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martes, 29 de junio de 2010

La guerra de Martí y sus consecuencias. Un resúmen de Rafael Tarragó

De CUBAENCUENTRO. Opinión


¿Fueron los autonomistas los patriotas cubanos más consecuentes del siglo XIX? Con el propósito de ganar la guerra, ¿entregaron los independentistas el país a Estados Unidos sin garantías? 


Un análisis desacralizador que generará, sin dudas, una saludable polémica.
 La historiografía cubana hasta hoy día es en parte una justificación del separatismo de España y de todas las acciones de los dirigentes separatistas. En esta tradición apologética se calla mucho y se interpreta más. Por ejemplo, la creencia de que el separatismo en 1895 y en 1898 tenía mucho apoyo entre la población adulta en Cuba es debatible. En febrero de 1895, no había mucho interés en la población de la Isla por una revuelta contra el gobierno de Madrid porque se acababa de votar en las Cortes reformas que eran vistas como el principio de mayores libertades políticas y económicas para Cuba. La prueba de mi afirmación está en el hecho de que con la excepción de la región oriental, la rebelión decretada por José Martí a principios de ese año desde Estados Unidos no encontró muchos seguidores, y esto aun cuando no había en Cuba los cientos de miles de soldados españoles que llegaron luego con los generales Martínez Campos y Weyler (1). Según un proverbio, muchas verdades se dicen en broma, y el generalísimo Máximo Gómez, al entrar en La Habana después de la rendición del gobierno español a Estados Unidos, dijo que si todos los que habían salido a aclamarlo hubieran estado por la independencia de España en sus comienzos, la guerra separatista se hubiera acabado muy pronto. La historiografía cubana habla mucho de los crímenes de los “españoles” (en realidad, las tropas gubernamentales o realistas, porque entre ellos había muchos nacidos en Cuba) y oculta las muertes, los incendios, los saqueos y las violaciones cometidos por los cubanos separatistas. La desinformación ha llegado al extremo de que en un reciente libro sobre la nacionalidad cubana se ilustra el incendio de ciudades cubanas por “los españoles” con una fotografía de las ruinas de Victoria de las Tunas en 1898, una ciudad que fue saqueada y quemada por las fuerzas del general separatista Calixto García en 1897 (2). En su crónica de las campañas de Calixto García en el oriente de Cuba (la región donde hubo mayor apoyo inicial por la revolución), Aníbal Escalante describe luchas de casa en casa durante la toma y saqueo de la ciudad de Victoria de la Tunas en 1897 y del poblado de Guisa en 1898, cuyos habitantes se defendieron a muerte contra sus supuestos libertadores (3). Nada es tan fácil de demostrar como que lo que pasó tenía que pasar y este tipo de hacer historia tiende a ser bien recibido, porque confirma la creencia común y halaga a los descendientes de los vencedores y sus colaboradores.


 Leyendo el diario de campaña del general Máximo Gómez se comprende que la causa separatista estaba perdida a fines de 1897 en el occidente de Cuba (17). La situación que Aníbal Escalante describe en su crónica de las campañas del general Calixto García en el oriente de Cuba a principios de 1898 no es una que sugiera la toma de posesión inmediata de esa región por los insurrectos ni la adhesión general de la población de esa región a la causa separatista (18). El gran número de insurrectos que desertaron y se presentaron a las autoridades después del decreto de amnistía que siguió a la concesión de la autonomía en octubre de 1897 hace pensar que la autonomía no llegó demasiado tarde para triunfar por su propio peso. En una carta de 1º de mayo de 1898, el general Calixto García le dice al vicepresidente de la República de Cuba en Armas, Dr. Menéndez Capote: “tenemos enfrente nuestro un gobierno de cubanos que están con España con sus cámaras constituidas y que quitándole . . . estar con España y . . . tener un senado poco liberal . . . resultaría mucho mejor que lo nuestro pues casi no tenemos nada” (19).

 El Partido Liberal Autonomista, formado en Cuba en 1878 como un grupo de élites por reformistas y recientes separatistas, se había convertido hacia 1894 en un partido de masas. Eran los autonomistas hombres de ideales, en su mayoría académicos y profesionales, aunque también formaron parte de la directiva del partido financieros y hacendados. No era un partido personalista ni el partido de la sacarocracia, como han hecho creer los apologistas del separatismo, sino el partido de todos los cubanos, como dijeron los afrocubanos Juan Gualberto Gómez y Martín Morúa Delgado (21). Entonces y ahora se habla de los autonomistas en plural y los nombres de las personalidades dentro del partido son casi desconocidos.

 Los cubanos autonomistas eran nacionalistas dentro de la monarquía española –como los gallegos, los vascos y los catalanes– y por eso querían una Cuba autónoma del Estado español sin una revolución que provocase la intervención de Estados Unidos en la Isla y la subsecuente absorción de la nacionalidad cubana por los angloamericanos –como había pasado con la mexicana en Texas, Nuevo México y California–. Se oponían a la revolución porque eran civilistas que temían la militarización de la sociedad cubana y el caudillismo militar y porque creían en la paz necesaria para el desarrollo de un Estado de derecho moderno. Es probable que muchos de ellos desearan la independencia de Cuba después de su conversión en provincia autónoma de España, y la adquisición de experiencia e instituciones que caracterizan a un estado moderno –una burocracia administrativa autóctona competente y una marina mercante propia (la experiencia del Canadá, Australia y Nueva Zelandia) (22) –. Además de temer una guerra racial en Cuba si había una revolución, dudaban de que esta triunfara, porque sabían que de cada cinco hombres adultos en Cuba dos eran peninsulares anti-separatistas.

