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lunes, 28 de febrero de 2011

Historia de la Torre Iznaga, 1816, en la Cuba Española

(Foto de Internet)


Historia de la Torre Iznaga


Ver buena foto aquí



        Ubicada entre las primeras poblaciones fundadas por los españoles en el 


   proceso de colonización de la mayor de Las Antillas, cuenta con uno de los

    conjuntos arquitectónicos más completos y mejor conservados de América.




 En ese tesoro histórico, el Valle de los Ingenios ocupa un sitio preferencia al junto a la famosa Torre Iznaga, mudo centinela de un pasado de azúcar y fábricas del dulce en Trinidad.

 El surgimiento de la mencionada construcción hacia 1816 marca un momento de predominio del eclecticismo en la arquitectura, con una altura de 45 metros repartidos en siete pisos o niveles, como una atalaya desde la cual se divisaban las plantaciones de caña de azúcar en la zona.

 Según expertos, la campana instalada en lo alto de la torre estaba destinada a marcar el trabajo de los esclavos, el fin de la jornada, la oración a la Santísima Virgen en la mañana, a mitad del día y en la tarde.

 Asimismo, cual vigía insomne, permitiría avisar en caso de peligro de incendio, fugas de esclavos, o simplemente como un inigualable mirador para apreciar la riqueza del valle en toda su magnitud.

 El origen de la Torre Iznaga encierra también una buena dosis de leyenda, vinculada con la historia de los hermanos Iznaga, acaudalados hacendados de la época y dueños de ingenios dedicados al procesamiento de la caña de azúcar.

 Una de las historias atribuye el nacimiento de la construcción a la disputa amorosa entre ambos parientes, interesados en la misma joven, y que decidieron edificar una obra cuya longitud en metros definiría al victorioso en la contienda.

 En esa lid, Alejo levantó la torre de 45 metros de altura, mientras Pedro perforó un pozo de 28 metros de profundidad, del cual beben aún los pobladores de la localidad cercana a la edificación.

 Siempre relacionadas con el amor, otra de las leyendas vincula la obra con el comportamiento infiel de la esposa de Alejo, quien ordenó la ejecución de la monumental construcción para encerrar en ella a su compañera.

 Símbolo inequívoco de la región, la Torre de Iznaga llega a nuestros días como un signo más de la riqueza que predominó en la villa, apoyada en el desarrollo de la industria azucarera y el comercio.

 Obras como esta, recuerdo de una arquitectura rica en estilos y materiales, sirven de complemento único a la variada oferta que presenta Trinidad para los amantes del ocio, los cuales acuden por miles cada año en busca del conocimiento que encierra la histórica villa.

 Casas coloniales, restos de ingenios y una urbe conocida como la Ciudad Museo de Cuba se integran en una opción difícil de ignorar para los visitantes que arriban a los diversos destinos  de la isla.



Torre Iznaga: Centinela del pasado en Trinidad

Rótulos y numeraciones en la Habana de la Cuba Española.




Escrito por Arturo A. Pedroso   
Martes, 22 de Febrero de 2011
opus HABANA


¿Estuvo siempre bien enumerada nuestra urbe? ¿Cuántas numeraciones conoció nuestra ciudad desde sus orígenes? ¿Resultaba fácil a vecinos y forasteros orientarse y localizar alguna dirección? Para responderlas es necesario profundizar en el conocimiento de nuestra ciudad, la cual aún suele revelarnos más de un secreto y no pocas sorpresas.

 Bastaría una incursión por las calles de nuestra ciudad para apreciar en ellas, con tan sólo una mirada, la correcta numeración de sus casas y edificios, así como el rótulo que identifica el nombre de estas arterias. Sin embargo, lo cierto es que muy pocas veces hemos reparado en conocer desde cuándo data esta buena disposición.

 A esta primera incógnita podrían añadirse otras no menos sugerentes: ¿Estuvo siempre bien enumerada nuestra urbe? ¿Cuántas numeraciones conoció nuestra ciudad desde sus orígenes? ¿Resultaba fácil a vecinos y forasteros orientarse y localizar alguna dirección? Para responderlas es necesario profundizar en el conocimiento de nuestra ciudad, la cual aún suele revelarnos más de un secreto y no pocas sorpresas.

