Por: LUIS MIGUEL GARCÍA MORA
Fundación Histórica Tavera (Madrid)
Revista de Indias, 2001, vol. LXI, núm. 223
DE LA GRAN CAMPAÑA AL RETRAIMIENTO
Si en algún momento los autonomistas confiaron en que se podía, finalmente, cumplir su programa fue cuando a fines de 1885 regresaron al poder los liberales y permanecieron en él hasta julio de 1890. Era la ocasión de hacerles formalizar, ahora que ya eran un partido consolidado, todas las promesas de reforma realizadas desde la oposición, en particular, la electoral. En el manifiesto del 22 de marzo de 1886 ya amenazaban con el retraimiento si, concluida la legislatura, no se hubiese realizado la misma. Aunque Labra desde Madrid les daba seguridades de que era un hecho una vez los diputados cubanos llegasen al Parlamento, en La Habana había cierto recelo71.
A favor del autonomismo jugaba su consolidación como partido, que le permiten campañas mucho más eficaces, como la propia ineficacia del principio asimilista, lo que provocará que algunos unionistas se empezasen a mostrar a favor de la descentralización72. El diario madrileño, El Progreso, señalaba:
«Hoy, hasta en los periódicos genuinamente peninsulares, se levantan acentos vigorosos demandando el término de un régimen colonial inicuo. Y aquel antiguo calificativo de reformista [las cursivas son de El Progreso] que en un tiempo de ignorancia y mala fe tendían a considerar como diminutivo de filibusterismo,
es hoy llevado con holgura por muchos que antes no lo hubieran permitido siquiera se les sospechara partidarios del más leve cambio en el orden administrativo colonial»73.
No debemos olvidar que por aquellas fechas, El Progreso, recibía una subvención por parte del partido de 100 pesos mensuales, pero lo importante es que, a diferencia de tiempos anteriores, ahora estaba dispuesto a aceptarla. Los autonomistas tenían la esperanza de que algo podía empezar a cambiar74.
En el proceso electoral pusieron un gran empeño y, siguiendo los consejos de Labra, consiguieron una diputación en donde estaban presentes algunos de los principales miembros de la Junta Central: Montoro, Fernández de Castro, Giberga, Terry, algunos de ellos, como es el caso de Montoro, con contactos e influencia en los ambientes políticos e intelectuales de Madrid75. No se escatimaron esfuerzos para lograr una gran representación. Se acudió a una suscripción popular a fin de poder pagar los gastos de estancia de algunos de los parlamentarios.
Todo ello permitió la constitución de una minoría autonomista, que puntualmente daba cuenta a la Junta Central de sus actividades en el Parlamento76.
Por vez primera, la Junta Central tenía capacidad para controlar la actividad de sus parlamentarios. En la primera reunión de la minoría, Montoro, alegando cumplir órdenes de La Habana, presentó un ambicioso plan de trabajo basado en aprovechar cualquier circunstancia para provocar un debate sobre la cuestión
cubana y, aunque se sigue manifestando el carácter local e independiente del partido, no se rechazaba establecer contactos con otros grupos que pudiesen aceptar el programa autonomista. En este sentido, el mismo Montoro realizó distintas gestiones cerca de Castelar, con la idea de conseguir adeptos77.
El plan expuesto por Montoro a la minoría culminó con su discurso de 19 de junio de 1886. No se produjo en una sesión de madrugada, con el hemiciclo semi-minoría autonomista a la contestación del discurso de la Corona, todo el Parlamento pudo escuchar las necesidades sociales, políticas y económicas de Cuba, pudo
recordar las promesas que Sagasta había realizado desde la oposición y, finalmente, amparándose en el artículo 89 de la constitución de 1876, expuso la doctrina autonómica, tal y como la entendía el partido78. Aunque la enmienda sólo contó con el apoyo de 17 diputados, los autonomistas y algunos republicanos, lo verdaderamente importante fue que se había situado el problema colonial en el centro del debate político. La Época dedicó dos artículos a valorar el discurso de Montoro y El Imparcial enfatizaba el espíritu de consenso desde el que se podía debatir: «Hace años, es casi seguro que ni el Sr. Montoro, ni el Sr. Labra podrían pronunciar en el Congreso los discursos que han pronunciado: hoy se les ha oído sin recelo, ni prevención; el país conoce sus deseos; la opinión los juzga; el gobierno sabrá hasta donde puede llegar en el terreno de las concesiones»79.
Otros sectores de la prensa fueron más favorables. El Globo, quizás recogiendo los contactos Montoro-Castelar que antes comentabamos, señalaba que «con arreglo a nuestra conciencia hemos reconocido la justicia que asiste a los autonomistas en sus aspiraciones, con arreglo a nuestro patriotismo no podemos asociarnos a ellas». El Liberal apoyaba firmemente la idea autonomista y, al igual que El Imparcial, muestra la flexiblización del régimen de la Restauración cuando afirma que la defensa del programa autonomista: «hubiera sido materialmente imposible en esta misma Cámara hace poco más de media docena de años»80.
En la estela del debate de contestación al discurso de la Corona, la minoría autonomista desarrolló una frenética actividad tendente a dejar en la mesa del Congreso, antes de clausurarse la legislatura, una serie de proposiciones de ley para reformar todo el modelo colonial: sistema electoral, régimen municipal y, de las relaciones financieras entre la metrópoli y las Antillas, identidad de derechos entre peninsulares y cubanos, y finalmente, de la organización del Gobierno General de la isla de Cuba, en donde especificaba las atribuciones de su programa entre el Gobernador General nombrado por la metrópoli, una Diputación
Insular elegida por sufragio y un Consejo de Administración designado a partes iguales por el gobierno y mediante la elección de ayuntamientos, diputaciones y asociaciones de carácter general. En el curso de las sesiones se podía apreciar una discrepancia entre el jefe de la minoría, Labra, y en menor medida de otros diputados que viven en Madrid, Portuondo y Betancourt, con los que vienen de La Habana, principalmente con Montoro81.
En esta coyuntura se produjo el definitivo fin de la esclavitud, con la abolición de la Ley del Patronato. Desde su instauración, los autonomistas habían sido los principales impugnadores de la misma, pero en el debate del presupuesto que se estaba desarrollando en la Cámara, los conservadores cubanos habían aprovechado la ocasión para presentar un proyecto de ley de abolición, con reglamentación del trabajo.
Se encontraban en una difícil posición, por un lado, no querían firmar una proposición de ley con los conservadores, pero tampoco querían transmitir a la opinión pública la idea de ser un obstáculo para la abolición, más cuando en la minoría figuraba el puertorriqueño, Julio Vizcarrondo, fundador de la Sociedad Abolicionista y Labra, su presidente. Finalmente la solución la encontró Labra cuando consiguió que Gamazo, ministro de Ultramar, aceptase un artículo adicional a los presupuestos por el que se abolía el patronato82.
Cuando regresaron a La Habana, los diputados autonomistas volvían con la sensación de que estaba cercano conseguir los fines de su campaña política. Cada vez tenían más influencia en la opinión pública, habían consolidado una minoría parlamentaria y en la Unión Constitucional, su izquierda, se mostraba más proclive a las reformas83. En noviembre de 1886 se refundó la junta provincial de Santiago de Cuba. El autonomismo cumplía su papel de estabilizador del sistema colonial, limitando las tensiones e integrando a antiguos independentistas en la legalidad84.
