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miércoles, 17 de marzo de 2010

La guerra de Martí y sus consecuencias

Articulo extraido del Blog cubaencuentro.Opinión

 (Foto Estatua de Martí en el Protestódromo de La Habana, frente a la Oficina de Intereses)

¿Fueron los autonomistas los patriotas cubanos más consecuentes del siglo XIX? Con el propósito de ganar la guerra, ¿entregaron los independentistas el país a Estados Unidos sin garantías? Un análisis desacralizador que generará, sin dudas, una saludable polémica.

Rafael E. Tarragó, Minnesota

15/03/2010
 
La historiografía cubana hasta hoy día es en parte una justificación del separatismo de España y de todas las acciones de los dirigentes separatistas. En esta tradición apologética se calla mucho y se interpreta más. Por ejemplo, la creencia de que el separatismo en 1895 y en 1898 tenía mucho apoyo entre la población adulta en Cuba es debatible. En febrero de 1895, no había mucho interés en la población de la Isla por una revuelta contra el gobierno de Madrid porque se acababa de votar en las Cortes reformas que eran vistas como el principio de mayores libertades políticas y económicas para Cuba. La prueba de mi afirmación está en el hecho de que con la excepción de la región oriental, la rebelión decretada por José Martí a principios de ese año desde Estados Unidos no encontró muchos seguidores, y esto aun cuando no había en Cuba los cientos de miles de soldados españoles que llegaron luego con los generales Martínez Campos y Weyler (1). Según un proverbio, muchas verdades se dicen en broma, y el generalísimo Máximo Gómez, al entrar en La Habana después de la rendición del gobierno español a Estados Unidos, dijo que si todos los que habían salido a aclamarlo hubieran estado por la independencia de España en sus comienzos, la guerra separatista se hubiera acabado muy pronto. La historiografía cubana habla mucho de los crímenes de los “españoles” (en realidad, las tropas gubernamentales o realistas, porque entre ellos había muchos nacidos en Cuba) y oculta las muertes, los incendios, los saqueos y las violaciones cometidos por los cubanos separatistas. La desinformación ha llegado al extremo de que en un reciente libro sobre la nacionalidad cubana se ilustra el incendio de ciudades cubanas por “los españoles” con una fotografía de las ruinas de Victoria de las Tunas en 1898, una ciudad que fue saqueada y quemada por las fuerzas del general separatista Calixto García en 1897 (2). En su crónica de las campañas de Calixto García en el oriente de Cuba (la región donde hubo mayor apoyo inicial por la revolución), Aníbal Escalante describe luchas de casa en casa durante la toma y saqueo de la ciudad de Victoria de la Tunas en 1897 y del poblado de Guisa en 1898, cuyos habitantes se defendieron a muerte contra sus supuestos libertadores (3). Nada es tan fácil de demostrar como que lo que pasó tenía que pasar y este tipo de hacer historia tiende a ser bien recibido, porque confirma la creencia común y halaga a los descendientes de los vencedores y sus colaboradores.

Tal parece que la situación en Cuba a finales del siglo pasado correspondía en realidad al comentario de un reportero del New York Times que, en 1894, escribió que la mayoría de los cubanos quería la libertad, pero por medios políticos no violentos, más que mediante la gesta heroica que nos pinta la historiografía cubana (4). Es cierto que la incapacidad del general Arsenio Martínez Campos en 1895 para detener la invasión del occidente de Cuba por los insurrectos bajo el mando de los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo entusiasmó a muchos cubanos con la insurrección. Y también es cierto que la represión que siguió a la llegada del General Weyler como gobernador general en febrero de 1896 sin la implementación de las reformas votadas en Cortes el año anterior desilusionó a muchos más; hubo quienes se fueron a Europa o se unieron a la revolución en Estados Unidos. Pero el sentido común sugiere que una mayoría de la población en Cuba no podía estar a favor de la revolución cuando ni una sola ciudad cayó permanentemente en poder de los insurrectos entre febrero de 1895 y abril de 1898, cuando las fuerzas realistas abandonaron Bayamo al comienzo de la guerra con Estados Unidos (5).

Es innegable que los excesos cometidos por las fuerzas realistas (españoles y cubanos) durante el gobierno del general Weyler (de febrero de 1896 a octubre de 1897) y la reconcentración de los campesinos decretada por éste crearon resentimientos inolvidables en todos aquellos que sufrieron a causa de ellos (6). Pero la política de sangre y fuego y la ley condenando a la ejecución inmediata a todo militante en las fuerzas del gobierno nacido en Cuba implementadas por los insurrectos desde antes de la llegada de Weyler a Cuba había creado oposición a la independencia de Cuba entre todos aquellos cuyas fincas y poblados destruyeron o tenían parientes en las fuerzas realistas (7). Desmanes como la destrucción de las fincas en la región de Holguín-Gibara y el incendio de Velasco en 1896 por las fuerzas de Calixto García produjeron actos de resistencia civil, como la defensa por sus habitantes de Guisa contra el Ejército Libertador.