 Desde su fundación en 1519 hasta bien avanzado el siglo XIX, La Habana afrontó innumerables escollos como el abasto de agua, solucionado con varios acueductos, o la impostergable necesidad de protegerse ante los constantes ataques de corsarios y piratas, que obligaron a la construcción de fortalezas abaluartadas. Asimismo, en su propia dinámica de desarrollo y ensanche, generó y evidenció limitaciones propias de las ciudades medievales; calles estrechas y una marcada ausencia de espacios verdes dominaron su trama urbana. A estas privaciones se sumó la insuficiente rotulación y numeración de sus barrios de intramuros y sus arrabales. Al referirse a ello, Francisco González del Valle afirma en su obra La Habana en 1841:

«Otras muchas deficiencias tenía la ciudad de hace un siglo. Además de la irregularidad del trazado de sus calles, que todavía se observa, tenía una numeración sin orden ni concierto y la rotulación incompleta».1
Varias fueron las razones que conllevaron a las autoridades coloniales a plantearse desde épocas muy tempranas por qué era necesario numerar la ciudad. En primer lugar porque, en aras de modernizar la urbe, había que lograr una correcta ordenación urbanística y territorial, ofreciendo una imagen coherente con criterios uniformes de diseño. Ello permitiría agilizar los servicios de correo y mensajería, algo imprescindible ante el surgimiento de nuevas urbanizaciones.

  Una vez alcanzadas esas metas iniciales, con el fin de impedir confusiones innecesarias en la búsqueda de una dirección postal, fue necesario implementar algunos cambios para evitar alteraciones y repeticiones en la nomenclatura de las calles, eliminar deficiencias de anteriores ordenaciones o sustituir los rótulos y números deteriorados.

  Como es de suponer, los antecedentes inmediatos en la ordenación de la ciudad llegaron de la Metrópoli. Por su cercanía en el tiempo, la conocida «Visita General de Regalía de Aposento» —realizada en Madrid entre 1750 y 1751 para facilitar la recolección de impuestos— seguramente sirvió de modelo, o se tuvo en cuenta en la rotulación de nuestra ciudad. Al referirse a aquella disposición, el historiador español Francisco José Marín Perellón afirma: «se formó un registro de propietarios y parcelas, debidamente identificados mediante el número de manzana y casa».2

Primera numeración


 La primera numeración que tuvo La Habana se remonta a 1763, cuando —bajo el gobierno de Ambrosio Funes de Villapando, conde de Ricla— se recuperaba de la ocupación inglesa.

 Tenemos noticias de ella por el historiador José Martín Félix de Arrate, entonces regidor del Ayuntamiento habanero, quien en cabildo celebrado el 25 de noviembre a petición del también regidor D. Cristóbal Zayas, ausente por enfermedad, pidió:

«que el Mayordomo de Propios y rentas de esta ciudad pagase los gastos que se han hecho en las tarjetas de madera en que se han puesto los nombres de las calles; y así mismo el costo de cal y operarios que han trabajado en poner la numeración de todas las casas y puertas, según se dispuso con acuerdo del Excmo. Sor. Conde de Ricla. (…) Que el citado Mayordomo de el caudal de su cargo, satisfaga dichos gastos tomando los recibos y recaudos correspondientes».3

 Es el propio Arrate, ya como cronista y no como funcionario de la oligarquía local, quien se encarga de ofrecernos relevantes detalles de la ciudad y su primitiva e insuficiente ordenación en la obra Llave del Nuevo Mundo. Antemural de la Indias Occidentales:

«La planta de esta ciudad no es de aquella hermosa y perfecta delineación (…) Algunas de sus calles no tienen nombres, pero entre todas la más nombrada es la de Mercaderes, (…) Las cuadras, aunque no tienen un propio tamaño, porque hay alguna más largas que otras, guardan con las fronterizas su debida proporción (…) Las mayores serán como de ciento y veinte varas y las menores de noventa a ciento; contiene hasta ahora 341 cuadras en que se numeran hasta tres mil casas (…)»4

 Esta primera numeración era corrida y estaba dispuesta de norte a sur y de este a oeste. El primer número comenzaba en la acera izquierda hasta terminar al final de la calle; entonces saltaba a la acera del frente, continuando la misma anotación corrida. Los números eran pintados en las fachadas de la casas.