Al mismo tiempo, también cumplimentaba la otra característica que apuntamos al principio: la promoción de un nacionalismo cubano moderado. Ya no eran sólo los anuales mítines de la fundación del partido, ahora se disponía de un Círculo Autonomista en La Habana, otro en Matanzas, y los diputados cuando regresaban a
Cuba eran recibidos por multitudinarias manifestaciones y acudían a sus provincias a dar cuenta de sus actividades parlamentarias, lo que en ocasiones provocaba polémicas con los conservadores y las autoridades, como ocurrió con el mitin de Figueroa y Fernández de Castro en Cienfuegos en octubre de 188685. Fuerzan el sistema, favorecen el nacionalismo, afirman lo cubano frente a lo español. El caso más paradigmático: la publicación, en 1887, del libro de Raimundo Cabrera, Cuba y sus jueces.
El gran problema que se debía resolver era el electoral. Ya hemos comentado que Sagasta se había comprometido a elaborar un proyecto que diese más posibilidades a los autonomistas. Y no se trataba únicamente de la ampliación del censo, sino de la modificación de las circunscripciones electorales. De los cuatro ministros de ultramar del periodo (1885-1890), tres trataron de realizar la reforma electoral.
Finalmente, en 1889 Manuel Becerra presentó un proyecto de ley en las Cortes que aprobado en el Congreso no llegó a ser discutido en el Senado, donde los autonomistas tenían el compromiso del gobierno de admitir mejoras86.
La política del gobierno conservador fue muy tímida. Antonio María Fabié, el nuevo ministro de ultramar, en 1890, introdujo una variación mínima consistente en ampliar el número de diputados y de distritos, pero manteniendo la cuota. Fabié había sostenido reuniones con Portuondo, Labra, Montoro y Fernández de Castro y confiaba que esa leve modificación evitaría el retraimiento electoral de los autonomistas.
Sin embargo, era algo inadmisible para el partido, una vez que en la metrópoli se había aprobado el sufragio universal. Como a lo largo de todo el siglo, el Estado liberal caminaba a dos velocidades. Convocadas las elecciones, finalmente se abstuvieron de participar en los comicios. En la junta que celebraron el siete de
enero de 1891 decidieron el retraimiento, publicando en El País un manifiesto que justificaba su actuación87.
Fabié había dado instrucciones al gobernador general, Polavieja, a fin de lograr una transacción y que la Unión Constitucional aceptase la reforma electoral88. Conocido el manifiesto autonomista, el ministro escribe de inmediato a Polavieja tratando la situación de muy grave «pues es sabido que una agrupación que se aparta de las vias legales entra en las revolucionarias»89. A partir de ese momento presiona a los autonomistas presentes en Madrid debido a las negociaciones arancelarias para que consigan reintegrar al autonomismo en el juego político90. El Ministro teme que se desequilibre el sistema de partidos, facilitándose no sólo una salida revolucionaria, sino también la ruptura de la Unión Constitucional, ya de por si dividida entre una izquierda reformista y una derecha intransigente. Ante la ausencia autonomista era posible que la izquierda constitucional tratase de ocupar, en parte, su espacio político. Conscientes del temor de las autoridades y de su papel en el sistema colonial, los autonomistas perseveraron en su actitud. Así, meses más
tarde escribía Montoro:
«Además, aquí mismo los nuestros creen que no se puede ir a las elecciones sino para ir de veras y que nuestro retraimiento, cada vez más lamentado por los conservadores a quienes perturba, ha de traernos en más o menos tiempo una reforma electoral aceptable, por lo cual importa no debilitarlo»91.
No se equivocaba Montoro. En diciembre de 1892 volvieron los liberales al poder y la cartera de Ultramar fue ocupada por Antonio Maura. Ya Fabié en su carta a Polavieja de 5 de febrero de 1891 señalaba que ante la actitud de los autonomistas sólo se podría realizar una política de resistencia, para la que ya no se
contaba con la total obediencia de la Unión Constitucional, o de transigencia92.
Maura no tiene duda: había que transigir, sobre todo desde que un año antes se había fundado el Partido Revolucionario Cubano. Así, en el mismo mes de diciembre, publicó varios decretos reformando el sistema electoral, para lo que había tenido muy en cuenta la opinión del senador autonomista, Bernardo Portuondo93. La reforma consistía en bajar de 25 a 5 pesos la cuota de contribución que daba derecho
a ser elector, y retirar el voto a los cuerpos de voluntarios, un voto que indudablemente iba a las filas de la Unión Constitucional. Con ello se conseguía un incremento del censo que, sin duda, favorecía a los autonomistas. El 31 de diciembre abandonaban el retraimiento y días después, en el mitin del Teatro Tacón, que conmemoraba su determinación, los discursos de Fernández de Castro y Giberga no dejaban lugar a dudas: autonomía o independencia94.
Maura era consciente de que por el bien del Estado era necesario dar más juego político a los autonomistas y girar a la izquierda la política colonial. No debemos olvidar que era cuñado del antiguo ministro de ultramar, Gamazo, y que mantenía estrechas relaciones con los sectores más progresistas de Unión Constitucional, Arturo Amblard y Ramón Herrera, que desde el Diario de la Marina venían reclamando
la descentralización como política más idónea para gobernar en Cuba. En definitiva, pretendía ensanchar el espacio político lo suficiente para permitir refundar la relación colonial sobre bases más sólidas. El fin último era evitar la independencia o una alta inestabilidad política que pudiera ser utilizada por alguna de las
potencias interesadas en afianzar su posición en el Caribe.
La reforma que Maura presentó a las Cortes en junio de 1893 pretendía dar mayor capacidad a la administración local y colonial, una autonomía administrativa, aumentando las atribuciones de los ayuntamientos, a la vez que proponía una modificación del censo electoral para hacerlos más representativos. Las 6 antiguas diputaciones se refundían en una Diputación Única, institución clave de la reforma, compuesta de 18 diputados elegidos por sufragio popular con capacidad para tratar temas de obras públicas, comunicaciones, agricultura, industria, comercio, inmigración, educación y sanidad. La Diputación podía formar su propio presupuesto y la renovación de sus miembros se realizaba cada dos años, en que cesaban la mitad de los diputados. Su autoridad estaba limitada por el Gobernador General, como representante
máximo de la metrópoli, pero los conflictos que pudieran surgir entre ambos poderes los tendría que resolver el Ministerio de Ultramar o los tribunales ordinarios.
Por último, el entramado institucional se completaba con el Consejo de Administración, organismo consultivo compuesto por las principales autoridades coloniales, los miembros cesantes de la Diputación y por nueve vocales elegidos por el Ministerio de Ultramar, entre personalidades de prestigio social, político y económico95.
El proyecto creó gran confusión entre los partidos políticos cubanos. Sólo la izquierda de Unión Constitucional lo apoyó desde un principio. Los autonomistas primero lo rechazaron, para posteriormente aceptarlo como un avance sobre la situación preexistente, aplaudiendo el sentido general de la reforma, aun reserván-dose el derecho de crítica al articulado de la ley, cuando se conociese96. Según Giberga, lo más positivo de la reforma Maura era que, como cuando el Zanjón, se renovaron los días de contento y esperanza de la población cubana97. Pero quien no podía transigir con el proyecto era la derecha de la Unión Constitucional. La desaparición de las diputaciones provinciales, desde donde se articulaba todo su poder caciquil, suponía su muerte política. Por ello movilizaron a sectores canovistas e incluso liberales, no del todo contentos con la reforma, y aunque sufrió una excisión que dio lugar al Partido Reformista, finalmente se consiguió el cese de Maura.
Fue sustituido por Becerra y éste por Buenaventura Abarzuza, quien finalmente consiguió que el Parlamento aprobase una modificación del proyecto Maura, en donde se recuperaban las diputaciones proviniciales.
