos fehacientes, lo tantas veces apuntado por la historiografía política cubana, esto es, cómo la insurrección insular de 1868 tuvo entre sus causas inmediatas “el despotismo político” y “la explotación económica ejercidos desde España” (pág. 54). No obstante, la guerra independentista iniciada en la Isla en el antes referido 1868 no significó el absoluto hundimiento de la aspiración descentralizadora cubana en el marco de la soberanía española, como bien destacan los autores al valorar las ideas descentralizadoras de José Silverio Jorrín (págs. 54-57). En este último caso, a diferencia de los anteriores proyectos normativos apreciados por los investigadores, se destaca con precisión el modelo de descentralización política diseñado por Silverio Jorrín, al exponerse en una acertada cita la configuración y potestades del poder legislativo insular que proponía dicho autor (pág. 56).  

24. Ahora bien, aún y cuando se cierra brillantemente el primer capítulo de la obra, los catedráticos españoles vuelven a caer –quizás también por inercia historiográfica- en la misma telaraña conceptual en la que han quedado atrapados todos los historiadores políticos cubanos hasta nuestros días, esto es, apreciar como dos fenómenos políticos diferentes a lo que tradicionalmente se ha dado en etiquetar –en la historiografía política del XIX cubano, claro está- como “reformismo” y “autonomismo”, cuando en realidad las etapas así denominadas no son más que dos momentos de una misma tendencia jurídico-política: la tendencia descentralizadora cubana que cristalizó a lo largo del siglo XIX. Así, pues, desde la tradicional perspectiva historiográfica asumida por los autores se induce al lector a apreciar dos fenómenos histórico-políticos diferentes donde sólo hay uno.

25. Dicho de otro modo, el carácter unitario de la tendencia descentralizadora cubana del siglo XIX se distorsiona, a nuestro juicio, por un problema metodológico que oscurece el objeto que se pretende explicar, esto es: dos denominaciones distintas para designar un mismo fenómeno jurídico- político en las etapas previa y posterior a 1878. Así, se habla de una “tradición reformista” en la etapa anterior a 1878, y de “un autonomismo” en el lapso comprendido entre dicha fecha y 1898 (si bien esto se aprecia en diferentes partes de la obra, como botones de muestra véanse las págs. 57 y 271-272), cuando en realidad se alude a la manifestación –en dos momentos diferentes- de una misma aspiración política: la descentralización colonial, debiendo distinguirse dentro de ésta a la
269modalidad administrativa, por una parte, y a la modalidad política por otra,27 pero, en todo caso, manifestación de una inconfundible voluntad de autogobierno de los cubanos que propugnaban esta alternativa jurídico- política frente al modelo centralista autoritario español de organización política colonial que configuraba el statu quo colonial en la Isla.

26. No se pierda de vista la generalidad del significado del término “reformismo”, que lato sensu alude a las tendencias o doctrinas que procuran el cambio y las mejoras graduables de una situación política, social, religiosa, etc. En tal sentido, calificar simplemente de reformistas a los proyectos descentralizadores cubanos anteriores a 1878 -si bien resulta correcto desde una perspectiva política general siguiendo la calificación que a sus pretensiones otorgaron los mismos protagonistas históricos de tales reivindicaciones- poco ayuda a la hora de analizar con rigor la tendencia descentralizadora cubana del siglo XIX, pues poco dice respecto al carácter y naturaleza jurídica de dicha tendencia.

27. No resulta baladí, pues, buscar el nexo de los proyectos denominados “reformistas” y los etiquetados como “autonomistas”, pues si bien en un sentido amplio todos son reformistas –en tanto pretenden el cambio y las mejoras graduables de una situación política- denominar a unos y otros de forma diferente sin lugar a dudas confunde más que aclara, máxime cuando se trata de proyectos con una esencia jurídica similar, toda vez que su común objetivo nuclear era alcanzar un régimen de organización política descentralizada para Cuba, al margen de otros objetivos económicos y sociales que pudiesen perseguir de forma singular en cada caso. De ahí la importancia que otorgamos a analizar más detalladamente la esencia descentralizadora de los proyectos anteriores a 1878 destacados en el primer capítulo de la obra que nos ocupa.

28.A nuestro juicio, un análisis más preciso del problema impone trascender el simple análisis político de los proyectos normativos y de sus singulares circunstancias históricas para destacar sus específicas propuestas descentralizadoras, aunque, claro está, ello quizás desbordaría los objetivos de la investigación que se plantearon en su día los profesores Bizcarrondo y Elorza. Pero, en todo caso, quede claro que dada la singularidad del objeto de estudio de la obra que nos ocupa, no resulta superfluo la precisión de los conceptos jurídicos de “autonomía” y “descentralización” para acceder a una solución óptima del problema científico planteado.