 Tanto de esta inicial ordenación como de las que le sucedieron en el tiempo, aparecen evidencias gráficas en varios mapas y planos de especial valor existentes en la mapoteca del Archivo Nacional de Cuba. Por su importancia podríamos mencionar el Plano Pintoresco de la Habana, con los números de las casas, fechado en 1849, y el Plano de La Habana con los números de las casas y la división civil, judicial, eclesiástica y de instrucción pública, de 1867, ambos realizados por el historiador y geógrafo José María de la Torre. Estos dos últimos recogen la segunda numeración de nuestra ciudad.

Segunda numeración


 En 1808, durante el gobierno de don Salvador Muro y Salazar, marqués de Someruelos, se volvió a enumerar la ciudad. Sin embargo, todo parece indicar que las obras no culminaron con el éxito esperado, tras dilatarse algo más del tiempo previsto. Al menos a esa conclusión podemos arribar, si tenemos en cuenta la solicitud formulada en 1823 al Cabildo habanero por don José Pedro Calzada, quien pide concluir la numeración de las casas con tarjetas de bronce, como se había comenzado años antes. En respuesta, el 11 de noviembre de ese mismo año, «se acordó que se haga saber a D. Pedro Calzada, encargado de hacer la numeración de las casas que falta en algunas calles, que debe dejarla arreglada en todas según orden numérico, de modo que no haya repetición ni falta de dicha numeración sin que por esto se le abone nada (…)»5

 Como dato curioso debemos señalar que en esta segunda ordenación se utilizaron fracciones para enumerar las accesorias de los inmuebles. Años después se emplearon  letras en lugar de los números.

Tercera numeración


 Durante el mandato del capitán general Miguel Tacón y Rosique (1834-1838), se implementó un nuevo sistema en la Habana extramuros, adoptándose la numeración de pares e impares. Los primeros para las casas de la derecha, y los segundos, para las de la izquierda, comenzando siempre de norte a sur y de este a oeste.

 Para ello se tomaron como modelo (patrón) los trabajos emprendidos en 1835 por el corregidor de Madrid, Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos, quien ordenó numerar las calles de esa forma, partiendo de la emblemática Puerta del Sol (kilómetro cero de las carreteras radiales españolas), y colocar el nombre de cada calle en los dos extremos de las mismas.6

 En 1835, a tono con su ambicioso plan de obras públicas, Tacón ordenó —mediante un bando de gobierno— la rotulación de las calles de intramuros y extramuros, así como la numeración de las casas y manzanas. En comunicación enviada al Cabildo manifestaba:

«siendo una medida de policía adoptada en todo los pueblos cultos fijar en una tarjeta de letras grandes el nombre de las calles, el número de las manzanas y de cada casa, procurando siempre que se conserven limpias e inteligibles, tanto en utilidad del vecindario y forasteros, como para la formación de los padrones y demás diligencias del servicio, había determinado encargar a esta Corporación, se lleve inmediatamente a debido efecto».7

 Tres años después, durante la entrega del mando al general Joaquín Ezpeleta, Tacón hizo públicas algunas de las mejoras emprendidas en beneficio del ornato público durante el desempeño de su cargo:

«Carecían las calles de la inscripción, de sus nombres y muchas casas de números. Hice poner en las esquinas de las primeras, tarjetas de bronce y numerar las segundas por el sencillo método de poner números pares de una acera y los impares en otra».8

 En relación con esta numeración conviene precisar, en aras de evitar confusiones, que únicamente se aplicó en los barrios de extramuros, mientras que la antigua ciudad intramuros conservó la vieja ordenación corrida hasta 1860. Es decir, desde 1835 hasta 1860 coexistieron en la ciudad dos tipos de ordenaciones. Ello puede apreciarse en el Plano pintoresco de La Habana con el número de las casas, de  Bernardo May y Cía., fechado en 1853.