A pesar del fracaso de las reformas, el autonomismo se vio favorecido por los nuevos aires políticos que introdujo Maura. Frente a la intransigencia de antaño, en la metrópoli comenzaban a calar sus ideas en distintos sectores políticos. Entre enero y febrero de 1895 sus diputados protagonizaron unas conferencias en el Ateneo de Madrid, de las que puntualmente se fue informando en la prensa. Con las mismas habían conseguido llevar a la opinión pública una imagen conciliadora y moderada, que rompía con la anterior de seudoseparatistas. Para el Nuevo Mundo, semanario vinculado con los autonomistas, las conferencias del Ateneo habían «desvanecido muchos recelos patrióticos, especialmente en esa gran masa social,
que sin formar línea dentro de ningún partido, influye más de lo que se piensa»98.
Lamentablemente, la guerra reiniciada en el oriente de Cuba por esas mismas fechas rompía toda posibilidad de consenso.
Reanudado el conflicto, el autonomismo tenía dos alternativas. Una era disolversen como partido, tal y como había anunciado en varias ocasiones y tal como hicieron los reformistas al estallar la Guerra de los Diez Años99. La otra continuar la actividad política y mantenerse dentro de la legalidad. En verdad, las dos se dieron.
Por un lado, muchos autonomistas, sobre todo de la región oriental, se incorporaron al independentismo, otros se exiliaron y otra parte permaneció ajena a toda actividad. Por su lado, la Junta Central, o más bien, algunos de sus miembros, renovó su fe en el sistema y se pronunció por la defensa de la autonomía como solución española y al autonomismo como partido español100. Quería seguir jugando un papel dentro del sistema, aunque éste hubiese explotado. Así, daba fe pública de españolismo, pero por otro lado se preocupaba de la suerte que pudieran correr los prisioneros de guerra, realizando distintas gestiones ante las autoridades101.
Poco a poco las deserciones fueron en aumento. Según se extendía la guerra, eran pocos los que permanecían al lado de la Junta Central. El relevo de Martínez Campos por Valeriano Weyler no hizo más que acelerar el proceso. La única esperanza, para la metrópoli y los autonomistas, era que se proclamase la autonomía.
Cánovas había tratado de llevar a la práctica en 1897 un proyecto de autonomía sobre la fórmula Abarzuza apoyándose para ello en la Unión Constitucional, el partido que durante toda su existencia la había combatido102. Pero fue a su muerte, con el regreso de los liberales al poder, cuando se proclamó ésta por los decretos de noviembre de 1897103.
Como paso previo a la entrada en vigor del nuevo régimen, el ministro de ultramar, Segismundo Moret toma dos medidas. Por un lado releva a Weyler, por Ramón Blanco, que ya había sido gobernador tras el Zanjón y estaba familiarizado con los asuntos cubanos. Por otra parte, sugiere la fusión de reformistas y autonomistas para asegurar el régimen autonómico sobre una fuerza política sólida104.
En noviembre de 1897 se dieron los decretos que fijaban las bases de la autonomía, acompañados de otros dos: sufragio universal e igualdad de derechos entre españoles y cubanos. El entramado institucional era el siguiente:
Un Parlamento bicameral formado por una Cámara de Representantes elegida por sufragio universal
(1 representante por cada 25.000 habitantes) cada cinco años y un Consejo de Administración de 35 miembros, de los que la metrópoli designa 17. El Parlamento entiende de justicia, obras públicas, tesoro, educación, política monetaria y tiene capacidad para formar su propio presupuesto. El Gobernador General, como máxima autoridad designada por el gobierno metropolitano, lo controlaría, sancionaría sus decisiones y formaría el Consejo de Secretarios para atender los ramos de Gracia y Justicia y Gobernación, Hacienda, Instrucción Pública, Agricultura, Industria y Comercio y Obras Públicas. El primero de enero, presididos por Gálvez, con tres secretarios autonomistas (Montoro, Govín y Zayas) y dos reformistas (EduardoDolz y Laureano Rodríguez) nacía la autonomía.
Tras veinte años de existencia, los autonomistas se habían convertido, al fin, en el eje de la vida política insular. Además contaban con el favor de las autoridades frente a la Unión Constitucional. En las elecciones a Cortes obtuvieron el 70% de los escaños; en las del Parlamento insular, el 80%105. Pero el problema era otro. Indudablemente los autonomistas sabían que la única manera de consolidar el nuevo régimen era conseguir la paz. Los independentistas temían que la viabilidad de la autonomía les dejase sin argumentos para seguir la lucha y por ello decretaron la pena de muerte para quien aceptase la fórmula de «paz por autonomía». Por su lado, los Estados Unidos tampoco estaban a favor de que se consolidase el nuevo modelo de relación colonial. Las inversiones norteamericanas a lo largo del siglo
XIX se habían ido incrementando y estaban sufriendo mucho con la guerra. Además, querían controlar a su principal abastecedor de azúcar y uno de sus principales mercados de exportación. Siempre preferirían una independencia tutelada, que tener que negociar con los cubanos y, en último término, con España.
El gobierno autonómico trató de convencer a unos y a otros. Fracasado el proyecto autonómico, el partido dejaba de tener sentido; era una fuerza política de un sistema que, había ayudado a vertebrar, y ya no existía. Por otro lado, sus formulaciones de un nacionalismo moderado se vieron ampliamente desbordadas por las
de un independentismo que gracias a la ayuda norteamericana lograba la independencia.
De esta forma, el partido de oposición, el progresista de la colonia, se convertía en el partido de orden, en el partido moderado de la república que nacía.
Bibliografia:
http://revistadeindias.revistas.csic.es/index.php/revistadeindias/article/viewFile/499/566
Cuando un grupo como los independentistas es capaz de Decretar Pena de Muerte, para los que aceptacen la formula de Paz Autonomica, que se puede esperar de esa clase de personas. Ahí no había terminos medios, sino Pena de Muerte. J.R.M.
Crée usted de que Cuba estaría mejor como:
martes, 30 de marzo de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
LA FUERZA DE LA PALABRA. EL AUTONOMISMO EN CUBA EN EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO XIX (Parte IV)
Por LUIS MIGUEL GARCÍA MORA*
Fundación Histórica Tavera (Madrid)
Revista de Indias, 2001, vol. LXI, núm. 223
(Continuación)
La doctrina autonomista, distingue tres principios: la soberanía de la metrópoli, la representación local y la responsabilidad del gobierno colonial. A cada uno de estos principios le corresponde una institución: a la soberanía de la metrópoli, el Gobierno General; a la representación local, la Diputación Insular y, finalmente, al principio de responsabilidad, el Consejo de Gobierno. El Gobernador, como representante supremo de la metrópoli, es la máxima autoridad política y militar, nombra y cesa a los miembros del Consejo, convoca y disuelve la Diputación, y aprueba sus resoluciones. Esta última se rige por sufragio y tiene capacidad para atender todos los problemas locales y, especialmente, votar un presupuesto insular propio. Por ultimo, el Consejo de Gobierno administra los intereses de toda la isla, y tiene que dar cuentas tanto al Gobernador como a la Diputación Insular.
Los autonomistas reclamaban una constitución basada en el gobierno propio, en la autonomia colonial, esto es, pretendían que el poder central renunciase a algunas de sus atribuciones en favor de la colonia. Siendo, en su argumentación, la mejor manera de lograr una administración justa en unos territorios que distan
miles de kilómetros; era el camino por el que se podían estrechar los lazos con la metrópoli, cambiando el vínculo militar y autoritario, por el moral y político.