Cuando la Reina Regente de España le concedió la autonomía a Cuba y Puerto Rico en nombre de su hijo el rey niño Alfonso XIII, los insurrectos en Cuba no la aceptaron, pero la mayoría de la población civil en Cuba si la aceptó (8). No mentía el presidente del gobierno autonómico cubano, José María de Gálvez, cuando en abril de 1898 decía en un telegrama al presidente de Estados Unidos, William McKinley, que si había cubanos levantados en armas, la mayoría de los habitantes de Cuba aceptaba la autonomía y estaba resuelta a trabajar bajo esa forma de gobierno para restablecer la paz y la prosperidad del país. Con más credibilidad por ser un adversario, el oficial separatista cubano Enrique Collazo escribió en su libro Los americanos en Cuba (1905) que el gobierno autonómico fue beneficioso para Cuba y los cubanos y que para realizar la obra que emprendió le faltó tiempo y apoyo (9). A pesar de la promesa del presidente de Estados Unidos en el otoño de 1897 de que no intervendría en Cuba si España le concedía la autonomía a la Isla, seis meses más tarde su representante en Madrid le ofrecía al gobierno español US$300 millones por la Isla, añadiendo que su gobierno se negaba a reconocer la existencia del gobierno autonómico cubano (10). En realidad, ese presidente de Estados Unidos nunca apoyó la autonomía cubana a pesar de haberla pedido, y al hacerle la guerra a España y arrebatarle sus dominios en América, Asia y Oceanía, incluyendo a Cuba, no le dio tiempo al gobierno autonómico cubano para consolidarse. El autonomismo cubano no fracasó, pero la derrota de España por Estados Unidos lo hizo irrelevante.

La política del gobierno español en Cuba entre 1878 y 1898 no es digna de alabanza. Creo que el gobierno español debió haber cumplido cabalmente los términos del pacto de 1878 en El Zanjón entre el general Martínez Campos y los cubanos separatistas, tratando a Cuba como una provincia y a los cubanos como a españoles (en vez de implementar leyes electorales que, favoreciendo a los españoles europeos, viciaron la vida política cubana), y abriendo los mercados de la península a los productos cubanos. No creo que el gobierno de la Restauración podía darse el lujo de concederle a Cuba la autonomía, porque esto hubiera sido un precedente explotado por gallegos, vascos y catalanes e inaceptable para el ejército centralista, pero fue un crimen político del gobierno del conservador Antonio Cánovas del Castillo no implementar en Cuba las reformas descentralizantes de febrero de 1895 (llamadas Ley Abarzuza por haber sido votadas por el parlamento siendo ministro de Ultramar el cubano Buenaventura Abarzuza) con el pretexto de que había estallado una rebelión en la Isla y que se implementarían cuando ésta terminase. Las depredaciones de los insurrectos durante la invasión del occidente de Cuba reclamaban un gobernador general que fuera estratega militar dispuesto a responder al hierro con el hierro, pero también este gobernador debía no intervenir en la política insular (como sabiamente había hecho el general Emilio Calleja entre 1893 y 1895) y debía también tratar a los cubanos como los ciudadanos españoles que eran (11). Conocidos y exagerados son los abusos y la represión en Cuba durante los dos años del gobierno del general Weyler y considero responsable por estos a Antonio Cánovas del Castillo por enviarle a Cuba con una misión de represión que éste se limitó a implementar. Sin embargo, no es cierta la creencia tan difundida de que el gobierno español no hizo otra reforma en Cuba entre 1878 y 1898 que el conceder a los cubanos representación en el parlamento de Madrid.

Entre 1878 y 1898, el gobierno español concedió importantes reformas sociales, políticas y económicas a Cuba. Además de la representación parlamentaria en 1878, la implementación en 1880 de la constitución española de 1876, y la libertad de expresión (ratificada en 1891 por una decisión legal importante) (12), el gobierno español abolió la esclavitud totalmente en 1886 y entre 1880 y 1898 desmontó el entramado de leyes limitando los derechos civiles de africanos y afrocubanos en Cuba, quienes pasaron a ser de ciudadanos de segunda clase a ciudadanos españoles con plenos derechos civiles (13). Del sufragio universal masculino concedido a los cubanos en 1897 dice la historiadora Rebecca Scott: “aunque la guerra hizo nulo el efecto inmediato de esos tardíos derechos electorales, la creación de listas electorales sin referencia a la raza de los electores estableció un precedente para tiempos posteriores” (14).

En lo económico fue donde el gobierno español se mostró más reacio a favorecer los intereses de la nación cubana dentro de la monarquía española, pero con el Tratado Foster-Cánovas con Estados Unidos en 1891, los harineros castellanos perdieron el monopolio que habían tenido en el mercado cubano, y el decreto de autonomía de 1897 le concedió al gobierno autonómico cubano el derecho a preparar el presupuesto de la Isla y a establecer contratos comerciales con otras naciones. Cuando tuvieron lugar disturbios en La Habana a principios de enero de 1898 (según el diputado cubano Rafael María de Labra, a instigación del cónsul angloamericano en La Habana, Fitzhugh Lee) se vinieron abajo las negociaciones del gobierno español y el gobierno autonómico cubano con un banco francés para la renegociación de la deuda de Cuba (15). Este hecho demuestra cuan lejos había llegado el gobierno español en su política descentralizante en Cuba después del asesinato del dirigente conservador Antonio Cánovas del Castillo en agosto de 1897 por un anarquista italiano instigado por un agente de los separatistas cubanos en Europa (16).