 ¿Pero fueron estas medidas suficientes? Lamentablemente no. A pesar de la energía desplegada por el capitán general Tacón, la ciudad continuó afrontando muchas dificultades con la rotulación de las calles y la numeración de sus casas. La situación se tornaba más comprometida en los barrios de extramuros de Guadalupe, Colón, El Horcón, San Lázaro, Jesús María, Pueblo Nuevo, Chávez y Peñalver, donde existían muchos solares yermos, se construían nuevas fábricas y en muchas de las casas se carecía de una correcta ordenación.

 Con el fin de hallar solución a esta embarazosa realidad no faltaron ofrecimientos e iniciativas de los vecinos a la máxima autoridad colonial. Un ejemplo elocuente lo constituye el fragmento de esta carta que a continuación reproducimos:

«Don José Pérez natural de Cádiz y vecino de esta ciudad, á V. E. con el debido respeto expone: Que la falta de órden y la confusión que se advierte en la numeración de las casas de los barrios de extramuros, le sugirió la idea de proyectar una que reuniendo la uniformidad y claridad necesaria, fuese de larga duración y de corto gasto para los interesados inmediatamente en ella, como lo son los propietarios  (…) Los números irán grabados y embetunados a fuego de modo que sean insensibles á la intemperie, sobre una loseta de la forma, trabajo y material del modelo, y el costo de cada uno será de dos pesos fuertes incluso su colocación que será cargo del exponente, el cual se obliga también á colocar sin estipendio alguno en una esquina de cada cuadra que numere una tarjeta igual al modelo que también acompaña, la cual contenga el número correspondiente á la manzana y el nombre de la calle».9

 Vale destacar que, pese a los esfuerzos de diversas administraciones, los problemas  permanecieron y, en no pocos casos, la responsabilidad recayó en un considerable número de vecinos que rehusaron sus obligaciones. A fines de noviembre de 1844, el artesano Ambrosio Tomati —quien había sido contratado por el Ayuntamiento para la numeración de los barrios de extramuros—, después de haber colocado una considerable cantidad de números, enfrentó la oposición de varios inquilinos y propietarios de casas que no estaban dispuestos a pagar por ellos. Tan apremiante y comprometida realidad puso en riesgo el capital invertido en la empresa, situación que no tardó en comunicar a la máxima autoridad colonial.

 Ante los bien fundados reclamos del empresario, el gobernador de la Isla, Leopoldo O´Donnell (1843-1848), tomó cartas en el asunto y buscó poner orden, mediante un oficio que publicó el Diario de La Habana: «A petición de D. Ambrosio Tomati, contratista de la numeración de la casas de extramuros, el Escmo Sr. Gobernador y Capitán General, ha dispuesto de conformidad con lo consultado por el Sr. Asesor general primero, que la contribución de siete reales en que remató el antedicho Tomati cada número que fije en las casas, debe abonarse por los inquilinos á reserva de indemnizarse de los dueños respectivos, sin que sea excusa para ello cualquiera que sea el fuero que disfruten: lo que se avisa al público para su conocimiento y que no pueda alegarse ignorancia ni menos reclamar por perjuicios que por faltar al pago sobrevengan á los interesados una vez requeridos por el contratista».10

Cuarta numeración


 En 1860, acorde con la prosperidad que vivía la ciudad gracias a los progresos técnicos de la Revolución Industrial —entre ellos el ferrocarril, la navegación a vapor, el telégrafo y el alumbrado con gas—, se estableció la cuarta numeración de La Habana.

 En esta ocasión se logró uniformar la ordenación. La vieja ciudad de intramuros adoptó la numeración de pares e impares, instaurada fuera del recinto amurallado desde 1835. Por su parte, los barrios de extramuros se volvieron a enumerar, aunque conservaron su antigua disposición.

 En cabildo celebrado el 27 de julio del citado año —que contó la presencia del alcalde Esteban de Cañongo y los concejales Salvador Samá, el marqués de Aguas Claras y el conde de O´Reilly— se determinó, además, cambiar los nombres a las calles que lo tenían repetido, variar aquellos que resultaban «ridículos» y nombrar a las que no tenían ninguno. También se tomó la resolución de recurrir a nombres de poetas y militares famosos por su lealtad y servicio a la Corona en caso de ser insuficientes los acordados de antemano.11

 Entre los cambios, tal vez el más llamativo resultó el del nombre de la antigua calle del Ataúd por Espada, en honor al insigne prelado Juan José Díaz de Espada y Landa. Otros significativos fueron: Nueva del Cristo, por Cristo; Nueva de San Isidro, por Velasco; Callejón de Bayona, por Conde; Callejón de Sigua, por O´Farrill; Nueva y Sola, por Fundición; Jesús María (situada en extramuros), por Revillagigedo; San Antonio y San Juan (en el Cerro), por Arzobispo y Manila, respectivamente, por sólo mencionar algunos.

