Crée usted de que Cuba estaría mejor como:

lunes, 17 de enero de 2011

Entre Cuba y España: el dilema del autonomismo, 1878-1898. Por Marta Bizcarrondo ( Parte I )

(Foto de Internet)

A primera vista no es el autonomismo cubano un fenómeno histórico de fácil comprensión. La dureza de las sucesivas confrontaciones entre españoles y patriotas, culminadas en las dos guerras de 1868-1878 y 1895-1898, parece sugerir que sólo había dos fuerzas en presencia. El fuerte contenido nacionalista de la historiografía cubana en las cuatro últimas décadas refuer- za esa imagen dualista, en tanto que por parte española ha imperado, y sigue imperando, la amnesia. El hecho de que entre el convenio del Zanjón y el grito de Baire existiese una fuerza política, el Partido Liberal Autonomista, que concentraba los mayores apoyos de los insulares blancos, viene a perturbar las visiones propias de un nacionalismo reduccionista. O no debieron existir, o fueron simplemente, como explicó el historiador ortodoxo Ramón de Armas, los exponentes de una burguesía antinacional1. A fin de cuentas, ¡los autonomistas, a las guásimas!, es decir, hay que ahorcar a los autonomistas, fue un grito popular al terminar la guerra en 1898.

Las cosas eran más complicadas y los propios partidarios coetáneos de la independencia supieron verlo perfectamente. La guerra larga había agotado a los patriotas cubanos. Salvo para una minoría, los grupos sociales acomodados, aun cuando estuvieran poseídos de un sentimiento patriótico, creían suicida todo ensayo de una nueva insurrección. Además, la tolerancia implantada por el general Martínez Campos, sugería la posibilidad de alcanzar importantes reformas, incluso el autogobierno, por medios legales. Propietarios medios criollos, abogados, publicistas, quizás también los mismos masones -ejemplo, Antonio Govín, gran maestre y definidor del nuevo partido- decidieron emprender esa senda, bajo el estandarte de la bandera patriótica cubana de la autonomía, compatible a su juicio con la soberanía española. La creciente presencia norteamericana en la isla favoreció esa inclinación, frenada en cambio por el mantenimiento de un sistema de dependencia colonial abusivamente favorable a los peninsulares.

El principal obstáculo para los autonomistas residía en que esa tolerancia para su actuación pública no alcanzaba traducción efectiva, ya que los mecanismos caciquiles de la Restauración otorgaban la hegemonía en la isla al partido españolista, la Unión Constitucional, y Cánovas del Castillo, patrón del régimen, era visceralmente opuesto a la autonomía, en la que siempre vio el primer paso para la pérdida de la isla3. De ahí que la historia del autonomismo cubano esté plagada de lamentaciones por el nulo eco que sus quejas y propuestas lograban en Madrid. Ello justifica el goteo de militantes destacados que aun antes de 1895 abandonan la fe en el posibilismo del partido y anticipan el cambio de campo, frecuente durante la guerra, en dirección de las filas independentistas. Un prohombre del patriotismo cubano, Emilio José Varona, elegido diputado autonomista por el Camagüey en 1884, lo explicaba años después, convertido ya en protagonista de la independencia: «a pesar de las promesas de España y de los cambios de aparato que introdujo en el gobierno de Cuba después de 1878, los españoles europeos han gobernado y dominado exclusivamente la Isla, y han continuado explotándola hasta arruinarla»4. Varona había atravesado en 1895 el Rubicón, pero expresiones similares podían encontrarse en los más moderados dirigentes autonomistas, dada la nula receptividad de los gobiernos españoles a las iniciativas de cambio. El diputado autonomista Rafael Montoro lo anunciaba un año antes: «Pero si las reformas fracasan y una vez más se burlan las promesas hechas al país, nada podrá impedir que un reguero de pólvora se extienda de un extremo a otro de la Isla»5. Hasta el punto de que como subraya Luis Estévez y Romero, ese sentimiento de frustración provoca lo que será el anuncio de la insurrección en Oriente, al disolverse el 18 de enero de 1895 el Comité autonomista de Santiago. Era el signo de que «la suerte estaba echada, y que la Revolución estaba a las puertas.

(Continuará)


domingo, 16 de enero de 2011

Traidores a España en el conflicto del 98.