La doctrina era clara y estaba probada en otros territorios coloniales como la Argelia francesa y, sobre todo, el Canadá británico. A pesar de la sentencia absolutoria del tribunal de imprenta, las autoridades hicieron ruda oposición a la propaganda autonomista, tanto en Cuba como en la metrópoli. El viaje a la isla del
diputado Portuondo, contratado para levantar unos planos de un futuro ferrocarril, se convirtió en una gira política en donde los distintos gobernadores provinciales impidieron la celebración de reuniones autonomistas y castigaron con pena de cárcel a quienes diesen en público vivas a la autonomía. El diputado tenía la intención de reorganizar las fuerzas liberales autonomistas en Santiago de Cuba, disueltas a consecuencia de la Guerra Chiquita. En la tensión del conflicto se produjo la deportación del periodista Francisco Cepeda –decisión que, confidencialmente, el gobernador Prendergast reconocía que estaba fuera de la ley, pero la tomaba en favor del mantenimiento del orden público. Y, como ya sabemos, la dirección convocó una Junta Magna para decidir la continuidad del partido50.
En la metrópoli tampoco fueron buenos momentos para el desarrollo de la idea autonómica. Pronto, en marzo de 1879, Martínez Campos, el mentor del Zanjón, fue llamado a la presidencia del gobierno, para que personalmente dirigiese la política reformista. Duró hasta diciembre en que regresó Cánovas al poder. Además, frente a la acción de los partidos en las Cortes, se recurrió de nuevo a las juntas de información. Como la de 1866-1867, en 1879 se convocó una nueva junta, con los mismos resultados. Sin embargo, a diferencia de lo que había ocurrido antes, ahora los representantes antillanos tenían asiento en el Parlamento,
donde plantearían la necesidad de la reforma colonial, obligando al gobierno y oposición a que fijasen su postura ante la misma51. Así consiguieron que los liberales fusionistas se comprometiesen con la política de reformas, pero llegados al gobierno en febrero de 1881, la famosa frase del ministro de ultramar, Fernando León y Castillo, la «autonomía jamás» cercenó las expectativas autonomistas de un triunfo rápido. Portuondo reconocía ante la Junta Central en diciembre de 1881 que el partido se encontraba aislado, nadie aceptaba la idea autonómica y dudaba de que las reformas se llevasen con la intensidad necesaria52.
Proclamar el mensaje autonomista a la metrópoli nunca fue tarea fácil y más en los primeros tiempos, en donde se le consideraba la otra cara del independentismo. De nada había servido su actitud en la Guerra Chiquita; de nada habían valido las elogiosas palabras de Ramón Blanco que los consideró el arma más eficaz en esa contienda: detrás de un autonomista se embozaba un independentista53. Así, con la desaparición de Martínez Campos del gobierno y con un Partido Liberal Fusionista, más preocupado en consolidarse como tal que en emprender una política de reformas, el partido tomó conciencia de que se enfrentaba a una larga campaña.
El primer obstáculo que tenía que superar el Partido Liberal Autonomista era un sistema electoral claramente diseñado para favorecer a la población de origen peninsular. Mientras que en la metrópoli se exigía el pago de 5 pesos por contribución territorial y 10 por subsidio industrial para tener derecho al voto, en Cuba 25, por cualquiera de los dos conceptos. Hay que señalar que el agricultor en Cuba cotizaba un 2% de sus utilidades, mientras que el industrial y el comerciante, casi todos ellos peninsulares, un 16%. En otras palabras, era más fácil para los segundos tener acceso al sufragio. Además, los funcionarios coloniales y los socios de las compañías mercantiles (socios de ocasión) tenían derecho al voto.
Finalmente, el sistema de circunscripciones electorales estaba hecho para que el voto rural se ahogase en las grandes urbes, algo que en la metrópoli no sucedía, ya que la mayoría de los distritos eran rurales. Si a todo esto unimos las coacciones de las autoridades, los copos, las inclusiones y exclusiones de votantes en el
censo, nos explicamos porqué, primero, el censo era muy escaso y, segundo, porqué siempre el triunfo era para la Unión Constitucional54.
Entre 1879 y 1885 se celebraron tres procesos electorales: 1879, 1881 y 1884. Sobre 24 actas de diputados, en los primeros comicios los autonomistas obtuvieron 7, en las segundas 4 y en las terceras, 3. En el Senado ganaron las actas de la Universidad de la Habana y Sociedad Económica de Amigos del País, que siempre fueron suyas, así como la de Puerto Príncipe en las primeras votaciones55.
Los objetivos, de acuerdo a las directrices de la Junta Central eran claros: pedir la abolición de la esclavitud, poner de manifiesto hasta dónde llegaban las intenciones reformistas de los gobiernos metropolitanos y plantear la autonomía colonial56.
La abolición llegó pronto, en 1880, viéndose sustituida por un patronato de ocho años, que los diputados antillanos siguieron impugnando en las sucesivas legislaturas57. Concluido este tema tema, los diputados autonomistas, Portuondo y Labra provocaron un intenso debate (4 febrero a 6 de marzo) con el fin de conocer la opinión del gobierno y de los distintos grupos respecto de la reforma colonial. Pronto comprobaron que para los conservadores ésta se acababa con lo pactado en el Zanjón, mientras los liberales fusionistas hicieron promesas que cuando llegaron al poder no cumplieron. Tras esta primera toma de contacto, los diputados antillanos adquirieron conciencia de que la implantación de las reformas iba a ser un proceso más largo de lo que habían pensado en un principio y que tendrían que dotarse de un entramado organizativo que las sustentase58. En este sentido el partido necesitaba contar con unos mecanismos de propaganda estable, organizar un grupo parlamentario y definir la relación que debía guardar con otros partidos de la metrópoli59.
En el autonomismo, como hemos visto, primero fue el periódico, El Triunfo, y después el partido. En los estatutos del partido se señala que una de las obligaciones de los vocales es sostener económicamente al periódico, que, constituido como sociedad anónima, tiene entre sus principales accionistas y redactores a los líderes de la formación. Dotarse de un órgano de expresión propio era algo fundamental en la vida política de fines del XIX60. A su vez, los constantes mítines del partido y, sobre todo, las fiestas de conmemoración de su fundación, celebradas en la sociedad de recreo la Caridad del Cerro y en donde se hacía balance del año, eran mecanismos óptimos de socialización política y movilización de la opinión pública.
Trasladar el modelo descrito a la metrópoli era algo imposible: no se disponía de la capacidad financiera para ello y, además, la idea autonómica no gozaba de buena prensa. Es por ello que desde un principio sus sostenedores en Madrid, y en particular Labra, reclamaron de la Junta Central medios para mantener una
campaña de prensa. Había dos posibilidades y, las dos, se ensayaron. Por un lado conseguir introducir artículos que defendiesen las soluciones autonómicas en periódicos de Madrid. Era una solución muy difícil.
El diputado José Ramón Betancourt escribía:
«...los conservadores y los esclavistas son aquí de todos los periódicos y muy principalmente de La Época, El Imparcial y La Correspondencia de España, que tienen grandísima circulación [mientras que a los autonomistas] se nos mira como sospechosos [y] los directores de la prensa están acostumbrados a no admitir artículos..., sino por su precio en metálico, o por tabacos»61.
Rafael María de Labra pedía dinero a la Junta Central con el que financiar a la prensa republicana, la única que aceptaba la doctrina autonomista. A su vez el también diputado Gabriel Millet reclamaba cien pesos mensuales, para subvencionar dos o tres periódicos y crear falsas polémicas, pero que permitieran poner
la idea autonómica de relieve62.