29. Cierto es que a partir de 1878 se abre una etapa cualitativamente diferente en la historia política de Cuba, pero la pretensión descentralizadora cubana permanece inalterada en su esencia. Resulta inobjetable, pues, que habían cambiado no pocas circunstancias históricas y políticas, pero la rapidez de reacción, la organización partidista adoptada por quienes propugnaban esa reivindicación particularista cubana, así como el impulso doctrinal dado para desarrollar el proyecto político en cuestión, ponían de manifiesto la capacidad de su elite dirigente para adaptarse a los nuevos tiempos que corrían, sin apartarse, eso sí, de su modo gradualista, posibilista y legal de actuación política
.
30. La solución del problema metodológico antes referido está, a nuestro juicio, en conjugar una perspectiva holística de la tendencia descentralizadora cubana con una renovación del marco conceptual para explicar el proceso objeto de estudio. Y esto es así en tanto y en cuanto el proyecto de descentralización colonial cubano (apreciado como tendencia y proyecto político unitario), surge como respuesta criolla al centralismo autoritario que caracterizó al modelo hegemónico de organización política colonial implantado por España en Cuba en el siglo XIX, amén de constituir la manifestación jurídico-política de la voluntad de autogobierno de la sacarocracia esclavista criolla primero y, de la mesocracia decimonónica cubana después. O dicho de otro modo, puede considerarse como la primera forma de manifestarse la identidad política cubana en proceso de cristalización.

31. En fin, que en nuestro criterio se impone superar las tradicionales denominaciones de “reformismo” y “autonomismo” utilizadas para designar dos procesos histórico-políticos apreciados como diferentes por la historiografía política cubana, sustituyéndolas por una denominación unitaria que se ajuste más a la esencia jurídica común de estos dos momentos de una misma tendencia o proyecto político, habida cuenta de que, en definitiva, en ambos momentos se propugnaba un modelo descentralizado de organización política colonial para la Gran Antilla. Sólo superando el tradicional enfoque dualista “reformismo- autonomismo” poniendo al descubierto su esencia descentralizadora como tendencia, y apreciándola desde una perspectiva global y unitaria, puede resolverse el problema aquí considerado.

IV

32. A partir del segundo capítulo, los autores analizan la evolución del proyecto político autonomista propiamente dicho, brotando la investigación con una fluidez expositiva que, conjugada con el rigor científico que impregna todo el texto, hace que la lectura del libro resulte apasionante; ciertamente, el tema lo es. Pero el modo en que los profesores Bizcarrondo y Elorza desarrollan su análisis es lo que hace más sugestiva la lectura, al insertar los problemas estudiados dentro de un contexto político global que permite al lector apreciar con nitidez los rasgos más destacados del árbol sin perder nunca la perspectiva de la totalidad del bosque, si cabe utilizar este símil.

33. El capítulo segundo, titulado “A la sombra del Zanjón” (págs. 58-120), se ocupa del proceso fundacional y la primera etapa organizativa del posteriormente denominado Partido Liberal Autonomista (en adelante, PLA), fundado en la Isla en 1878 a raíz del Pacto del Zanjón. Así, destacan los autores en esta parte de la obra las frustradas expectativas suscitadas por el referido Pacto, pues el compromiso de descentralización asumido por el Gobierno de Madrid al ofrecer las mismas condiciones de organización política y administrativa que tenía la Isla de Puerto Rico resultó una burla para los cubanos (págs. 58-59), si bien catalizó la dinamización de la vida política en Cuba al posibilitar la formación de partidos políticos. No obstante, este proceso tuvo lugar en el marco de las restrictivas condiciones diseñadas por Antonio Cánovas del Castillo, de tal modo que los elementos de corte representativo que a partir de este momento se articularían en la Isla quedaban subordinados al poder omnímodo del Gobernador General (págs. 60 y ss.).

34. Es en este contexto político en el que se constituye el Partido Liberal, más adelante también denominado Autonomista, cuyas agrupaciones locales se extenderían rápidamente por toda la Isla a lo largo del segundo semestre del año 1878. En estas mismas fechas también se constituye su antagonista político: el Partido Unión Constitucional, que agruparía al elemento integrista peninsular en Cuba, y de paso ganaría las primeras elecciones insulares de esta etapa, sentando a partir de aquí las bases de una prolongada hegemonía política en la Isla (págs. 70 y ss.).

35. Desde estos momentos fundacionales, y más específicamente a partir de que el Partido Liberal adquirió su organización definitiva en la Junta Magna celebrada el 15 de febrero de 1879, se sientan las líneas maestras de la doctrina autonomista cubana, que en esencia estaría marcada por una estrategia posibilista, legal, pacífica y evolucionista de actuación política, cuyo objetivo último era la implantación de un modelo descentralizado de organización política colonial en Cuba, elementos éstos que los autores analizan de modo exhaustivo a través de un riguroso estudio de las fuentes.

36. Se destaca en esta parte la composición social del núcleo dirigente del Partido, que permanecería invariable -en lo que respecta a sus principales figuras- hasta su ocaso y definitiva desaparición como agrupación política. Destacaban en este núcleo dirigente hombres con una sólida formación jurídica, que en muchos casos habían cursado estudios universitarios en España, lo que en no poca medida determinaría la solución jurídico-política que desarrollaría doctrinalmente el PLA, así como la estrategia política que asumiría. Eran criollos, acaudalados o de clase media, a los que sus intereses materiales les hacían ver con horror los terribles resultados que les acarrearía una insurrección revolucionaria. De ahí que su lema de “orden y libertad” se opusiera siempre a la temida revolución independentista, y determinara la toma de posición del Partido sobre este particular entre 1879 y 1895.