Entre las fuerzas que componían el Ejército Libertador Cubano hay que contabilizar un número importante de españoles que, por uno u otro motivo, escogieron el camino del mambí y contribuyeron con su esfuerzo a poner fin a la dominación española en la la Perla de la Corona, la denominada “Siempre Fiel Isla de Cuba”.

En total, serían licenciados por el E.L.C. 1.361 españoles al finalizar el conflicto siendo canarios, andaluces y gallegos los más numerosos entre sus filas .



Nota: 


 Como verán, los traidores no fueron sólo españoles nacidos en Cuba. J.R.M.


Bibliografía:
http://www.eldesastredel98.com/capitulos/mambises.htm#

sábado, 15 de enero de 2011

LA FUERZA DE LA PALABRA. EL AUTONOMISMO EN CUBA EN EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO XIX

(Foto de Internet) (Fragmentos).

 Del autonomismo en Cuba se ha hablado tan poco, que aquí en el Blog no nos cansamos de difundirlo. J.R.M.

 Por LUIS MIGUEL GARCÍA MORA*
Fundación Histórica Tavera (Madrid)
Revista de Indias, 2001, vol. LXI, núm. 223


 Los iniciadores de la Guerra de los Diez Años fueron un grupo de pequeños y medianos propietarios orientales, para los que, a diferencia de los hacendados occidentales, la esclavitud no les reportaba ninguna utilidad. Prueba de ello es que mientras que en el occidente la población esclava constituía el 30% del total, en el oriente sólo alcanzaba el 19%, concentrándose el 85% en Guantánamo y Santiago de Cuba, los dos únicos territorios que no participaron en la organización de la sublevación. Una región con una economía más precaria, donde la subida impositiva decretada en julio de 1867 y agravada por los abusos cometidos por los funcionarios encargados de su recaudación, fue el detonante de una situación altamente revolucionaria.

 En la región occidental, los antiguos reformistas mostraron diversas posturas: unos huyeron al extranjero y desde allí colaboraron con la revolución, siempre tratando de moderarla y de evitar que ésta tomase medidas demasiado radicales; otros se pusieron al lado de España, criticando abiertamente la postura revolucionaria. Saco la calificó de funesta, mientras que otros antiguos reformistas (Nicolás Azcárate o José María Zayas) estaban en contra de la guerra por las consecuencias sociales que podría tener. Los independentistas, ante la prolongación del conflicto, fueron adoptando posiciones más radicales, como la quema de plantaciones y la abolición de la esclavitud. Esta última medida suponía integrar en la República cubana, que aunque república en armas ofrecía un mínimo entramado institucional –constitución, ejército, asamblea parlamentaria–, a la población de color. A diferencia del ideal nacional reformista blanco enunciado por Saco, ahora era cubano aquel que estuviera dispuesto a luchar por la independencia de la isla, sin importar el color de su piel.

 Tras diez años de guerra ni los cubanos habían logrado la independencia, ni las autoridades coloniales habían acabado con una revolución que cada vez se mostraba más débil. En estas circunstancias, una parte de la cúpula revolucionaria decidió pactar el final del conflicto con las autoridades españolas: en febrero de 1878 se firmó la Paz del Zanjón. Por aquellas fechas, las filas insurrectas estaban divididas en distintos sectores. Para algunos la independencia no era el fin, sino sólo el medio por el que lograr la anexión a los Estados Unidos; otros, desconfiaban del papel cada vez más preponderante que las fuerzas más populares estaban tomando dentro de la revolución.

EL AUTONOMISMO CUBANO Y SUS HISTORIADORES.

 El Partido Liberal Autonomista fue el primer partido legal en la historia de Cuba. Por ello cabría pensar que la historiografía sobre el mismo fuese amplia y, sin embargo, hasta hace unos pocos años no hemos dispuesto de una monografía completa dedicada a él. Los primeros tiempos de la República cubana, que los antiguos autonomistas contribuyeron a erigir, no ofrecían el contexto más apropiado para realizar un estudio integral. A pesar de que éste había protagonizado la vida política del último tercio del siglo XIX, el mantenimiento de su compromiso con la metrópoli hasta el último momento y su oposición a la guerra hacían del tema un objeto de estudio poco apetecible, más en un momento que lo que demandaba era hacer patria. Se trataba de olvidar y justificar su actuación y, más que valoraciones generales sobre el movimiento, nos encontramos con estudios y monografías sobre algunos de sus miembros, los más próximos al independentismo o aquellos que más habían participado en la vida política de la República.