 Después de la formación del Partido Revolucionario Cubano en 1892, José Martí adoptó una retórica inclusivista y populista que prometía una Cuba con todos y para el bien de todos, pero no decía cómo Cuba iba a mantenerse independiente, cómo se administraría su economía para que todos tuviesen algo, ni cómo iba a ser su estructura política. El Partido Revolucionario Cubano no fue un partido formado por un grupos de individuos con ideas afines y peso conmensurable, como el Partido Liberal Autonomista, sino un grupo con el ideal común de expulsar a España de Cuba, pero formado por un individuo de personalidad carismática que a todos le decía lo que querían oír, y dividido en células de conspiradores. Fue una organización política semejante a una dictadura civil, según lo caracterizara un publicista cubano radicado en Nueva York, Enrique Trujillo (24).

 Una paz como la del Zanjón en 1878 hubiera tenido lugar (34). Pero, como dice Enrique Collazo en su libro Los americanos en Cuba, las negociaciones directas con España no se iniciaron (cosa que tal vez hubiera convenido a los cubanos) por el error y el poco acierto del gobierno civil de la República de Cuba en Armas y de los generales insurrectos Máximo Gómez y Calixto García, quienes prefirieron los términos dudosos y vagos sobre la independencia de Cuba sugeridos más que prometidos por el gobierno de Estados Unidos y el capricho de su presidente a los seguros de la autonomía concedida por España como base para la futura independencia de Cuba (35).

 No tiene sentido en el contexto histórico decir que los cubanos autonomistas le hicieron el juego a España aceptando formar un gobierno autonómico cubano que evitara la intervención de Estados Unidos en Cuba. Hoy sabemos que Estados Unidos quería intervenir en Cuba. Pero en el otoño de 1897, el gobierno del presidente McKinley pedía que se le concediese la autonomía a Cuba en términos tan aparentemente sinceros, que hubieran hecho pensar al más sospechoso de los instintos absorbentes de la raza anglosajona que eso era todo lo que Estados Unidos quería para Cuba. Ni José Martí ni el general Antonio Maceo querían una intervención armada de Estados Unidos en Cuba y siendo esto conocido era posible pensar que los otros cubanos separatistas harían todo lo posible por evitar la intervención. Aunque Martí y Maceo habían muerto para 1898, los cubanos autonomistas nunca pensaron que las prevenciones de estos contra la intervención angloamericana serían desoídas por el delegado del gobierno de la República de Cuba en Armas en Estados Unidos, Tomás Estrada Palma, por Máximo Gómez, por Calixto García (quien se declaró en abril de 1898 dispuesto a cooperar incondicionalmente con una invasión angloamericana) y por el gobierno de la República de Cuba en Armas (que prefirió la invasión angloamericana sin garantías a negociar con el gobierno español y con los cubanos autonomistas). Los cubanos autonomistas no le hicieron el juego a España, sino que aprovecharon de su debilidad para obtener lo que llevaban casi veinte años pidiendo y su plan hubiera sido exitoso de no intervenir Estados Unidos en Cuba con el beneplácito y la cooperación de los separatistas.

 En el otoño de 1897, los dados no estaban echados a favor de nadie en particular en Cuba, porque a pesar de su ambición, los americanos eran cautelosos. Cuando el gobierno español concedió la autonomía a Cuba y Puerto Rico en noviembre de 1897, el gobierno del presidente McKinley tenía en cuenta diversas posibilidades: 1) si los cubanos separatistas alzados en la Isla aceptaban la autonomía y pactaban con el gobierno español; 2) cuál sería la reacción de los cubanos separatistas a la sugerencia hecha por sus intermediarios de una posible intervención armada de Estados Unidos en Cuba sin reconocer ni al gobierno civil de la República de Cuba en Armas ni la beligerancia del Ejército Libertador Cubano, y 3) cuál sería la reacción de las potencias europeas a una guerra de Estados Unidos con España. Dentro de este contexto histórico los cubanos separatistas le hicieron el juego a Estados Unidos, legitimando su guerra con España y su conquista de las Filipinas, Guam y Puerto Rico, sin obtener nada concreto a cambio. Tomás Estrada Palma gastó miles de dólares sobornando a congresistas estadounidenses para que promovieran la intervención angloamericana en Cuba y lo más que consiguió a favor de la independencia de la Isla fueron los términos ambiguos e indirectos de la Enmienda Teller a la Resolución Conjunta del Congreso de Estados Unidos de abril de 1898, donde claramente se proclamaba el derecho de Estados Unidos a intervenir en Cuba y solamente se hablaba vagamente del derecho de los cubanos a su independencia en un futuro indeterminado.