37. El capítulo tercero se ocupa del análisis de un elemento clave para la cabal comprensión de la problemática colonial cubana en el siglo XIX: el modelo centralista autoritario de organización política colonial establecido por España en Cuba, que el PLA pretendía modificar gradualmente a través de la introducción de reformas descentralizadoras. El centralismo autoritario -formalmente establecido en Cuba desde 1825- se reforzaría en virtud del Real Decreto de 9 de junio de 1878, que nuevamente garantizaba la concentración del poder político en la figura del Gobernador General de la Isla, con facultades omnímodas especialmente destacadas por los autores (págs. 121 y ss.). Este modelo centralista autoritario de organización política colonial es la clave de bóveda para entender las posturas y la estrategia política del PLA en sus veinte años de vida.

38. Destacan los profesores Bizcarrondo y Elorza los profundos intereses económicos que subyacían en la desconfianza con que eran miradas en la Península cualesquiera propuestas de reformas del statu quo insular, describiendo dicha situación como “un auténtico expolio donde los recursos de la colonia eran drenados hacia la metrópoli por medio de un presupuesto colonial que cargaba sobre Cuba gastos del todo ajenos a ella y un régimen arancelario favorable para las exportaciones de la Península y restrictivo para las insulares” (pág. 125). Pero aún más humillante resultaba la exclusión de los cubanos de los puestos de responsabilidad política en la Isla, constituyéndose un verdadero monopolio peninsular respecto a los cargos públicos, que marginaba a los criollos de la toma de decisiones. Así, pues, se configuró en Cuba un auténtico sistema de exclusiones, monopolios y privilegios a favor de los intereses peninsulares y en contra de los cubanos. Ante tan inicua situación se estrellaban, una y otra vez, las reivindicaciones autonomistas cubanas.

(Continuará)

La voladura del “Maine”. Hemeroteca LA VANGUARDIA, Viernes 18 de Febrero de 1898, Pag. 5

(Fotos de Internet. Una colaboración de CCR)

José Ramón, sabias que en el Maine viajaban algunos mallorquines? Eso es lo que descubrirás al mirar la hemeroteca de la Vanguardia (sí, ultimamente me ha dado por mirar hemerotecas...)

También puedes ver como ya en Febrero de 1898 todo occidente (incluyendo el mismo EEUU) aceptaba que se había tratado de un accidente, pero aun así los pro-warros americanos decidieron empezar una guerra).

Ahi te dejo el enlace y artículo completo para que veas.

http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/1898/02/18/pagina-5/33404763/pdf.html?search=maine

La voladura del "Maine"

Todos los testimonios, asi los propios como los ajenos, van demostrando que la voladura de ese buque ha sido debida á un accidente fortuito. Tan racional es esa afirmación que no solamente en España, sino en Francia, en Inglaterra, en los E.U., en todas partes las personas más autorizadas por sus conocimientos técnicos aseguran que todos los detalles conocidos permiten dar carácter absoluto y definitivo á la afirmación de que el accidente fue casual. Si no bastaran tales testimonios a posteriori para rechazar la suposición,
que á priori rechazamos todos los españoles, de que el accidente haya podido ser ocasionado por una ignorada agresión, consecuencia de la situación creada por la presencia provocadora del Maine en la Habana, toda sospecha de los espíritus miserables quedaría destruida con el nobilísimo comportamiento, que aplaudimos con efusión, de las autoridades españolas de la Habana y de los marinos y marineros del Alfonso XII. Esos marinos y esos marineros, esos hijos legítimos de nuestra querida España, á los cuales saludamos desde aquí con orgullo de compatriotas, exponiendo heroicamente la vida por salvar la de sus ofensores! olvidando el agravio para aliviar el dolor de su enemigo! Qué lección tan dura para los norteamericanos, como nación y como individuos, si no están dejados de la mano de Dios y tienen el sentido moral de que alardean!

Pero al lado de estas pruebas de incalculable valor y de aquellos testimonios sobre el carácter fortuito del accidente, vienen todavía de los Estados de la Unión notas de recelo y de agresión. La comisión de Relaciones Exteriores cuando no sabe que hacer, insulta a España. Sustituir la explosión de agradecimiento, que al conocer el comportamiento de los españoles es lo que hubiera sentido cualquier corazón noble, por una explosión de injurias, según anuncian las noticias de allá, es propio de imbéciles ó malvados sin redención, y por tanto a tales injurias, sí existen, conforme comunican los cablegramas, no cabría contestar más que con el desprecio. Las reservas del comandante del Maine y de otras personas oficiales de la Unión sobre las causas del accidente, obligarán á otra conducta.