 Así cuando en 1890 surge la disputa arancelaria con los Estados Unidos, Antonio María Fabié, ministro de ultramar, le escribe al gobernador general Polavieja: «Sólo conocemos un principio invariable de política: el principio de que conviene acomodarse a las circunstancias y sacar de ellas el mejor partido posible. Por otra parte, tampoco estamos dispuestos a sacrificar, ni siquiera a posponer el interés de Cuba al de otra provincia o región española, sino a proponer armonizar los intereses insulares y peninsulares».

Al autonomismo siempre le caracterizó un espíritu de consenso, propugnador de soluciones alternativas y aceptó cualquier medida positiva para resolver el problema colonial. Un partido de orden, de evolución, pragmático que, como reconocía uno de sus líderes, acudía a la arena política, tras diez años de guerra, a vencer con la palabra.

VENCER CON LA PALABRA. LOS PRIMEROS TIEMPOS DEL AUTONOMISMO CUBANO

 A diferencia de movimientos políticos criollos anteriores, como el anexionismo y el reformismo, el autonomismo se constituye como un auténtico partido al cumplir las condiciones que la ciencia política impone para reconocer a una agrupación como tal: canalizar intereses de distintos sectores, aspirar o participar del poder y tener un programa para la sociedad en su conjunto. El partido es una institución integradora y mediadora de la pluralidad y de la conflictividad política que se produce en la sociedad en la que actúa. Su función es encauzar y comunicar al poder las demandas de la sociedad, para que dentro de los mecanismos del Estado pueda ser satisfecha. Los partidos políticos surgen cuando se precisan nuevas instituciones que ejerzan las funciones de integración y mediación ante el Estado; en los momentos de cambio, de crisis del sistema, para canalizar dicho cambio. Por ello, en agosto de 1878 el autonomismo presentó su programa político.

 El programa del autonomismo no surgía ex novo. Llevaba tras de sí toda la tradición política del reformismo colonial. Organizado en tres grandes temas —cuestión social, política y económica—, condensaba las principales preocupaciones de las elites criollas y concretaba los problemas del momento. Un programa que, en definitiva, reflejaba el más puro sentido liberal (libertad de imprenta, reunión y asociación) y, en último término, la admiración al sistema de autogobierno que el liberalismo británico había instaurado en el Canadá.

 En la cuestión social se trataba, por un lado, de solventar el problema de la esclavitud y, por otro, de señalar con qué tipo de inmigrantes se conformaría la fuerza de trabajo post-abolicionista. En cuanto a lo primero, los autonomistas presentaron una propuesta conservadora, basada en el artículo 21 de la Ley Moret de (1870), que facultaba al gobierno para presentar un plan de abolición cuando los diputados cubanos fueran admitidos en las Cortes. Pedían una indemnización y no fijaban un plazo concreto para llevarla a término. Para el gobernador general Blanco la actitud autonomista ante la abolición «se agita en continuas dudas y vacilaciones, pues si sus tendencias políticas le impulsan a formular opiniones abolicionistas, en absoluto, los intereses materiales y permanentes de estas provincias, que no pueden desatender, le imponen limitaciones y fórmulas de transacción. Al año, sin embargo, vencidos los temores del primer momento y empujados por los sectores más progresistas del partido, ya reclamaron la abolición inmediata y sin indemnización, siendo los principales opositores de la Ley de Patronato, aprobada por las Cortes en 1880 y que prolongaba por ocho años la esclavitud. Fueron autonomistas los que pretendieron abrir en La Habana una filial de la Sociedad Abolicionista Española, dirigida en Madrid por el político autonomista Rafael María de Labra, y fueron abogados autonomistas los que se preocuparon por asesorar a los patrocinados sobre sus derechos recién adquiridos.

En la segunda parte de su propuesta social, los autonomistas mostraban su predilección por una inmigración blanca y familiar. Estaba claro que en su modelo de nación excluía a los esclavos y en gran medida, a la población de color y de origen asiático. Ese «blanqueamiento» recordaba mucho a los temores expresados por Saco, «blanqueamiento» que se completaba con la «educación moral e intelectual del liberto», es decir, aculturación a los patrones de la población blanca. El liberalismo autonomista era consciente de la dificultad que entrañaba formar un orden constitucional y democrático con el mantenimiento de la esclavitud y de ahí arrancaba su fervor abolicionista. Pero conseguida ésta e integrado el liberto en el «orden blanco», la lucha contra la discriminación racial era un problema que debía resolver la evolución de la sociedad.