 Esa empresa, como en épocas anteriores, se confió a contratistas privados. A éstos se les exigió colocar la nueva numeración en lugares visibles, así como retirar la antigua, además de velar por el estricto cumplimiento de sus obligaciones. Asimismo se demandó la colocación de  tarjetones con un tamaño adecuado a fin de que los nombres de las calles ocuparan un solo renglón.

 Por espacio de tres cuartos de siglo permaneció en vigor esta  disposición. Sin embargo, no faltaron propuestas para realizar nuevas inscripciones en la ciudad y sus poblaciones circundantes.

  Así encontramos una petición formulada por Pedro Olive en 1871 al Ayuntamiento de Regla para rotular las calles y numerar las casas de esa población con relucientes azulejos de porcelana, la cual fue desestimada.12

 Paralelamente a esta ordenación, las nuevas urbanizaciones de El Carmelo (1859) y El Vedado (1860), proyectadas por el ingeniero Luis Iboleón, introducen novedosos cambios en sus calles, con respecto a lo que hasta ese momento existía en La Habana. En la primera de esas urbanizaciones, se identificaron todas sus calles con números: los impares, para las calles que corren paralelamente al litoral, y los pares, para las perpendiculares a éstas. En la de El Vedado también se emplearon números, aunque se introdujo un cambio adicional, al identificar con letras las calles perpendiculares al mar. En ambas se respetó la vieja disposición de pares e impares.

 Antes de finalizar el siglo, en 1895, se aprobó un pliego de condiciones formulado por la Comisión de Policía Urbana para la subasta de los letreros de las calles y la numeración de las casas. Entre otras condiciones, se aprobó un plazo de un año para que los propietarios fijaran los números, y se dispuso una cuota de dos pesos oro para cada rótulo colocado en las calles, y uno por los de las casas. Esos trabajos serían inspeccionados por el director de obras municipales. Hay que decir que esta medida no implicó un cambio en la numeración existente.13

Bibliografía:
Francisco González del Valle: La Habana en 1841. Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, La Habana, 1952, p. 91.
2 Disponible en Internet en: www.catastro.meh.es/esp/publicaciones/ct/ct39/ct39_5.pdf (Fecha de descarga de la web: 28 de octubre de 2008.)
3 Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. Trasuntadas. De 7 julio de 1763 a 13 diciembre de 1764, folio 14 v.
José Martín Felix de ArrateLlave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales. Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, La Habana, 1964, pp. 76 y77.
5 Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. De 1 de julio de 1823 a 6 de diciembre de 1823.
6 Disponible en Internet  en: www.nova.es/ ˜ target/mad_e301.htm (Fecha de descarga en la web:  28 de octubre de 2008.)
7 Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. Originales. De 1 de enero de 1834 a 19 de diciembre de 1834, folio 229.
Miguel Tacón y Rosique: Relación del Gobierno Superior y Capitanía General de la Isla de Cuba, extendida por el Tte. General Don Miguel Tacón, marqués de Unión de Cuba al hacer entrega de dichos mandos a su sucesor el Excmo. Señor Don Joaquín Ezpeleta. La Habana, Imp. Del Gobierno y Cap. General, 1838, p.16.
9 Archivo Nacional de Cuba (ANC). Fondo: Gobierno Superior Civil, legajo 1317, expediente: 51440.
10 En Diario de La Habana, No. 4, La Habana, sábado 4 de enero de 1845, p.1.
11 Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. De 1ro. de enero de 1860 a 22 septiembre de 1860.
12 Para una mayor información sobre esta propuesta de rotulación, ver en el Archivo Nacional Fondo: Donativos y Remisiones, legajo 433, expediente 12.
13 Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. Originales. De 1 de mayo de 1895 a 30 de septiembre de 1895.
14 En El Mundo, 19 de diciembre de 1937. Recorte en Colección Facticia de Emilio Roig de Leuchsenring, Tomo 21, folio 337, Biblioteca de la Oficina del Historiador.