La segunda posibilidad consistía en disponer de un órgano de expresión propio. En mayo de 1882 se creaba en Madrid La Tribuna, financiada con dinero antillano para defender, no sólo la autonomía colonial, sino todo el programa democrático republicano de la Revolución de 1868. Según Labra, el tener un
diario en Madrid dedicado en exclusiva al problema colonial, podría traer mas perjuicios que ventajas, y en última instancia, eran los sectores republicanos los únicos que apoyaban a los autonomitas63. La Tribuna tuvo una vida efímera, poco más de un año. Tiraba 3.000 ejemplares y se publicaba 26 veces al mes. Disponía una edición bisemanal para ultramar de 1.900. Consiguió entablar interesantes polémicas en la prensa, en especial con La Época, lo que acercó la doctrina autonómica al lector peninsular. Sin embargo y aunque los diputados antillanos estimaban que era una necesidad, La Tribuna cesó su publicación debido a
problemas políticos y financieros (tenía unos gastos mensuales de 8.900 ptas.).
Aunque desde la Revista de Cuba, publicación que dirigía el autonomista Cortina, se recordaba por esas mismas fechas un viejo texto de Saco reclamando un periódico cubano en Madrid, había muchos miembros en la Junta Central que no estaban de acuerdo en la férrea dirección de Labra, ni en comprometerse con
partidos republicanos64.
La organización del grupo parlamentario era otra de las preocupaciones del partido. Vertebrar las actividades con un océano por medio resultaba difícil. La Junta Central trataba en todo momento controlar la política del grupo en la metrópoli, pero ésta la dictaba Labra, político de oficio y buen conocedor de las entrañas del sistema, quien además, consciente de su importancia, exigía disciplina al grupo, no quería
representantes «que coman bizcochos y se llaman excelencias», sino gente enérgica, combativa y de arraigo en Cuba65. Al mismo tiempo, como líder de la minoría, reclamaba independencia de actuación para sí, llegando a distintos acuerdos de los que informaba directamente a la Junta Central, justificando su actitud por dirigir una minoría carente de medios y aislada66. Finalmente exigía mayor transparencia y comunicación entre La Habana y Madrid67.
Un último aspecto organizativo a tratar, polémico a lo largo de los veinte años de vida del partido, fue la relación del autonomismo con otros grupos políticos de la metrópoli68. Era la práctica política contra la pureza doctrinaria. Labra era consciente de la importancia de que el autonomismo se integrara en grupos republicanos y democráticos de la metrópoli, para ganar peso y facilitar la campaña. Sin embargo, desde La Habana, siempre se defendió que el partido era de carácter local y que sólo acudía al Parlamento a tratar problemas coloniales. Se consideraba que la defensa de la autonomía podría casar bien con cualquier partido peninsular y resultaba peligroso perder el crédito político a favor de los republicanos69. A pesar de las advertencias de Labra que calificaba el localismo como algo funesto y contrario a los intereses nacionales, el partido lo ratificó en la Junta Magna de abril de 1882. La única concesión que hizo fue aceptar que los diputados y senadores que a título particular lo considerasen conveniente, podrían unirse a grupos parlamentarios democráticos, siempre que éstos respetasen la doctrina autonómica70.
(Continuará)
Fundación Histórica Tavera (Madrid)
Revista de Indias, 2001, vol. LXI, núm. 223
(Continuación)
La doctrina autonomista, distingue tres principios: la soberanía de la metrópoli, la representación local y la responsabilidad del gobierno colonial. A cada uno de estos principios le corresponde una institución: a la soberanía de la metrópoli, el Gobierno General; a la representación local, la Diputación Insular y, finalmente, al principio de responsabilidad, el Consejo de Gobierno. El Gobernador, como representante supremo de la metrópoli, es la máxima autoridad política y militar, nombra y cesa a los miembros del Consejo, convoca y disuelve la Diputación, y aprueba sus resoluciones. Esta última se rige por sufragio y tiene capacidad para atender todos los problemas locales y, especialmente, votar un presupuesto insular propio. Por ultimo, el Consejo de Gobierno administra los intereses de toda la isla, y tiene que dar cuentas tanto al Gobernador como a la Diputación Insular.
Los autonomistas reclamaban una constitución basada en el gobierno propio, en la autonomia colonial, esto es, pretendían que el poder central renunciase a algunas de sus atribuciones en favor de la colonia. Siendo, en su argumentación, la mejor manera de lograr una administración justa en unos territorios que distan
miles de kilómetros; era el camino por el que se podían estrechar los lazos con la metrópoli, cambiando el vínculo militar y autoritario, por el moral y político.
La doctrina era clara y estaba probada en otros territorios coloniales como la Argelia francesa y, sobre todo, el Canadá británico. A pesar de la sentencia absolutoria del tribunal de imprenta, las autoridades hicieron ruda oposición a la propaganda autonomista, tanto en Cuba como en la metrópoli. El viaje a la isla del
diputado Portuondo, contratado para levantar unos planos de un futuro ferrocarril, se convirtió en una gira política en donde los distintos gobernadores provinciales impidieron la celebración de reuniones autonomistas y castigaron con pena de cárcel a quienes diesen en público vivas a la autonomía. El diputado tenía la intención de reorganizar las fuerzas liberales autonomistas en Santiago de Cuba, disueltas a consecuencia de la Guerra Chiquita. En la tensión del conflicto se produjo la deportación del periodista Francisco Cepeda –decisión que, confidencialmente, el gobernador Prendergast reconocía que estaba fuera de la ley, pero la tomaba en favor del mantenimiento del orden público. Y, como ya sabemos, la dirección convocó una Junta Magna para decidir la continuidad del partido50.
En la metrópoli tampoco fueron buenos momentos para el desarrollo de la idea autonómica. Pronto, en marzo de 1879, Martínez Campos, el mentor del Zanjón, fue llamado a la presidencia del gobierno, para que personalmente dirigiese la política reformista. Duró hasta diciembre en que regresó Cánovas al poder. Además, frente a la acción de los partidos en las Cortes, se recurrió de nuevo a las juntas de información. Como la de 1866-1867, en 1879 se convocó una nueva junta, con los mismos resultados. Sin embargo, a diferencia de lo que había ocurrido antes, ahora los representantes antillanos tenían asiento en el Parlamento,
donde plantearían la necesidad de la reforma colonial, obligando al gobierno y oposición a que fijasen su postura ante la misma51. Así consiguieron que los liberales fusionistas se comprometiesen con la política de reformas, pero llegados al gobierno en febrero de 1881, la famosa frase del ministro de ultramar, Fernando León y Castillo, la «autonomía jamás» cercenó las expectativas autonomistas de un triunfo rápido. Portuondo reconocía ante la Junta Central en diciembre de 1881 que el partido se encontraba aislado, nadie aceptaba la idea autonómica y dudaba de que las reformas se llevasen con la intensidad necesaria52.
Proclamar el mensaje autonomista a la metrópoli nunca fue tarea fácil y más en los primeros tiempos, en donde se le consideraba la otra cara del independentismo. De nada había servido su actitud en la Guerra Chiquita; de nada habían valido las elogiosas palabras de Ramón Blanco que los consideró el arma más eficaz en esa contienda: detrás de un autonomista se embozaba un independentista53. Así, con la desaparición de Martínez Campos del gobierno y con un Partido Liberal Fusionista, más preocupado en consolidarse como tal que en emprender una política de reformas, el partido tomó conciencia de que se enfrentaba a una larga campaña.
El primer obstáculo que tenía que superar el Partido Liberal Autonomista era un sistema electoral claramente diseñado para favorecer a la población de origen peninsular. Mientras que en la metrópoli se exigía el pago de 5 pesos por contribución territorial y 10 por subsidio industrial para tener derecho al voto, en Cuba 25, por cualquiera de los dos conceptos. Hay que señalar que el agricultor en Cuba cotizaba un 2% de sus utilidades, mientras que el industrial y el comerciante, casi todos ellos peninsulares, un 16%. En otras palabras, era más fácil para los segundos tener acceso al sufragio. Además, los funcionarios coloniales y los socios de las compañías mercantiles (socios de ocasión) tenían derecho al voto.