En el terreno económico y conscientes del papel que jugaba el azúcar en la economía de la isla, reclamaban el librecambio, proponiendo un desarme arancelario que no tuviera más sentido que el poder mantener las necesidades presupuestarias. Además demandaban tratados de comercio, principalmente con los Estados Unidos, conocedores de la importancia que había adquirido el mercado norteamericano.

 Finalmente, en el aspecto político, los autonomistas se declararon partidarios del autogobierno bajo la fórmula de «la mayor descentralización posible dentro de la unidad nacional». Se sirvieron de este circunloquio, en palabras de Ricardo del Monte, para evitar problemas con las autoridades que no querían que se proclamase la autonomía colonial, un objetivo que a lo largo de su existencia como partido iría cobrando forma y con el que se pretendía la participación efectiva de los cubanos en los asuntos que directamente afectaban a la isla. Como en el caso de la abolición, esperaron a conmemorar el primer aniversario del partido para proclamar su credo sin ambages: «pedimos el gobierno del país por el país, el planteamiento del régimen autonómico como única solución práctica y salvadora».


 Por último, su programa político reclamaba el cuerpo legal de derechos y deberes que por esas fechas ya disfrutaban en la metrópoli y que en Cuba se aplicaban en un sentido restrictivo. Exigían la homologación de las leyes electoral, municipal y provincial, del Código Penal, de la ley hipotecaria, etc. Además demandaban la implantación sin limitaciones de las leyes de imprenta, reunión y asociación, las libertades necesarias, irrenunciables para todo partido liberal. En definitiva, los autonomistas buscaban establecer un «Estado en pequeño» dentro de la Monarquía española. Era una opción conservadora frente a la independencia, pero que gozaba de un fuerte apoyo entre unas elites criollas escarmentadas por la Guerra de los Diez Años y horrorizadas ante la práctica política de las repúblicas latinoamericanas.

 El primer obstáculo que tenía que superar el Partido Liberal Autonomista era un sistema electoral claramente diseñado para favorecer a la población de origen peninsular. Mientras que en la metrópoli se exigía el pago de 5 pesos por contribución territorial y 10 por subsidio industrial para tener derecho al voto, en Cuba 25, por cualquiera de los dos conceptos. Hay que señalar que el agricultor en Cuba cotizaba un 2% de sus utilidades, mientras que el industrial y el comerciante, casi todos ellos peninsulares, un 16%. En otras palabras, era más fácil para los segundos tener acceso al sufragio. Además, los funcionarios coloniales y los socios de las compañías mercantiles (socios de ocasión) tenían derecho al voto. Finalmente, el sistema de circunscripciones electorales estaba hecho para que el voto rural se ahogase en las grandes urbes, algo que en la metrópoli no sucedía, ya que la mayoría de los distritos eran rurales. Si a todo esto unimos las coacciones de las autoridades, los copos, las inclusiones y exclusiones de votantes en el censo, nos explicamos porqué, primero, el censo era muy escaso y, segundo, porqué siempre el triunfo era para la Unión Constitucional.

 Entre 1879 y 1885 se celebraron tres procesos electorales: 1879, 1881 y 1884. Sobre 24 actas de diputados, en los primeros comicios los autonomistas obtuvieron 7, en las segundas 4 y en las terceras, 3. En el Senado ganaron las actas de la Universidad de la Habana y Sociedad Económica de Amigos del País, que siempre fueron suyas, así como la de Puerto Príncipe en las primeras votaciones.

 Los objetivos, de acuerdo a las directrices de la Junta Central eran claros: pedir la abolición de la esclavitud, poner de manifiesto hasta dónde llegaban las intenciones reformistas de los gobiernos metropolitanos y plantear la autonomía colonial. La abolición llegó pronto, en 1880, viéndose sustituida por un patronato de ocho años, que los diputados antillanos siguieron impugnando en las sucesivas legislaturas. 