 Los cubanos separatistas en 1898 se declararon dependientes de Estados Unidos al aceptar como base para su independencia una resolución del Congreso de esta nación. Mostraron poca independencia de ánimo al aceptar la promesa de la independencia de Cuba de una nación de la cual no dependían. A no ser que los dirigentes separatistas buscaran la futura anexión de Cuba a Estados Unidos, sus acciones en 1898 dejaban mucho que desear y todavía hoy dan mucho que pensar (36). En el contexto histórico, los cubanos autonomistas parecen más nacionalistas y con mayor independencia de ánimo (37). Si bien es posible que el gobierno del liberal Práxedes Mateo Sagasta no hubiera concedido la autonomía a Cuba en 1897 sin la presión de Estados Unidos, también es cierto que los cubanos autonomistas no tenían deuda política con los angloamericanos porque nunca les pidieron nada. Al menos teóricamente, los cubanos le debieron su autonomía solamente a España y a su propio esfuerzo. Uno de los primeros pasos del gobierno autonómico cubano fue negociar un préstamo con bancos europeos, un acto de independencia económica hacia España y hacia Estados Unidos. Durante su breve existencia, ese gobierno usó su prerrogativa de iniciar convenios comerciales proponiéndole acuerdos de reciprocidad a Francia y a Estados Unidos (38).

 Los dirigentes separatistas cometieron un gran error táctico al no pactar con el gobierno de una España débil cuando estaba dispuesta a todo menos a la independencia “de jure”, pero ya había dado con la autonomía la independencia “de facto” a Cuba. La importancia de la autonomía implementada en 1898 en Cuba la reconoció el ministro de Estados Unidos en Madrid, Stewart L. Woodford, cuando al ser rechazada la oferta de US$300 millones que le hizo al ministro español Moret a nombre del presidente McKinley, le dijo al español que que más le daba a España conceder Cuba a Estados Unidos por US$300 millones que mantener su soberanía sobre ella con autonomía, porque al concederle a Cuba la autonomía había hecho de ésta una nación (40).

 Haciendo lo que hicieron, los cubanos separatistas previnieron la independencia de Cuba “de facto” por muchos años, porque la República de Cuba que Estados Unidos permitió en 1902 era un protectorado y no una nación-Estado independiente. Estados Unidos no hubieran ido a la guerra con España si los separatistas se hubieran opuesto a su intervención en Cuba. Indudablemente los cubanos estaban perdiendo la guerra con Espana a principios de 1898 y, como dicen Gómez, en su Diario de Campaña, y Aníbal Escalante en su crónica de las campañas de Calixto García, vieron en la intervención angloamericana una ayuda inesperada, porque si estaban ganando, como dicen el historiador Louis A. Perez, Jr. y otros de esa escuela, su colaboración con los angloamericanos fue una estupidez imperdonable (41).

 El reconocer que en febrero de 1895 la mayor parte de la población en Cuba no quería la independencia de España (aunque sí quería más autogestión política y libertad económica para ganarse la vida), muestra que, si lo que quería era mantener la unión de Cuba con España, fue innecesaria y contraproducente la negativa del ministro español Antonio Cánovas del Castillo a implementar la descentralización en Cuba concedida por la Ley Abarzuza (43). El reconocer que la táctica de sangre y fuego durante la Invasión de Occidente por los insurgentes cubanos bajo la dirección de los generales Gómez y Maceo (como decía su himno: “porque Cuba se acaba o redime, incendiada de un fin a otro fin”) dio comienzo a la escalada de la violencia en Cuba que llevó a la táctica de la reconcentración de Valeriano Weyler en 1896 y 1897, con sus conocidos efectos genocidas –no intencionales, ya que murieron víctimas de ésta muchos pacíficos españoles (44) –, creo que muestra que es la paz y no la guerra lo necesario para fundar un Estado de derecho moderno. La idealización de la guerra como purificadora de la sociedad cubana, cuando España comenzaba a hacer concesiones en Cuba, y la negativa del gobierno de Cánovas a implementar las reformas que acababa de conceder el parlamento español hasta no verlos derrotados, causaron la guerra entre primos (angloamericanos como el periodista Murat Halstead, intervencionista y autor de Full Official History of the War with Spain, consideraban a los cubanos como españoles nacidos en Cuba) (45), que culminó en 1898 con la intervención americana, justificada como necesaria para poner término a la barbarie y evitar la mutua destrucción de los beligerantes en la Isla. Los autonomistas cubanos no fueron enemigos de su patria, ya que por todos los medios a su alcance procuraron para ella libertad y progreso. Y si condenaron la guerra de Martí fue porque previeron que arrasar a Cuba y ensangrentarla equivaldría a entregarla inerme y hambrienta en manos de Estados Unidos de América (46).

 Artículo completo aqui

(Este artículo está basado en uno más extenso publicado en el número de febrero de 2009 de la revista Arbor)
Rafael E. Tarragó. Investigador y ensayista cubano. Bibliotecólogo en la Universidad de Minnesota, en Minneapolis, donde reside. Ha publicado La libertad de escoger: poetas afrocubanos.

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