Finalmente, el sistema de circunscripciones electorales estaba hecho para que el voto rural se ahogase en las grandes urbes, algo que en la metrópoli no sucedía, ya que la mayoría de los distritos eran rurales. Si a todo esto unimos las coacciones de las autoridades, los copos, las inclusiones y exclusiones de votantes en el
censo, nos explicamos porqué, primero, el censo era muy escaso y, segundo, porqué siempre el triunfo era para la Unión Constitucional54.
Entre 1879 y 1885 se celebraron tres procesos electorales: 1879, 1881 y 1884. Sobre 24 actas de diputados, en los primeros comicios los autonomistas obtuvieron 7, en las segundas 4 y en las terceras, 3. En el Senado ganaron las actas de la Universidad de la Habana y Sociedad Económica de Amigos del País, que siempre fueron suyas, así como la de Puerto Príncipe en las primeras votaciones55.
Los objetivos, de acuerdo a las directrices de la Junta Central eran claros: pedir la abolición de la esclavitud, poner de manifiesto hasta dónde llegaban las intenciones reformistas de los gobiernos metropolitanos y plantear la autonomía colonial56.
La abolición llegó pronto, en 1880, viéndose sustituida por un patronato de ocho años, que los diputados antillanos siguieron impugnando en las sucesivas legislaturas57. Concluido este tema tema, los diputados autonomistas, Portuondo y Labra provocaron un intenso debate (4 febrero a 6 de marzo) con el fin de conocer la opinión del gobierno y de los distintos grupos respecto de la reforma colonial. Pronto comprobaron que para los conservadores ésta se acababa con lo pactado en el Zanjón, mientras los liberales fusionistas hicieron promesas que cuando llegaron al poder no cumplieron. Tras esta primera toma de contacto, los diputados antillanos adquirieron conciencia de que la implantación de las reformas iba a ser un proceso más largo de lo que habían pensado en un principio y que tendrían que dotarse de un entramado organizativo que las sustentase58. En este sentido el partido necesitaba contar con unos mecanismos de propaganda estable, organizar un grupo parlamentario y definir la relación que debía guardar con otros partidos de la metrópoli59.
En el autonomismo, como hemos visto, primero fue el periódico, El Triunfo, y después el partido. En los estatutos del partido se señala que una de las obligaciones de los vocales es sostener económicamente al periódico, que, constituido como sociedad anónima, tiene entre sus principales accionistas y redactores a los líderes de la formación. Dotarse de un órgano de expresión propio era algo fundamental en la vida política de fines del XIX60. A su vez, los constantes mítines del partido y, sobre todo, las fiestas de conmemoración de su fundación, celebradas en la sociedad de recreo la Caridad del Cerro y en donde se hacía balance del año, eran mecanismos óptimos de socialización política y movilización de la opinión pública.
Trasladar el modelo descrito a la metrópoli era algo imposible: no se disponía de la capacidad financiera para ello y, además, la idea autonómica no gozaba de buena prensa. Es por ello que desde un principio sus sostenedores en Madrid, y en particular Labra, reclamaron de la Junta Central medios para mantener una
campaña de prensa. Había dos posibilidades y, las dos, se ensayaron. Por un lado conseguir introducir artículos que defendiesen las soluciones autonómicas en periódicos de Madrid. Era una solución muy difícil.
El diputado José Ramón Betancourt escribía:
«...los conservadores y los esclavistas son aquí de todos los periódicos y muy principalmente de La Época, El Imparcial y La Correspondencia de España, que tienen grandísima circulación [mientras que a los autonomistas] se nos mira como sospechosos [y] los directores de la prensa están acostumbrados a no admitir artículos..., sino por su precio en metálico, o por tabacos»61.
Rafael María de Labra pedía dinero a la Junta Central con el que financiar a la prensa republicana, la única que aceptaba la doctrina autonomista. A su vez el también diputado Gabriel Millet reclamaba cien pesos mensuales, para subvencionar dos o tres periódicos y crear falsas polémicas, pero que permitieran poner
la idea autonómica de relieve62.
La segunda posibilidad consistía en disponer de un órgano de expresión propio. En mayo de 1882 se creaba en Madrid La Tribuna, financiada con dinero antillano para defender, no sólo la autonomía colonial, sino todo el programa democrático republicano de la Revolución de 1868. Según Labra, el tener un
diario en Madrid dedicado en exclusiva al problema colonial, podría traer mas perjuicios que ventajas, y en última instancia, eran los sectores republicanos los únicos que apoyaban a los autonomitas63. La Tribuna tuvo una vida efímera, poco más de un año. Tiraba 3.000 ejemplares y se publicaba 26 veces al mes. Disponía una edición bisemanal para ultramar de 1.900. Consiguió entablar interesantes polémicas en la prensa, en especial con La Época, lo que acercó la doctrina autonómica al lector peninsular. Sin embargo y aunque los diputados antillanos estimaban que era una necesidad, La Tribuna cesó su publicación debido a
problemas políticos y financieros (tenía unos gastos mensuales de 8.900 ptas.).
Aunque desde la Revista de Cuba, publicación que dirigía el autonomista Cortina, se recordaba por esas mismas fechas un viejo texto de Saco reclamando un periódico cubano en Madrid, había muchos miembros en la Junta Central que no estaban de acuerdo en la férrea dirección de Labra, ni en comprometerse con
partidos republicanos64.
La organización del grupo parlamentario era otra de las preocupaciones del partido. Vertebrar las actividades con un océano por medio resultaba difícil. La Junta Central trataba en todo momento controlar la política del grupo en la metrópoli, pero ésta la dictaba Labra, político de oficio y buen conocedor de las entrañas del sistema, quien además, consciente de su importancia, exigía disciplina al grupo, no quería
representantes «que coman bizcochos y se llaman excelencias», sino gente enérgica, combativa y de arraigo en Cuba65. Al mismo tiempo, como líder de la minoría, reclamaba independencia de actuación para sí, llegando a distintos acuerdos de los que informaba directamente a la Junta Central, justificando su actitud por dirigir una minoría carente de medios y aislada66. Finalmente exigía mayor transparencia y comunicación entre La Habana y Madrid67.
Un último aspecto organizativo a tratar, polémico a lo largo de los veinte años de vida del partido, fue la relación del autonomismo con otros grupos políticos de la metrópoli68. Era la práctica política contra la pureza doctrinaria. Labra era consciente de la importancia de que el autonomismo se integrara en grupos republicanos y democráticos de la metrópoli, para ganar peso y facilitar la campaña. Sin embargo, desde La Habana, siempre se defendió que el partido era de carácter local y que sólo acudía al Parlamento a tratar problemas coloniales. Se consideraba que la defensa de la autonomía podría casar bien con cualquier partido peninsular y resultaba peligroso perder el crédito político a favor de los republicanos69. A pesar de las advertencias de Labra que calificaba el localismo como algo funesto y contrario a los intereses nacionales, el partido lo ratificó en la Junta Magna de abril de 1882. La única concesión que hizo fue aceptar que los diputados y senadores que a título particular lo considerasen conveniente, podrían unirse a grupos parlamentarios democráticos, siempre que éstos respetasen la doctrina autonómica70.
(Continuará)
Triunfo de Marcha por las Damas de Blanco en Miami.
Multitudinaria marcha la de ayer jueves 25 de marzo por la CALLE OCHE desde la 27 ave del SW hasta la 22 AVE de Miami. Según la policía hubo más de 100.000 personas sin que se produjera un incidente. Fue convocado por Gloria y Emilio Estefan en apoyo a las Damas de Blanco que tan valientemente han salido a protestar por la excarcelación de sus familiares presos de conciencia en las cárceles cubanas. Esas valientes mujeres que desfilan pacíficamente con flores en las manos y que son reprimidas por las turbas castristas.