 En noviembre de 1897 se dieron los decretos que fijaban las bases de la autonomía, acompañados de otros dos: sufragio universal e igualdad de derechos entre españoles y cubanos. El entramado institucional era el siguiente. Un Parlamento bicameral formado por una Cámara de Representantes elegida por sufragio universal (1 representante por cada 25.000 habitantes) cada cinco años y un Consejo de Administración de 35 miembros, de los que la metrópoli designa 17. El Parlamento entiende de justicia, obras públicas, tesoro, educación, política monetaria y tiene capacidad para formar su propio presupuesto. El Gobernador General, como máxima autoridad designada por el gobierno metropolitano, lo controlaría, sancionaría sus decisiones y formaría el Consejo de Secretarios para atender los ramos de Gracia y Justicia y Gobernación, Hacienda, Instrucción Pública, Agricultura, Industria y Comercio y Obras Públicas. El primero de enero, presididos por Gálvez, con tres secretarios autonomistas (Montoro, Govín y Zayas) y dos reformistas (Eduardo Dolz y Laureano Rodríguez) nacía la autonomía.

 Tras veinte años de existencia, los autonomistas se habían convertido, al fin, en el eje de la vida política insular. Además contaban con el favor de las autoridades frente a la Unión Constitucional. En las elecciones a Cortes obtuvieron el 70% de los escaños; en las del Parlamento insular, el 80%105. Pero el problema era otro. Indudablemente los autonomistas sabían que la única manera de consolidar el nuevo régimen era conseguir la paz. Los independentistas temían que la viabilidad de la autonomía les dejase sin argumentos para seguir la lucha y por ello decretaron la pena de muerte para quien aceptase la fórmula de «paz por autonomía». Por su lado, los Estados Unidos tampoco estaban a favor de que se consolidase el nuevo modelo de relación colonial. Las inversiones norteamericanas a lo largo del siglo XIX se habían ido incrementando y estaban sufriendo mucho con la guerra. Además, querían controlar a su principal abastecedor de azúcar y uno de sus principales mercados de exportación. Siempre preferirían una independencia tutelada, que tener que negociar con los cubanos y, en último término, con España.

Bibliografia:

LA FUERZA DE LA PALABRA. EL AUTONOMISMO EN CUBA EN EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO XIX
POR
LUIS MIGUEL GARCÍA MORA* Fundación Histórica Tavera (Madrid)
Revista de Indias, 2001, vol. LXI, núm. 223

jueves, 13 de enero de 2011

LEONOR PÉREZ DE MARTÍ. Cartas a su hijo José Martí.



EL AMOR FILIAL Y LA "MADRE MAYOR" EL EPISTOLARIO


"Todo el que lleva luz se queda solo", advirtió Martí, y esa soledad no excluía los primeros afectos. Doña Leonor nunca le perdonó al hijo la vocación que la obligaba a vivir en incomodidad y angustia.


 Se la ha juzgado por el aprecio de Martí, pero el cariño la pintó más como quería él que fuera que como fue. La más antigua declaración de amor que se conoce está en la carta de Hanábana, de cuando tenía nueve años, en la despedida: "Su obediente hijo que la quiere con delirio". Así la quiso Martí, con un "delirio" que no le pudieron reducir las quejas y los reproches de ella. A su amigo Manuel Mercado le confesó en 1878 lo que poco después habría de decir también de la esposa: "Mi madre tiene grandezas y la amo, pero no me perdona mi salvaje independencia, mi brusca inflexibilidad, ni mis opiniones sobre Cuba. Lo que tengo de mejor es lo que es juzgado por más malo. Me aflige, pero no tuerce mi camino. Sea por Dios". Y poco antes de Dos Ríos, desde Montecristi, le escribió a la madre: "Ud. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida”.


 Así lo quiso ella, con su amor colérico, y con algo de la "espada" del Evangelio atravesada en el alma. En esa última carta le repite: "El deber de un hombre está allí donde es más útil"; pero tampoco ella entendió lo que le decía.




EL EPISTOLARIO


De Martí a la madre sólo se conservan cinco cartas. Además de las mencionadas, hay una desde el presidio en la que se inicia la porfía de los sufrimientos, el común denominador del epistolario: "Es verdad que Ud. padece mucho; pero también lo es que yo padezco más"; otra de cuando le manda un ejemplar de los Versos Sencillos: "Lea este libro de versos: empiece a leerlo por la página 51. Es pequeño, es mi vida"; y otra, también desde Nueva York, un año antes de su muerte: "Déjeme emplear sereno, en bien de los demás, toda la piedad y el orden que hay en mí”.