Esas reservas han motivado las informaciones oficiales de que hablan los despachos, y esto es lo que inspira estas líneas. En esas informaciones debe España utilizar en absoluto todos sus derechos y desplegar una actividad y una inteligencia extraordinarias, para que sea imposible falsear la verdad por torpeza ó por malicia. Va en ello la honra y la tranquilidad de España. El espíritu americano puede tener un doble interés en que no aparezca con su verdadero carácter de fortuito el accidente: Primero para que no quede al descubierto la vergonzosa incuria de su marina que no ha sabido preveer el accidente; segundo para fomentar la política de arterías seguida con España y adular al jingoísmo. Contra tales contingencias se han de prevenir las autoridades españolas en esa información, no solo por amor á España sino por el amor supremo á la verdad y á la justicia.

Los despachos dicen también que entre los marineros del Mame había varios mallorquines. No queremos reflexionar ahora sobre la situación de esos; españoles á quienes los accidentes de la vida llevan á servir á los enemigos de su patria. Dejando para iniciativas más autorizadas y de mayores recursos el estudiar el modo, quizás deseado por loa compatriotas que se encuentren en ese caso, de ofrecer á todos los españoles qwe sirvan en las escuadras extranjeras un puesto en la escuadra española, ciñéndonos ahora al accidente del Maine y con el alma llena de compasión, se nos ocurre, pensar que el espíritu español, mortificado por la famosa suscripción yankee, tiene ahora ocasión de aquilatar la sinceridad de la teoría yankee, amparando con socorros de España á las familias españolas de los mallorquines víctimas de la incuria ó de la torpeza de la administración norteamericana.

VAE VICTIS!, O LA BIOGRAFÍA POLÍTICA DEL AUTONOMISMO CUBANO (1878-1898). Por Antonio-Filiu Franco Pérez ( Parte II )

(Foto de Internet-Continuación)

11. Un enfoque verdaderamente científico de este problema exige valorar con objetividad desapasionada el complejo entramado de circunstancias sociopolíticas y económicas que determinaron su modo de actuación. Cabe decir, pues, que los cubanos propugnadores del proyecto político autonomista para Cuba, en tanto hijos legítimos de su época y de sus singulares circunstancias sociales, resultaron marcados por la ideología liberal consolidada a lo largo del siglo XIX. En este sentido sus paradigmas políticos, económicos y sociales, llevaban la impronta del influjo liberal decimonónico, situación que define su historicidad, o lo que es lo mismo, su legitimidad histórica. Reducir el pasado histórico a través del prisma de visiones nacionalistas estrechas es renunciar -o pretender negar- a una parte de la razón de la existencia de la identidad cubana; es ver la Historia de un solo color, y no en su verdadera multiplicidad de matices. Es, en fin, el huevo de serpiente de la intolerancia.

12. Quizás resulte oportuno traer a colación las preguntas que hace más de tres décadas formulara a los historiadores cubanos el antes citado historiador polaco Tadeusz Lepkowski: “¿Han sido el autonomismo y la autonomía estudiados por los investigadores marxistas con suficiente objetividad, dentro del marco de la historia de la nación? ¿Es que no haría falta abordar este problema sin sectarismo, mirarlo con ojos nuevos?”.21 No se trata de divinizar, ni de demonizar, esta decimonónica opción política cubana, sino, simplemente se trata de ponerla en su justo sitio: como una alternativa jurídico-política, entre otras, para la solución de la cuestión colonial de Cuba en el siglo XIX. No cabe ninguna duda de que precisamente en esto radica uno de los mayores méritos de esta obra conjunta de los profesores Bizcarrondo y Elorza.


                                                                                III

13. Identificado el problema científico-metodológico primigenio, los autores acertadamente deciden seguir un derrotero diferente al anteriormente criticado, con la declarada finalidad de evitar caer en las posturas maniqueas a las que inevitablemente conduce todo enfoque nacionalista de la Historia (pág. 15), objetivo que sin duda alguna consiguen sobradamente.

14. Así las cosas, los profesores Bizcarrondo y Elorza centran toda su atención en la biografía política del Partido Liberal Autonomista de la Isla de Cuba, hilo conductor de toda la obra, razón condicionante de que acoten el marco temporal de su estudio entre 1878 y 1898, lapso que coincide con la fundación y actividad práctica de dicho partido político. No obstante, admiten que el proceso político objeto de su estudio tiene su génesis en “una mentalidad reformadora alentada por las intensas transformaciones económicas y al mismo tiempo afectada por las dos rémoras de la esclavitud y de un régimen colonial opresivo” (pág. 17), punto de partida que consideran básico para entender las raíces del planteamiento autonomista cubano, y de ahí que en apretada síntesis hayan intentado reconstruir los orígenes de lo que denominan “la conciencia patriótica cubana hasta la crisis del reformismo”, a la que dedican el primer capítulo de su libro, como se verá más adelante.