(Foto cortesia de Manny Verdecia)

Había muchas personalidades, entre ellos el Dúo Pimpinela de la Argentina, Willy Chirino, Albita Rodríguez, Marielena Verena, Olga Guillot, María Laria, María Elvira, Pitbull, Carlos Alberto Montaner, en fin muchos y una representación de todo el exilio de Miami, sin que fuera convocado por ninguna organización política. Por supuesto Juanes no fue, aunque puso algo muy suave y entre líneas en Twiter, se ve que no quiere mancharse con el gobierno de Cuba. Shakira por su parte mandó un mensaje bonito. Era un acto pacifico, no político, por los derechos humanos. Había hermanos de otras comunidades como de Venezuela, Nicaragua, Honduras, etc. Al mismo tiempo de la marcha, las Damas de Blanco marchaban por el Malecón de La Habana y fueron reprimidas al llegar frente al Hotel Nacional. El exilio desfiló vestido de blanco y con flores como ellas.
Una vez mas el destierro cubano de Miami, da una muestra de solidaridad y de forma voluntaria respondió masivamente al llamamiento de los Estefan. Gracias Gloria y Emilio, y a todos los que participaron.
(En la foto se ve a Maria Elvira de espalda junto a Jose Camilo de La Mega TV.)
miércoles, 24 de marzo de 2010
Breve comentario de miércoles 24 de marzo del 2010. Por J.R.M.
Como siempre este Blog cada cierto tiempo me trae sorpresas, unas muy agradables y otras menos, pero todas son lecciones y me da pie para seguir adelante. Yo estoy consciente que no que tengo que caerle bien a todo el mundo, mis ideas no tienen por que coincidir siempre con la mayoría. Lo bonito es la diversidad, el saber ser tolerante y creo que es una de mis virtudes.
Como todos saben, hace poco tuve un ataque cibernético desde el Blog CubaDebate, algo que no hace honor a su nombre, pues no esta permitido el debate limpio, solo los que piensan mas o menos igual pueden publicar ahí. El artículo del Sr. Eliades Acosta Matos, donde me atacaba ferozmente por el simple hecho de no estar de acuerdo conmigo, fue reproducido íntegramente en el mío, sin embargo mi respuesta no la publicaron. En fin el objetivo es que me lean, me interpreten, que busquen en los archivos de Cuba hagan interpretaciones de la historia, no solo de los libros escritos cuando éramos colonia norteamericana o semicolonia y después que han servido como fuente de información para otros historiadores repitiendo lo mismo. Mi intención no es desprestigiar a nadie, solo el darle a los autonomistas el lugar que se merecen en la historia de Cuba y como alternativa futura para la isla, la continuidad de la Comunidad Autónoma de Cuba que nos fue arrebatada por parte de EEUU.
No quisiera convertir esto en algo partidista, pues en realidad los necesitamos a todos, de derecha, de centro, de izquierda. Esto no es un movimiento político, es más bien para crear conciencia y llegar a un plebiscito para ver si los cubanos quieren de nuevo pertenecer a España. Somos españoles y siempre lo hemos sido, aunque no estemos conscientes de ello, pero para eso hacen falta muchos debates, la idea debe difundirse por toda Cuba y ahí es donde los necesitamos a todos, o sea a los disidentes políticos dentro de Cuba, los opositores, los castristas, los derechistas, etc. Cada uno puede militar en el partido que desee y luchar por el.
Pienso que ser parte de España como comunidad autónoma es muy beneficioso para Cuba al igual que para esta, pero primero que todo debemos ir haciéndonos conciencia de que además de cubanos somos españoles, y abrazar la bandera española que ondeó en Cuba por mas de 400 años, desde antes de que naciera el primer criollo y llegaran los primeros africanos y para nada es extranjera. Al cubano siempre le ha gustado todo lo español, y sabemos que todos nuestros mulatos de todas las tonalidades llevan sangre española. En Cuba todos somos iguales y tan español es el negro como el blanco, y todos tendrían el derecho a poseer un pasaporte de la Unión Europea, que es todo un lujo y ayuda muchísimo al desarrollo de la nueva España con Cuba incluida. Ni de que hablar sobre el Euro, quien no quiere en Cuba que en vez de recibir su salario en pesos, se lo den en Euros?. Por lo demás la constitución española nos garantiza la democracia, estado de bienestar, la salud pública socializada, la igualdad, etc. Pero repito, hay que sentirse español, amar a España, respetar y amar al Rey (que hizo posible la democracia y es el balance) al igual que a la Familia Real, estudiar su historia que es la nuestra, pero han pasado muchas cosas después de que nos separamos y debemos conocerla, como ellos deben conocernos a nosotros, nuestra idiosincrasia, y nuestra historia. Hay que ser muy tolerantes de ambos lados, pues habrá un periodo de transición que lo requerirá. Los medios de difusión tendrán el papel principal, la Internet sin dudas también, pues en esa Cuba en transición, todos la tendrán al alcance y será la forma de difundir todas las cosas lo mas rápidamente.
Hay muchas organizaciones políticas tanto en el exilio cubano, como dentro de Cuba y no queremos que nos vean como una competencia. Somos un movimiento al que se puede pertenecer desde cualquier vertiente y militancia. Puedes ser de centro, de derecha o de izquierda, sin embargo simpatizar con la idea de que Cuba retome la Comunidad Autónoma que fue abortada por la invasión norteamericana en la guerra hispanoamericana y la pérdida de Cuba por parte de España. Sé que repito las mismas cosas, pero es muy importante que el mensaje se grabe.
Solo luchamos por un Plebiscito a ver que opina el pueblo cubano y después el español, y si el SI es por mayoría, lo llevamos a cabo, si triunfa el NO, pues no pasa nada, esa es la democracia. Cada cual permanece en el partido que desee, aunque sea parte del Movimiento por la Reunificación de Cuba a España, pues como he dicho en otras ocasiones, nosotros no tenemos ninguna intención de hacer política en una Cuba futura.
Una vez mas quiero recalcar, tenemos que comenzar a crear conciencia de que somos cubanos españoles, no importa el color de la piel, todos somos iguales, abrazar a España como a nuestra Cuba, abrir los brazos un poco mas e incluirla y amar los símbolos, el Himno de España que además es muy bello. Quizás el Himno Nacional de Cuba, debemos suprimirle la letra como se hizo con Himno de España, de todas formas, este solo va dirigido a los bayameses y no a todos los cubanos, y dejar su música, que puede ser el himno de la Comunidad Autónoma de Cuba. Todo no se puede cambiar, hay cosas que hay que respetarle.
La bandera de España debe volver a ondear en el castillo de los Tres Reyes del Morro de La Habana (como en los lugares publicos) como antaño, con el escudo español de Cuba con los tres castillos, también la de la Comunidad Europea, y la cubana, que aunque su pasado es obscuro, yo no soy nadie para decir que se cambie por una nueva.
He oído comentarios frívolos, como por ejemplo que eso no puede ocurrir, pues el deporte nacional de Cuba es el Béisbol y en España el Fútbol, les diré que en EEUU existen varios deportes nacionales y todos están al mismo nivel, por que nosotros no?
Recuerden que si queremos una Cuba verdaderamente democrática como lo es en España, tenemos que ser tolerantes y pensar que todos los cubanos de las diferentes vertientes políticas, tienen los mismos derechos a vivir en ella con respeto entre si.
Una Cuba española tiene que ser para todos y para el bien de todos.
Viva España con Cuba de vuelta! Haríamos historia, es algo nuevo, nunca antes visto, le daríamos una lección al mundo y quizás sea el preámbulo para algo más grande que ocurra en el mundo con otras naciones que quieran sumarse de nuevo.