Durante buena parte de su vida, desde 1870 hasta 1895, con el breve intervalo de México, La Habana y Nueva York, Martí vivió separado de la madre. Si bien es cierto que ella se queja de sus silencios, dadas su devoción y facilidad para escribir, se puede suponer que existió un rico epistolario, aunque también hay que tener en cuenta aquella observación que le hizo en carta a Mercado sobre sus silencios: "Fortalecer y agrandar vías es la faena del que escribe, Jeremías se quejó tan bien, que no valen quejas después de las suyas. Por eso no escribo, ni a mi madre ni a Ud., ni para mí mismo, porque pensar en las penas quita fuerzas para sufrirlas..." Es probable que fuera más abundante el epistolario en los primeros años de la separación, pero ése lo destruyó doña Leonor en un acceso de ira, según la carta llena de reconvenciones que le escribió el 14 de octubre de 1881:



Hijo mío, cuando tengas mucha pena, deja de escribirme para otro lugarcito, pues cartas como la última no me llenan y me dejan muy triste, pues sólo parece escrita para cubrir un expediente. ¡Qué poco confidencial, hijo!... Nada, nada, neblina tan tupida como la que velan mis ojos. Yo estaba muy mala cuando la recibí, y más mala me puse. Dios me ha mandado a la vejez dolores de muelas. Yo creo que esto me resultó de mucho leer, pues ya me cuesta mucho esfuerzo. Es el caso que yo guardaba todas tus cartas con la esperanza de que algún día tendríamos tranquilidad para repasarlas juntos y reír o llorar con ellas, pero viendo que esto se alarga mucho, que yo puedo morir, y ellas ir a parar a manos extrañas, determiné romperlas, pero no tuve valor sin darles un repasón, y como algunas tienen ya la tinta apagada, he hecho mucho esfuerzo; pero ya se acabó la obra, y no me pesa pues rara era la que no tenía un ramalazo que no me hubiera gustado que otro las leyera; conque ya tú ves que sin tener culpa has sido la causa de mi dolor de muelas. Acabo por si tienes hoy también mucha pena y yo te distraigo con estas tonterías…

De doña Leonor se han publicado un total de l9 cartas, casi todas de entre 1881 y 1883: los años del fracaso de Martí en Caracas, del empleado de comercio en Nueva York, de la visita de la mujer y del hijo, y de las primeras corresponsalías a Buenos Aires. En ellas sigue la afligida contienda; le dice la madre: "Tus penas, por graves que sean, pueden tener remedio un día, pero éstas [mías], que no lo tienen jamás, son las que nos parten el alma"; e insiste en el razonar pedestre sobre el objetivo de la vida:

Te acordarás de lo que desde niño te estoy diciendo, que todo el que se mete a redentor sale crucificado... Mientras tú no puedas alejarte de todo lo que sea política y periodismo, no tendrás un día de tranquilidad. ¡Qué sacrificio tan inútil, hijo de mi vida, el que estás haciendo de tu tranquilidad y de la de todos los que te quieren!" Y siempre la queja por el silencio del hijo que no sabe responder al inacabable regaño: "¿Qué causa tan poderosa podrá ser la que te impide escribirme? Dios mío, ¿qué habré hecho yo para tanto sufrimiento? ¿Por qué me dio un solo hijo para que tanto me haga llorar?

Y la intimidación porque Martí no quiere ir a La Habana a cuidar de la familia: "Dios te perdone, hijo todo el mal que me haces, y por ti le pido a todas horas, y porque te conserve tu hermoso hijo, y no te castigue en él lo que tu abandono hace sufrir a tu madre". Y, por último, remedando su estilo, en forma sentenciosa, a él que ha desarrollado toda una ética sobre el deber—"Es deber del hombre levantar al hombre"—, ella le objeta cortante: "Es deber del hombre mirar por los suyos…”

¿Podemos creer lo del "ramalazo" que dice la madre tenían las cartas que guardaba? No, su bondad y su querencia se lo hubieran impedido. Pero es que ella entendía como golpe el renunciamiento que le negaba acceso a su objeto amoroso. "Las madres", dijo Martí, "son amor, no razón, son sensibilidad exquisita y dolor inconsolable”.