15. Pero la obra que nos ocupa es más que una simple biografía política del Partido Liberal Autonomista de la Gran Antilla, pues los autores, partiendo de la hipótesis de que “el autonomismo encarnaba una fórmula de construcción nacional cubana” (pág. 17), deciden ampliar su investigación más allá de la fecha de defunción de dicho partido, cuya existencia deja de tener sentido una vez que Cuba se desgaja de la soberanía española tras los acontecimientos del denominado “desastre de 1898”. No cabe duda de que esta voluntaria dilatación del marco temporal inicialmente fijado –declarado expresamente en el título y el prólogo de la obra- resulta interesante desde la perspectiva de la historia del pensamiento político, pues permite apreciar la capacidad de adaptación de la elite autonomista cubana a la nueva etapa política que se abre en la Isla a raíz de los sucesos del 98 que definitivamente habían sepultado las aspiraciones de dicho grupo, únicamente realizables en el marco del ordenamiento jurídico y del sistema político del Estado español.

16. El primero de los nueve capítulos de la obra, intitulado “Patriotas sin patria” (con palabras de José Antonio Saco22), se ocupa de lo que los autores consideran las raíces del proyecto político autonomista cubano. Así, en aproximadamente una treintena de páginas los profesores Bizcarrondo y Elorza intentan sintetizar los proyectos jurídico-políticos considerados como los antecedentes más relevantes del objeto central de su investigación, comenzando, como es lógico, por el proyecto primigenio, elaborado por el presbítero José Agustín Caballero en 1811.23

17. Sin embargo, desafortunadamente el análisis de los referidos proyectos se realiza con desigual profundidad y extensión, lo que refleja, por otra parte, el grado real de conocimiento científico que actualmente existe sobre los mismos, a la vez que pone al descubierto no pocos nichos de investigación sobre el tema. Por ejemplo, con trazos rápidos, pero conceptualmente vigorosos, que mucho recuerdan a la escuela impresionista, los autores intentan que el lector aprecie al primer golpe de vista en el sustancioso proyecto de Caballero (págs. 22-24), “el momento auroral” de la conciencia de la identidad cubana, si bien consideran que el presbítero habanero “apuntaba ya una línea política diferente del conformismo de la sacarocracia”, aunque hacía “concesiones al orden vigente” (pág. 24). A nuestro juicio, lo que realmente hace el sacerdote habanero al elaborar su proyecto de organización política para la Isla de Cuba es, ni más ni menos, intentar juridificar las líneas maestras de las aspiraciones políticas de esos criollos, de los que él era uno de sus más conspicuos representantes. Por ello, más que hacer “concesiones al orden vigente”, José Agustín Caballero plantea la primera alternativa jurídico- política cubana al modelo centralista-autoritario español de organización política colonial, aplicado en la Isla desde las primeras décadas de su conquista y colonización, y especialmente radicalizado a lo largo del siglo XIX.

18. Menos suerte que el de Caballero tiene en esta obra el proyecto de Gabriel Claudio de Zequeira, que los autores analizan en apenas un párrafo (pág. 24). Ha sido éste, lamentablemente, un proyecto descentralizador escasamente estudiado por los investigadores cubanos,24 de ahí que hubiese resultado interesante una mayor profundidad en su análisis.25 No resulta baladí hacer hincapié en este proyecto, toda vez que fue el primero que articuló una fórmula jurídica cuasi-confederal para regular las relaciones político-jurídicas -y por consiguiente la distribución de competencias- entre la Gran Antilla y el Estado español. Se impone, no cabe duda, retomar el estudio del Proyecto Zequeira y diseccionarlo desde nuevas perspectivas, por ser éste un hito significativo en la línea de la tendencia descentralizadora cubana del siglo XIX.

19. El “Proyecto de Instrucción para el gobierno económico-político de las provincias de Ultramar”, de fecha 16 de febrero de 1823, y cuya autoría se atribuye al Presbítero Félix Varela, Catedrático de Constitución del Seminario de San Carlos de La Habana y Diputado a Cortes, es el tercer proyecto descentralizador destacado por los profesores españoles en su obra (págs. 24-25). Igual que en el caso anterior, en el estudio que nos ocupa se pasa de puntillas sobre el contenido de este Proyecto, que pasó a conocimiento de las Cortes en la legislatura ordinaria de 1823 y naufragó por la dramática encrucijada en que la reacción absolutista de Fernando VII puso al Parlamento liberal en octubre de 1823.26 El Proyecto Varela, si bien se caracterizó por su minuciosa elaboración técnica, no pasó de propugnar –a diferencia de los que le precedieron- una mera descentralización administrativa para las provincias de Ultramar, aunque sólo esta razón obliga a prestarle especial atención cuando se pretende estudiar la tendencia descentralizadora en el XIX cubano.

20. Acertadamente destacan los profesores Bizcarrondo y Elorza la radicalización de la tendencia centralista-autoritaria en la Isla a raíz de la concesión de facultades omnímodas al Gobernador General de Cuba por virtud de la Real Orden de 28 de mayo de 1825 (pág. 26). No cabe duda de que éste es un punto de inflexión clave para la cabal comprensión de lo que más adelante sucedería en la Gran Antilla. Asimismo, otro hito destacado por los autores con igual acierto es la exclusión política de los diputados de Ultramar en las Cortes de 1837, y el digno papel de José Antonio Saco en las protestas que protagonizaría contra tan humillante situación (págs. 27 y ss.). Brilla aquí, sin duda, la capacidad de síntesis de los autores, pues destacan en su justa medida –a nuestro juicio- los momentos más relevantes del proceso de consolidación en la Isla de un rígido modelo centralista-autoritario de organización política colonial, configurador del statu quo al que más adelante se opondría la alternativa autonomista cubana objeto de su estudio.