El historiador ARTURO A. PEDROSO ALÉS labora en el Plan Maestro para la Revitalización Integral del Centro Histórico de La Habana.

El Palacete de Dulce María Loynáz y Fotos Inéditas.



Mansión-Palacete de Dulce María Loynáz del Castillo, hoy Museo



  Centro Cultural Dulce María Loynaz, así se le conoce en nuestros días, desde el sábado 5 de febrero de 2005, a la edificación donde habitara la insigne escritora cubana, convertido, para dicha de los habitantes de la capital, en punto de rescate de las tertulias que movilizaran a hombres y mujeres ilustrados de nuestro país en siglos pasados.

Dulce María Loynaz, es una de las figuras más relevantes de las letras cubanas y su nombre ocupa uno de los primeros lugares en la poesía hispanoamericana, presidenta perpetua de la Academia Cubana de la Lengua; su último homenaje en vida lo recibió en el mismo portal de su casa por parte de la Embajada de España, un mes antes de su partida definitiva.
 No por ese hecho, sino por la lengua que contribuyó a enaltecer, Dulce María también era embajadora de España en América, de Cuba y digna representante de la lengua y de la cultura hispanas.
Gran parte de su obra la realizó en esta casa donde vivió hasta sus últimos días y fue lugar de encuentros con destacados artistas y escritores de Cuba y el mundo.
El acogedor inmueble, sede a la Academia Cubana de la Lengua, bello exponente de la arquitectura ecléctica de su tiempo, forma parte del conjunto de grandes casonas y mansiones señoriales de la otrora aristocrática zona del Vedado, en la ciudad de La Habana.
El recinto posee áreas de museo, que atesoran valiosos recuerdos de la memoria histórica y objetos entrañables de la autora de Jardín, con toda su carga mística y de significación para las letras de Cuba, Hispanoamérica y el mundo. Contiene también objetos de valor que pertenecieron a la destacada familia cubana. Allí reposan como reliquias condecoraciones que recibió la poetisa a lo largo de su fructífera vida entre ellas, el premio Cervantes, el premio Nacional de Literatura y la Orden Alfonso X El Sabio.
La primera colección de artículos sobre la obra de Dulce María Loynaz se debe a Pedro Simón. De gran valor son los archivos privados de la escritora, abastecidos de una incalculable riqueza de documentos (libros, folletos, revistas, periódicos,…)
Como poetisa ganó, sin proponérselo, los lauros más difíciles. Ella prestigió el hemisferio de las Letras, dueña absoluta del magisterio que representó su pensamiento. Más de una vez lo puso a prueba. Ejemplo de ello es el Premio de Periodismo que obtuvo en España con su ensayo El último rosario de la Reina, sobre Isabel la Católica, en 1991.
Casi hasta el final de sus días, Dulce María Loynaz se mantuvo lúcida y ágil de mente, aunque frágil de salud y casi ciega, como para decir “es terrible y demasiado duro tener que renunciar a la lectura y a las emociones. Es como vivir en un pozo sin fondo”. Y añadía: “¡Cómo comprendo al escritor argentino Jorge Luis Borges! No poder ver es una maldición para todos, pero mucho más para un escritor y amante de la lectura”.
En 1987 donó su biblioteca personal a la ciudad de Pinar del Río en agradecimiento al interés de un numeroso grupo de jóvenes de aquel lugar por la obra de los Hermanos Loynaz.
En la actualidad la biblioteca conserva todo el mobiliario como estaba dispuesto en la casa de la poetisa, posee ejemplares únicos que sirven de material de consulta a los lectores de aquella ciudad y atesora secretos de una estirpe que trasciende las fronteras del tiempo, unida por siempre a la provincia más occidental de la Isla.
Dulce María Loynaz nació en La Habana, el 10 de diciembre de 1902 y falleció en su amada ciudad el 27 de abril de 1997.
Su historia personal es en parte la historia de la isla que la vio nacer. Dulce María representaba, con su imagen, ceremoniosa y auténticamente cubana, el último miembro de una familia fundadora: la del general del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, héroe de Cuba. Los hermanos Loynaz eran cuatro: Flor, Enrique, Carlos Manuel y Dulce María.
La bella mansión habanera de los Loynaz fue siempre lugar de acogida para los escritores españoles que llegaban a Cuba: García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Alberti,  Luis Rosales y tantos otros. Federico García Lorca se carteó en los años veinte con Enrique, abogado y también poeta. La mezcla de decadencia y extravagancia le fascinó tanto a Federico, que intimó, sobre todo, con Flor y Carlos Manuel. A Carlos le dedicó su drama El público y a su hermana Flor dejó un original de Yerma.  
Grandes cosas se pueden decir de Dulce María Loynaz; pero nada altisonante ni abigarrado para quien fue tan sencilla como el agua y tan clara como su misma poesía.
En uno de los poemas dedicados a su isla patria, están los conocidos versos en que hace una petición para la eternidad: Isla mía, isla fragante, flor de islas: tenme siempre, méceme siempre, deshoja una por una todas mis fugas. Y guárdame la última, bajo un poco de arena soleada... ¡A la orilla del golfo donde todos los años hacen su misterioso nido los ciclones!
En sus versos se respira el amor a lo suyo, a lo patrio, a lo nacional.
Se dice que Dulce María Loynaz no está ausente porque está su obra, que es ella misma. Dulce María está viva y se sigue sintiendo ahí, cerca de todos, en el agua, en la isla, en la sencillez, en lo bello, en todo lo que se ama y sobre todo en su casa, con su bello jardín sembrado de árboles y plantas formando un exuberante jardín tropical, que hoy es Patrimonio Cultural de la Ciudad de La Habana.