Vista a través de sus cartas, se nos presenta doña Leonor como una madre egoísta que vio en el hijo, el único varón, antes que todo, su fuente exclusiva de cariño y el amparo para su vejez y para las hijas, y al no poder lograrlo, trocó el amor en furia, en araño el mimo y la caricia. Es como si fuera reversible el amor de la madre, y por el mismo camino y fuerzas con que trasmuta la ingratitud y la afrenta en lealtad apasionada, a golpes de pena, produce reacción de signo contrario. "Toda madre debiera llamarse maravilla", dijo Martí. No podemos tampoco verla sólo una vez madre, sólo madre del héroe, sino también de siete hijas (Leonor, Carmen, Amelia, Antonia, Ana [muerta a los 19 años) y Pilar y Dolores [que murieron siendo niñas]), apiñadas en la sala enjuta, alrededor de don Mariano, enfermo, malhumorado y cesante: ellas bajo el asedio de pretendientes que la madre teme traigan mayor infortunio a la familia: "Triste misión la de la madre", le escribe al hijo, "siempre temiendo”.

Martí se pasó la vida enamorando a doña Leonor, y su conducta y su talento no hubieran querido mejor sanción que la de ella. No la logró ni el apóstol ni el genio. Muy en los comienzos de su carrera de escritor, en 1881, se publicó en Caracas un trabajo de Martí con un elogio de Juan Ignacio de Armas. En La Opinión Nacional, el crítico hablaba "del profundo pensador que con tanta rectitud de juicio" había analizado a los "poetas españoles contemporáneos". Con todo entusiasmo se lo envía Martí a la madre: aparte del orgullo que podría producirle, quizás el reconocimiento ajeno estimularía el de ella. Su respuesta es desconcertante: "...con respecto a lo de gran pensador te felicito lo que tiene de honroso, pero te confieso que en esto soy un poco egoísta, y sí quisiera que pensaras menos en los demás para que te quedara tiempo de pensar en los tuyos, que bien lo necesitan. Bien sé que este pensar mío no te gustará, pero, ay, hijo, las amarguras de los años hacen pensar muy diferente". Poco después Adriano Páez, el primer crítico que elogió la prosa de Martí, aplaudía desde Bogotá su estilo: "Días atrás", escribió, "al analizar en La Pluma un trabajo de Martí sobre la poesía española contemporánea, anunciábamos que ese nombre sería pronto célebre. No vemos en España ni en Sud América un prosista mejor dotado ni más brillante... Su talento es tan inmenso que es imposible predecir hasta qué punto llegará con el tiempo..." A Martí le impresionó tanto el temprano juicio de Páez, quien además lo compara con Emerson y Castelar que, años más tarde, cuando recuerda los diez "momentos supremos, lo poco que se recuerda como pico de montaña en la vida", menciona el presidio,un beso del padre, el ver a su hijo recién nacido y, por último, el juicio de Adriano Páez. También se lo envía a doña Leonor, pero ella no lo lee; él insiste y, por fin, le responde: "Ya leí el artículo con detenimiento, y veo que todo está en él; era que sólo lo había hojeado porque Chata estaba aquí y se lo llevó, pero ya veo que te desean muy buenas cosas. Dios nos dé salud para verlas cumplidas; yo estoy un poco mejor, no sé si llegaré allá". Y en esa misma carta le acusa recibo de los ejemplares de Ismaelillo ("los libritos", dice) pero no le habla del poemario en las que siguen; tres meses más tarde le escribe: "De tu Ismaelillo... qué quieres que te diga si ésta es la cuerda más dolorosa de la guitarra del alma. De versos no entiendo, para mí está en prosa porque está escrito en la realidad". Tiene este juicio, sin duda, una vertiente de prodigio, pero no es ni sombra del aplauso con que lo premiaría el orgullo de una madre. 


Nunca supo apreciar doña Leonor el talento de su hijo, que lo achaca a su "cabeza de volcán", ni entender sus preocupaciones; en carta a Manuel Mercado, que nunca ha sido publicada y forma parte de la colección que en otra parte de este libro se menciona, con fecha primero de agosto de 1883, le dice:


...Por evitar lo que ha sucedido con sus cartas [que se habían perdido], había escrito a mi hijo varias veces, que preguntara a Ud. si había recibido la mía, pero con su cabeza de volcán, siempre se olvidaba de darme razón de esto. Hoy está más tranquilo, pues a más de su mujer e hijo tiene a su lado a su padre; él ha querido cuidarlo ya que la mala suerte nos separa; por ahora están contentos, y nosotros resignados con la tranquilidad de ellos…