21. Siguiendo el hilo conductor de su investigación, los autores resaltan otros proyectos normativos desarrollados en la segunda mitad del XIX, cual es el caso del Proyecto del Capitán General Francisco Serrano (págs. 40-43) y el del camagüeyano Calixto Bernal (págs. 43-44). En la misma línea hermenéutica utilizada en los proyectos anteriormente referidos, los profesores Bizcarrondo y Elorza se limitan a apuntar en ambos casos unos pocos elementos para que el lector se haga una idea de la naturaleza descentralizadora de los mismos, sin hundir mucho el escalpelo en el análisis de sus respectivos contenidos. Es una lástima que el corte de disección tampoco pase de la dermis en estos dos últimos proyectos, hasta ahora nunca convenientemente estudiados por los historiadores ni por los juristas cubanos.

22. Especial y justo hincapié hacen los autores en la significación de la Junta de Información sobre reformas en Cuba y Puerto Rico, convocada en 1865, en la línea de la tendencia descentralizadora que cada vez más se consolidaba en las Antillas españolas (págs. 46-52). El debate suscitado en el marco de esta Junta informativa, celebrada en Madrid entre 1866 y 1867, constituye un punto de inflexión en el desarrollo de la referida tendencia descentralizadora, como bien se destaca en las páginas antes referidas. Sin embargo, todo quedó en una indigna burla para con los comisionados cubanos y puertorriqueños, y ello, como no podía ser de otra manera, traería inmediatas consecuencias en Cuba. Esto es, a la postre, el fracaso de la Junta coadyuvó a la radicalización de las posturas rupturistas en la Isla, bien en dirección de la independencia, o bien en el de la anexión de la Gran Antilla a los Estados Unidos (pág. 52). La improcedencia del modelo centralista-autoritario español de organización política colonial a esas alturas resultaba evidente. El conflicto entre colonia y metrópoli estaba servido.

(Continuará)

VAE VICTIS!, O LA BIOGRAFÍA POLÍTICA DEL AUTONOMISMO CUBANO (1878-1898) Por Antonio-Filiu Franco Pérez ( Parte I )

(Foto de Internet)

1. Publicada por una pequeña -pero pujante- editorial de declarada vocación cubana,2 ha visto la luz la obra de los investigadores españoles Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza, Cuba/España. El dilema autonomista, 1878-1898. Sus autores, Catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid, y Catedrático de Historia del Pensamiento Político de la Universidad Complutense de Madrid, hacen gala aquí de su acreditada solvencia investigadora.

2. No es ésta la primera incursión de los profesores Bizcarrondo y Elorza en los polémicos derroteros de la historia política del siglo XIX cubano, pues a ambos les avala un sólido y riguroso trabajo de investigación en esta línea y época. Hoy por hoy puede afirmarse que la profesora Marta Bizcarrondo es la investigadora española que más ha hurgado en las entrañas del proyecto político autonomista cubano del último cuarto del siglo XIX,3 en tanto que el profesor Elorza cuenta -entre sus numerosas publicaciones- con una obra de obligada consulta sobre la Guerra del 98 en Cuba.4 Esta vez el trabajo conjunto de ambos profesores ha cristalizado en un libro que sin duda alguna permitirá comprender mejor el complejo proceso de formación de la identidad nacional cubana, o lo que es igual, el laberinto de la cabalidad.


                                                                                 II

3. El objeto de estudio de la obra que aquí nos ocupa resulta un tema harto polémico en el marco de la historiografía contemporánea cubana que de un modo u otro lo ha abordado,5 lo que realza, aún más si se quiere, la importancia de la obra en cuestión. En este sentido los autores tienen el mérito de iniciar su estudio planteando el problema científico-metodológico que subyace debajo de las diferentes posturas adoptadas por los investigadores cubanos que en diferentes momentos se han aproximado a este tema: el enfoque nacionalista de la historia política del XIX cubano (págs. 13 y ss.).6

4. Durante mucho tiempo, quizás demasiado, los cubanos hemos tenido que deglutir una interpretación deletérea de la Historia, con marcado sabor a nacionalismo exacerbado y reduccionista, que ha sostenido un casi metafísico “ser cubano”, limitador de la “esencia de la cubanidad” a las posturas nacionalistas enfáticas, eufóricas, radicales e intolerantes, que niegan validez y legitimidad a cualquier opción moderada o heterodoxa. Así, según esta concepción nacionalista-reduccionista sólo resultan actos patriotas aquellos episodios de la historia de Cuba que permiten apuntalar tal soporte ideológico; lo demás, lo que difiere de este modo de entender la realidad sociopolítica cubana y sus antecedentes históricos, o bien resulta preterido por la historiografía y el discurso oficial, o es considerado como bastarda orientación antinacional y extranjerizante. El radicalismo euforizante deviene, así, en virtud política y seña de identidad cubana, aunque, por otro lado, no deja de ser una cuestionable seña de identidad acuñada al calor de las singulares circunstancias histórico- políticas de Cuba en la lucha por alcanzar su independencia y plena soberanía.7