Pinchar en las fotos

- Una tarde de 1994, el fotógrafo Celso Rodríguez fue enviado por la revista Cuba Internacional a la casa de la célebre escritora Dulce María Loynaz (1902-1997) para tomarle imágenes que ilustrarían una entrevista.
“Estaba lúcida pero quejosa”, recordó Rodríguez, quien reside en Miami desde el 2006.
La escritora cubana Dulce María Loynaz. Foto de Celso Rodríguez
La escritora cubana Dulce María Loynaz. Foto de Celso Rodríguez
El fotógrafo pasó cuatro horas con Dulce María en su casona del Vedado. De aquella jornada quedaron inéditas estas siete fotos que hoy se publican en Café Fuerte.
“Fue una conversación llena de bondad, ternura y  muchas anécdotas, todas matizadas por una cultura aplastante”, rememoró. “Cuando hablaba de su padre, el general mambí Enrique Loynaz del Castillo, era como si se transformara, invadida por un fervor extraordinario”.
La poetisa  le contó cómo el general Loynaz del Castillo, después de una batalla, llamó la atención de sus compañeros de armas porque lo vieron reírse solo debajo de una mata y pensaron que se había vuelto loco. Y cuando se aproximaron a él, estaba leyendo El Quijote de Cervantes.
“Estaba extremadamente locuaz, me contó de todo… de las visitas a su casa  de Federico García Lorca, de Juan Ramón Jiménez, de Gabriela Mistral.  Pero las anécdotas de su padre me impresionaron mucho”, relató Rodríguez.
Entre los relatos que más intensamente contó Dulce María esa tarde fue su desencuentro con la poetisa chilena Gabriela Mistral.
“Me dijo que la había invitado a Cuba y para recibirla organizó una cena en su mansión a la que de asistiría el Cardenal cubano”, agregó el fotógrafo. “Cayó la tarde, pasaron las horas y nada, Gabriela Mistral no apareció. Luego se supo se había ido con una joven a la playa de Guanabo”.
Dulce María le dijo que pocos días después, Mistral intentó visitarla para disculparse. Llegó apenas hasta la verja de la casa, puso las manos sobre las rejas, pero al parecer se arrepintió y no entró. Nunca más volvió y nunca más se hablaron entre ellas.

Ella era como una pieza de museo en sí, como Patrimonio de la Humanidad.





Vivía sola en su palacete del Vedado en La Habana, rodeada de sus mascotas y sus recuerdos




Dulce María Loynáz del Castillo.

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