EL AMOR FILIAL Y LA "MADRE MAYOR”


Doña Leonor fue "la matrona fuerte" que buscó al hijo bajo la balacera del teatro Villanueva; fue la madre angustiada que quiso conmover a las autoridades de España para lograr el indulto de su hijo: le escribió al Gobernador General:


Excelentísimo señor: Aquí tenéis a las hermanitas y triste madre del desgraciado José Martí, joven que acaba de cumplir 17 años, y ha sido sentenciado a seis años de presidio por tres palabras escritas cuando apenas contaba 15 años... Por esta causa veo a mi hijo hoy con los peores criminales arrastrando un grillete, y no teniendo en el mundo más amparo que este único hijo, para que [con] su trabajo ayude a sostener a seis hermanas menores que él, y su padre un anciano y enfermo, y no pudiendo resistir tamaña desgracia y confiando en el clemente corazón de V.E., es por lo que me atrevo a suplicar a V.E. se sirva indultar a mi desgraciado hijo de pena tan dura y con cualquiera otra que V.E. tenga a bien imponerle para que no le prive de trabajar para aliviar nuestra desgraciada suerte…

Tuvo así el pedazo de león que tiene toda madre, pero le faltó, usando de nuevo la simbología de Martí, en su totalidad, el pedazo de paloma.


Aun con el sortilegio y la disculpa es difícil encontrar en ella el pozo de dulzura de la madre cubana. El sacrificio del hijo le parece tanto más inútil cuanto que es por una tierra que no siente suya. Con disculpa, pues suele ser innoble, tienta la comparación: ¡Qué distancia entre Leonor Pérez y Mariana Grajales! —ésta sobre su hospital de sangre y cementerio de hijos, apurando al menor: "¡Y tú, empínate, que ya es tiempo de que pelees por tu patria!" Doña Leonor es Espirta, la madre de Abdala, que tampoco comprende la pasión del hijo: le pregunta airada cuando parte a luchar por Nubia: "¿Y tanto amor a este rincón de tierra?/¿Acaso él te protegió en tu infancia?/¿Acaso él fue quien engendró tu audacia?”


Nota: Saquen sus conclusiones. J.R.M.



Carmelo Delgado Delgado, un puertorriqueño en la Guerra Civil española.

(Foto Internet, colaboración de Michael)


Carmelo Delgado Delgado

 Natural de Guayama, Puerto Rico fue miembro de las  Brigadas Internacionales durante la guerra civil española. Decidió estudiar Derecho y se embarca para España  en  el vapor Juan Sebastián Elcano el 22 de septiembre de 1935. Se matrícula en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid y participa en actos a favor de la República Española.  Cuando se inicia la guerra civil, Carmelo Delgado Delgado no duda en participar, pues un ardiente defensor de la República. En carta de 18 de agosto de 1936 dice Carmelo a su amigo Carlos Carrera Benítez: "Yo tengo cada día más fe en nuestro  pueblo." "Y yo veo cerca el día en que el jibaro boricua, como el campesino español, troque sus aperos de labranza por las armas para aplastar tiranos con la misma resolución y el mismo valor con que el pueblo español se ha levantado para aplastar los militares traidores y los políticos prevaricadores." "! Como me agradaría que tú estuvieses en España!. Yo sé que no permanecerías cruzado de brazos y que juntos grabaríamos una página que pudiera ser un timbre de honor para nuestra tierra y un motivo de orgullo para la tierra de nuestros abuelo". Ën Puerto Rico nadie debe saber que yo me he inmiscuido en la revolución.” El poeta Juan Antonio Corretjer en su articulo titulado: "Del hedonismo a la victoria"publicado en el diario El Nuevo Día el 16 de octubre de 1975  recuerda su gesta patriótica:

   "Eramos  más que amigos; hermanos en nuestro mundo patriótico. Estudiante en Madrid al estallar la Guerra Civil, se une a las fuerzas populares que defenderán la República. Batiéndose en una avanzadilla, no oye el silbato que le ordena retirarse y es capturado." Le trasladan a Valladolid donde le juzgaran en Consejo de Guerra. Rehusa la ayuda del Embajador y cónsul estadounidense y  dice Corretjer: "Carmelo Delgado prefiere morir fusilado antes que implorar por su vida al interventor yanqui de su patria."  Es ejecutado el 29 de abril de 1937.

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