Como todos saben, hace poco tuve un ataque cibernético desde el Blog CubaDebate, algo que no hace honor a su nombre, pues no esta permitido el debate limpio, solo los que piensan mas o menos igual pueden publicar ahí. El artículo del Sr. Eliades Acosta Matos, donde me atacaba ferozmente por el simple hecho de no estar de acuerdo conmigo, fue reproducido íntegramente en el mío, sin embargo mi respuesta no la publicaron. En fin el objetivo es que me lean, me interpreten, que busquen en los archivos de Cuba hagan interpretaciones de la historia, no solo de los libros escritos cuando éramos colonia norteamericana o semicolonia y después que han servido como fuente de información para otros historiadores repitiendo lo mismo. Mi intención no es desprestigiar a nadie, solo el darle a los autonomistas el lugar que se merecen en la historia de Cuba y como alternativa futura para la isla, la continuidad de la Comunidad Autónoma de Cuba que nos fue arrebatada por parte de EEUU.
No quisiera convertir esto en algo partidista, pues en realidad los necesitamos a todos, de derecha, de centro, de izquierda. Esto no es un movimiento político, es más bien para crear conciencia y llegar a un plebiscito para ver si los cubanos quieren de nuevo pertenecer a España. Somos españoles y siempre lo hemos sido, aunque no estemos conscientes de ello, pero para eso hacen falta muchos debates, la idea debe difundirse por toda Cuba y ahí es donde los necesitamos a todos, o sea a los disidentes políticos dentro de Cuba, los opositores, los castristas, los derechistas, etc. Cada uno puede militar en el partido que desee y luchar por el.
Pienso que ser parte de España como comunidad autónoma es muy beneficioso para Cuba al igual que para esta, pero primero que todo debemos ir haciéndonos conciencia de que además de cubanos somos españoles, y abrazar la bandera española que ondeó en Cuba por mas de 400 años, desde antes de que naciera el primer criollo y llegaran los primeros africanos y para nada es extranjera. Al cubano siempre le ha gustado todo lo español, y sabemos que todos nuestros mulatos de todas las tonalidades llevan sangre española. En Cuba todos somos iguales y tan español es el negro como el blanco, y todos tendrían el derecho a poseer un pasaporte de la Unión Europea, que es todo un lujo y ayuda muchísimo al desarrollo de la nueva España con Cuba incluida. Ni de que hablar sobre el Euro, quien no quiere en Cuba que en vez de recibir su salario en pesos, se lo den en Euros?. Por lo demás la constitución española nos garantiza la democracia, estado de bienestar, la salud pública socializada, la igualdad, etc. Pero repito, hay que sentirse español, amar a España, respetar y amar al Rey (que hizo posible la democracia y es el balance) al igual que a la Familia Real, estudiar su historia que es la nuestra, pero han pasado muchas cosas después de que nos separamos y debemos conocerla, como ellos deben conocernos a nosotros, nuestra idiosincrasia, y nuestra historia. Hay que ser muy tolerantes de ambos lados, pues habrá un periodo de transición que lo requerirá. Los medios de difusión tendrán el papel principal, la Internet sin dudas también, pues en esa Cuba en transición, todos la tendrán al alcance y será la forma de difundir todas las cosas lo mas rápidamente.
Hay muchas organizaciones políticas tanto en el exilio cubano, como dentro de Cuba y no queremos que nos vean como una competencia. Somos un movimiento al que se puede pertenecer desde cualquier vertiente y militancia. Puedes ser de centro, de derecha o de izquierda, sin embargo simpatizar con la idea de que Cuba retome la Comunidad Autónoma que fue abortada por la invasión norteamericana en la guerra hispanoamericana y la pérdida de Cuba por parte de España. Sé que repito las mismas cosas, pero es muy importante que el mensaje se grabe.
Solo luchamos por un Plebiscito a ver que opina el pueblo cubano y después el español, y si el SI es por mayoría, lo llevamos a cabo, si triunfa el NO, pues no pasa nada, esa es la democracia. Cada cual permanece en el partido que desee, aunque sea parte del Movimiento por la Reunificación de Cuba a España, pues como he dicho en otras ocasiones, nosotros no tenemos ninguna intención de hacer política en una Cuba futura.
Una vez mas quiero recalcar, tenemos que comenzar a crear conciencia de que somos cubanos españoles, no importa el color de la piel, todos somos iguales, abrazar a España como a nuestra Cuba, abrir los brazos un poco mas e incluirla y amar los símbolos, el Himno de España que además es muy bello. Quizás el Himno Nacional de Cuba, debemos suprimirle la letra como se hizo con Himno de España, de todas formas, este solo va dirigido a los bayameses y no a todos los cubanos, y dejar su música, que puede ser el himno de la Comunidad Autónoma de Cuba. Todo no se puede cambiar, hay cosas que hay que respetarle.
La bandera de España debe volver a ondear en el castillo de los Tres Reyes del Morro de La Habana (como en los lugares publicos) como antaño, con el escudo español de Cuba con los tres castillos, también la de la Comunidad Europea, y la cubana, que aunque su pasado es obscuro, yo no soy nadie para decir que se cambie por una nueva.
He oído comentarios frívolos, como por ejemplo que eso no puede ocurrir, pues el deporte nacional de Cuba es el Béisbol y en España el Fútbol, les diré que en EEUU existen varios deportes nacionales y todos están al mismo nivel, por que nosotros no?
Recuerden que si queremos una Cuba verdaderamente democrática como lo es en España, tenemos que ser tolerantes y pensar que todos los cubanos de las diferentes vertientes políticas, tienen los mismos derechos a vivir en ella con respeto entre si.
Una Cuba española tiene que ser para todos y para el bien de todos.
Viva España con Cuba de vuelta! Haríamos historia, es algo nuevo, nunca antes visto, le daríamos una lección al mundo y quizás sea el preámbulo para algo más grande que ocurra en el mundo con otras naciones que quieran sumarse de nuevo.
Cuba como Autonomía Española y Las Cumbres Iberoamericanas. Carta de Justino Renée Morales.
Teniendo en cuenta que en la década de los 90s España tuvo la intención de ganar importancia política y diplomática en Las Américas, con la Creación de las Cumbres Iberoamericanas, no sería descabellada la idea, de que con una Cuba incorporada a España y a La Unión Europea, la posición Ibérica en la America hispano portuguesa, representaría de gran importancia, por lo que en la práctica beneficiaría mucho a España la idea de incorporar La Llave de América a la nueva metrópoli.
Cuando Las Cumbres Iberoamericanas se comenzaron a gestar, en 1991, Auspiciada por España y promovida por el entonces presidente español Felipe González y apoyada por Salinas de Gortari presidente de México por esos tiempos. La idea era crear una organización de corte diplomático, con una estructura similar a Commonwealth inglesa.
España ya formaba parte del primer mundo y había creado una democracia acorde al actual mundo occidental y como deseaba ocupar un lugar preponderante en la diplomacia planetaria, porque en realidad ya existen dos conglomeraciones de este corte en la actualidad, el de Gran Bretaña y el de los franceses, no era de mala idea, formar un tercero en el que incluía a Portugal y Brasil, de formación hispano portugués y aparecer ante el resto del planeta como metrópoli de poderío, haciéndola importante en el marco de la Comunidad Europea y Los Estados Unidos.
Para una Cuba sin los Castro, los problemas reales para un futuro democrático, serían la pobreza, la estabilidad gubernamental, la corrupción política, la creciente delincuencia, el existente narcotráfico del continente y la fragilidad de una democracia y todo esto, formando parte de España y Europa, ayudaría a contener estos males.
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