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sábado, 29 de octubre de 2011

BATISTA Y LA SOMBRA DE CASTRO ( 2 ). POR MIGUEL LEAL CRUZ


( Foto de Internet )
BATISTA Y LA SOMBRA DE CASTRO (2)
DR. EN PERIODISMO (CANARIAS ESPAÑA)
 (Proyecto libro en preparación)

 Como se dijo anteriormente, Batista anulaba la Constitución de 1940 al tiempo que introducía los Estatutos Constitucionales "ad hoc" a su régimen, documentos que servían a la administración estatal para controlar todo el poder y, de paso, transferir responsabilidad a sus colaboradores. El Poder Ejecutivo quedó formado por el propio Batista como primer ministro y Presidente, y un consejo de Ministros seleccionados por el mismo entre los más adictos. Como es obvio se suspendieron las elecciones previstas convocadas para junio de 1952 derogando todo tipo de libertades que otorgaba la Constitución. Se restableció la pena de muerte al tiempo que se iniciaba la represión característica de todo régimen dictatorial, donde el asesinato, la tortura, ofensas y vejación a detenidos, en especial a los afiliados al movimiento sindical revolucionario[1], se hizo norma habitual entre los servicios de policía siempre adictos al gobierno.
De nuevo quedó implantado en Cuba otro sistema de terror, con Batista como principal responsable, pero sustentado en el ejército, así como en los sectores más reaccionarios, entre los que se encontraban los magnates azucareros, grandes terratenientes, la gran burguesía comercial y como garantía definitiva el proteccionismo norteamericano, principal beneficiado.
El Partido Socialista Popular (PSP), partido de la clase obrera y próximo al comunismo soviético, había hecho ingentes esfuerzos por convencer al Partido Ortodoxo de la necesidad de establecer un pacto de unidad, con un programa que reflejara los intereses fundamentales de las masas explotadas. Sin embargo, los directivos de la ortodoxia rechazaron la proposición de unidad, para no establecer compromisos de carácter ideológico con marxistas. Si bien, dada la popularidad de los ortodoxos, miembros del PSP, apoyaban y votaban esta opción como la única válida para Cuba en aquellos momentos.
Después del golpe de estado, el PSP manifestó su oposición al nuevo régimen. El mismo día 11 de marzo, con el ejército en la calle, fue publicado en el periódico Hoy[2] un manifiesto, firmado por los dirigentes Blas Roca y Juan Marinello, en el que ponían al descubierto la participación imperialista en el golpe de estado, el carácter reaccionario del régimen impuesto al tiempo que llamaban al pueblo cubano a la lucha. Precisamente, la represión de la dictadura se cebó principalmente en los miembros del PSP, como se comprobó el 7 de mayo de dicho año cuando la policía asaltó la sede central del Partido Socialista, así como en 43 sedes más, arrestando a unas 40 personas.
Manuel García Calero, hijo de isleños[3] y que cuenta 82 años, en 1998, al respecto nos dice: Cuando el 10 de marzo, yo era Secretario del Partido Socialista Popular en el municipio de Jatibonico y tuve que esconderme por algún tiempo en el monte en la vivienda de unos primos míos que vivían bastante apartados. Yo era un comunista bien conocido y había estado preso durante el gobierno de Grau San Martín así como en el de su sucesor Prío. Estuve arrestado en el Castillo del Príncipe en La Habana e igualmente durante el mandato de Batista tuve que estar, en varias ocasiones, ocultándome de la guardia rural y sus esbirros, toda vez que al estar en la ficha de la policía para ellos continuaba siendo un delincuente.
Los grupos burgueses nacidos a la sombra del poder americano en Cuba, cayeron en una contradicción definitiva, puesto que los que eran más reaccionarios, pronto apoyaron la tiranía en alianza con una parte del poder corrupto que había surgido en torno a Batista, entre los que no se hallaban ajenos miembros de las propias fuerzas armadas. En cambio, la burguesía derrocada del poder político en 1952, con cierta connotación democrática, no les fue posible integrarse oficialmente en el gobierno tiránico de Batista ya que este los había desplazado del dominio público. De todas formas tampoco podían ofrecer una fórmula democrática y menos aún revolucionaria, al ser grande su propia debilidad como grupo social y convincente para una gran parte del pueblo llano cubano. Entre la corrupción de las costumbres públicas, el enriquecimiento de sus principales representantes, la vacilación y la entrega al imperialismo norteamericano, les hacían incapaces de un enfrentamiento directo al poder tiránico e imposible cualquier intento de restauración democrática.


[1] Le Riverend, Julio, La República, citado, p. 359 y s.
[2] Periódico Hoy, La Habana, 11 marzo 1952, p.2
[3] García Medina, Ramiro, Memoria, citado, p.120 y 123

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