5. Es de este modo, pues, como la historiografía nacionalista cubana ha marginado la investigación del proyecto político descentralizador que cristalizó en la Isla a lo largo del siglo XIX, por no encajar en los moldes independentistas clásicos,8 arrinconándolo en el lugar más abyecto que se le podía encontrar: la fosa de los “traidores españolistas”, y casi excomulgando de su condición de cubanos a los propugnadores del modelo descentralizado de organización política colonial, por haber defendido un proyecto político distinto al separatista. No cabe duda de que pretender convertir a la Historia en un órgano de justicia política a la larga acaba lastrando la necesaria objetividad científica, al resultar sesgada la interpretación de los hechos y procesos objeto de estudio.

6. Hace mucho que se imponía reaccionar contra lo que puede considerarse un modo maniqueo de entender y explicar la historia política de Cuba, si se admite que es ésta una historia rica y plural, y que sería un error imperdonable que no se tratase de recuperar la memoria total de ese pasado, que debe ser asumido en toda su riqueza y complejidad, sin condenas interesadas, y sin olvidos impuestos por una pretendida “verdad oficial” que trata de legitimar determinadas posturas políticas del presente.9 El pueblo cubano es hijo y heredero de esa abigarrada pluralidad que impregna su historia, porque en su multicolor madeja no resulta posible separar unas hebras de otras, so pena de desnaturalizarla. De ahí el valor de una obra del historiador cubano Manuel Moreno Fraginals que los profesores Bizcarrondo y Elorza destacan con justicia, y a la que en cierto modo el libro que nos ocupa coadyuva a completar.10 En este sentido debe destacarse que los referidos investigadores españoles apuntan con encomiable humildad científica la fuente de inspiración que significó para ellos la obra del historiador cubano, declarando expresamente que “nuestro libro quiere ser un homenaje al maestro y amigo, y una ilustración de la línea interpretativa que Moreno Fraginals trazara en su último libro (...)”, (pág. 18).

7. Los profesores Bizcarrondo y Elorza no pasan por alto el interés de la historiografía nacionalista cubana por enjuiciar políticamente a los cubanos que en el siglo XIX propugnaron el modelo descentralizado de organización política colonial para Cuba (págs. 14-15; 307 y, 402). En este sentido quizás valga la pena apuntar que, a nuestro juicio, la intención última de este interés juzgador es, si cabe expresarse así, la de privar de legitimidad histórica, y desacreditar, a este proyecto político que no concebía a Cuba desgajada de la Nación española. De aquí, pues, que quienes en el contexto del siglo XIX cubano defendieron el referido modelo de organización política colonial, en tanto proyecto político, hayan sido estigmatizados sañudamente con los infamantes epítetos de “antipatriotas” y “anticubanos”. Esto es, la historiografía nacionalista cubana ha convertido en una “verdad” intangible este juicio de valor que demoniza a los nacidos en la Isla simpatizantes de este proyecto político.

8. Pocas figuras de la historia política del siglo XIX en Cuba han concitado juicios tan negativos como los cubanos propugnadores del proyecto decimonónico de descentralización colonial. Aún hoy, a más de un siglo de los acontecimientos del denominado “desastre” de 1898, perdura entre muchos historiadores cubanos la opinión que los considera arquetipos históricos del antipatriotismo y la negación de la cubanidad. Botón de muestra de lo que aquí se afirma es la valoración que sobre este particular hace el reputado historiador cubano Emilio Roig de Leuchsenring: “Sólo puede encontrarse explicación a la errónea postura, junto a España, adoptada por los autonomistas cubanos (...) en el agudo reaccionarismo y conservadurismo político de aquellos hombres, en su españolismo, sentido más ardientemente que el cubanismo natural y lógico dada su condición de criollos, y en su posición económica de burgueses acomodados, hombres de estudio y gabinete, profesionales en su mayoría, egoístas y pusilánimes, incapaces de arrostrar, en beneficio de la colectividad, la posible pérdida de su propio bienestar material y el de su familia.”11

9. Postura similar asume Jorge Ibarra, que atribuye “el contenido reaccionario y retrógrado del autonomismo” a la composición social de su equipo dirigente.12 Ramón de Armas, por su parte, califica igualmente a los autonomistas insulares como exponentes de “una burguesía antinacional”.13 Sin embargo, como bien apuntan los profesores Bizcarrondo y Elorza (págs. 14-15), para mejor apreciar el lastre nacionalista radical (y marxista dogmático) que grava a la actual historiografía cubana que aborda este tema, resulta paradigmática la obra de Mildred de la Torre.14 Esta autora, desde las mismas palabras introductorias a su citada obra, identifica al autonomismo como una “fuerza retardataria del progreso social” en el contexto del siglo XIX en Cuba,15 esto es, según especifica más adelante, “que aspiraba a detener el desarrollo ascendente de la nacionalidad cubana”.16 Mildred de la Torre llega al extremo de afirmar que “la autonomía fue concebida con la finalidad de destruir la opción independentista”,17 cuando en realidad este proyecto político se remonta a las primeras décadas del referido siglo, etapa en la que aún no había cristalizado el sentimiento independentista en la Isla.18

10. En fin, que los citados autores –tomados como muestra para demostrar lo que aquí se apunta- reflejan la incapacidad de la historiografía nacionalista cubana del siglo XX para ir más allá de la descalificación del autonomismo como proyecto político, y de los autonomistas como cubanos. Inculpar a los autonomistas insulares como las auténticas bestias negras de las tendencias heterodoxas cubanas del siglo XIX ha resultado, para la historiografía nacionalista radical cubana, el punto diana a atacar con el objetivo de reforzar –por contraste- la visión nacionalista de la Historia de Cuba.19 La investigación histórica sobre el XIX cubano quedaba de esta manera lastrada por un modelo ideológico-político que a priori juzgaba como errónea a toda postura o modo de actuación política diferente a la revolucionario-independentista.20

(Continuará)

Entre Cuba y España: el dilema del autonomismo, 1878-1898. Por Marta Bizcarrondo ( Parte I )

(Foto de Internet)

A primera vista no es el autonomismo cubano un fenómeno histórico de fácil comprensión. La dureza de las sucesivas confrontaciones entre españoles y patriotas, culminadas en las dos guerras de 1868-1878 y 1895-1898, parece sugerir que sólo había dos fuerzas en presencia. El fuerte contenido nacionalista de la historiografía cubana en las cuatro últimas décadas refuer- za esa imagen dualista, en tanto que por parte española ha imperado, y sigue imperando, la amnesia. El hecho de que entre el convenio del Zanjón y el grito de Baire existiese una fuerza política, el Partido Liberal Autonomista, que concentraba los mayores apoyos de los insulares blancos, viene a perturbar las visiones propias de un nacionalismo reduccionista. O no debieron existir, o fueron simplemente, como explicó el historiador ortodoxo Ramón de Armas, los exponentes de una burguesía antinacional1. A fin de cuentas, ¡los autonomistas, a las guásimas!, es decir, hay que ahorcar a los autonomistas, fue un grito popular al terminar la guerra en 1898.

Las cosas eran más complicadas y los propios partidarios coetáneos de la independencia supieron verlo perfectamente. La guerra larga había agotado a los patriotas cubanos. Salvo para una minoría, los grupos sociales acomodados, aun cuando estuvieran poseídos de un sentimiento patriótico, creían suicida todo ensayo de una nueva insurrección. Además, la tolerancia implantada por el general Martínez Campos, sugería la posibilidad de alcanzar importantes reformas, incluso el autogobierno, por medios legales. Propietarios medios criollos, abogados, publicistas, quizás también los mismos masones -ejemplo, Antonio Govín, gran maestre y definidor del nuevo partido- decidieron emprender esa senda, bajo el estandarte de la bandera patriótica cubana de la autonomía, compatible a su juicio con la soberanía española. La creciente presencia norteamericana en la isla favoreció esa inclinación, frenada en cambio por el mantenimiento de un sistema de dependencia colonial abusivamente favorable a los peninsulares.

El principal obstáculo para los autonomistas residía en que esa tolerancia para su actuación pública no alcanzaba traducción efectiva, ya que los mecanismos caciquiles de la Restauración otorgaban la hegemonía en la isla al partido españolista, la Unión Constitucional, y Cánovas del Castillo, patrón del régimen, era visceralmente opuesto a la autonomía, en la que siempre vio el primer paso para la pérdida de la isla3. De ahí que la historia del autonomismo cubano esté plagada de lamentaciones por el nulo eco que sus quejas y propuestas lograban en Madrid. Ello justifica el goteo de militantes destacados que aun antes de 1895 abandonan la fe en el posibilismo del partido y anticipan el cambio de campo, frecuente durante la guerra, en dirección de las filas independentistas. Un prohombre del patriotismo cubano, Emilio José Varona, elegido diputado autonomista por el Camagüey en 1884, lo explicaba años después, convertido ya en protagonista de la independencia: «a pesar de las promesas de España y de los cambios de aparato que introdujo en el gobierno de Cuba después de 1878, los españoles europeos han gobernado y dominado exclusivamente la Isla, y han continuado explotándola hasta arruinarla»4. Varona había atravesado en 1895 el Rubicón, pero expresiones similares podían encontrarse en los más moderados dirigentes autonomistas, dada la nula receptividad de los gobiernos españoles a las iniciativas de cambio. El diputado autonomista Rafael Montoro lo anunciaba un año antes: «Pero si las reformas fracasan y una vez más se burlan las promesas hechas al país, nada podrá impedir que un reguero de pólvora se extienda de un extremo a otro de la Isla»5. Hasta el punto de que como subraya Luis Estévez y Romero, ese sentimiento de frustración provoca lo que será el anuncio de la insurrección en Oriente, al disolverse el 18 de enero de 1895 el Comité autonomista de Santiago. Era el signo de que «la suerte estaba echada, y que la Revolución estaba a las puertas.

(Continuará)


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