Leyendo el diario de campaña del general Máximo Gómez se comprende que la causa separatista estaba perdida a fines de 1897 en el occidente de Cuba (17). La situación que Aníbal Escalante describe en su crónica de las campañas del general Calixto García en el oriente de Cuba a principios de 1898 no es una que sugiera la toma de posesión inmediata de esa región por los insurrectos ni la adhesión general de la población de esa región a la causa separatista (18). El gran número de insurrectos que desertaron y se presentaron a las autoridades después del decreto de amnistía que siguió a la concesión de la autonomía en octubre de 1897 hace pensar que la autonomía no llegó demasiado tarde para triunfar por su propio peso. En una carta de 1º de mayo de 1898, el general Calixto García le dice al vicepresidente de la República de Cuba en Armas, Dr. Menéndez Capote: “tenemos enfrente nuestro un gobierno de cubanos que están con España con sus cámaras constituidas y que quitándole . . . estar con España y . . . tener un senado poco liberal . . . resultaría mucho mejor que lo nuestro pues casi no tenemos nada” (19).

Es cierto que la negativa del gobierno español entre 1878 y 1893 a tratar a los cubanos como ciudadanos con plenos derechos, las leyes electorales en Cuba favorables a los peninsulares, la política económica anterior al Tratado Foster-Cánovas de 1891, y la deuda de Cuba (una ficción legal usada para cargarle al tesoro de Cuba deudas del Estado español por guerras en México, Perú y España, además de reclamaciones por pérdidas durante la guerra separatista en Cuba de 1868 a 1878) causaban desafecto en Cuba (20). Pero después de la atención prestada en Madrid a los asuntos de Cuba en 1893 por Antonio Maura, ministro de Ultramar, y de la política imparcial en Cuba implementada durante el gobierno del general Calleja, la opinión pública en Cuba se mostraba más inclinada a la evolución política que a la revolución.

El Partido Liberal Autonomista, formado en Cuba en 1878 como un grupo de élites por reformistas y recientes separatistas, se había convertido hacia 1894 en un partido de masas. Eran los autonomistas hombres de ideales, en su mayoría académicos y profesionales, aunque también formaron parte de la directiva del partido financieros y hacendados. No era un partido personalista ni el partido de la sacarocracia, como han hecho creer los apologistas del separatismo, sino el partido de todos los cubanos, como dijeron los afrocubanos Juan Gualberto Gómez y Martín Morúa Delgado (21). Entonces y ahora se habla de los autonomistas en plural y los nombres de las personalidades dentro del partido son casi desconocidos.

Los cubanos autonomistas eran nacionalistas dentro de la monarquía española –como los gallegos, los vascos y los catalanes– y por eso querían una Cuba autónoma del Estado español sin una revolución que provocase la intervención de Estados Unidos en la Isla y la subsecuente absorción de la nacionalidad cubana por los angloamericanos –como había pasado con la mexicana en Texas, Nuevo México y California–. Se oponían a la revolución porque eran civilistas que temían la militarización de la sociedad cubana y el caudillismo militar y porque creían en la paz necesaria para el desarrollo de un Estado de derecho moderno. Es probable que muchos de ellos desearan la independencia de Cuba después de su conversión en provincia autónoma de España, y la adquisición de experiencia e instituciones que caracterizan a un estado moderno –una burocracia administrativa autóctona competente y una marina mercante propia (la experiencia del Canadá, Australia y Nueva Zelandia) (22) –. Además de temer una guerra racial en Cuba si había una revolución, dudaban de que esta triunfara, porque sabían que de cada cinco hombres adultos en Cuba dos eran peninsulares anti-separatistas.

Aquellos cubanos que no aceptaron la Paz del Zanjón que dio fin a la guerra de independencia de 1868 a 1878, abandonaron la Isla y muchos de ellos se establecieron en Estados Unidos. Hacia 1890, algunos de esos cubanos se habían integrado en la sociedad angloamericana, pero no abandonaban sus deseos de intervenir en Cuba y promovían la anexión de la Isla a Estados Unidos, para poder ser angloamericanos sin dejar de ser cubanos. En la legislatura del Estado de la Florida, fueron cubanos los que apoyaron en 1894 a Wilkinson Call, senador en el Congreso de Estados Unidos por ese estado, para que propusiese en Washington la compra de Cuba (23). Sin embargo, la mayoría de los cubanos en Estados Unidos se unió al Partido Revolucionario Cubano, fundado en 1892 por Martí, y favorecía el ideal martiano de Cuba Libre –una utopía de la nación, hermosa como ideal, pero más enunciativa que realizable.

Después de la formación del Partido Revolucionario Cubano en 1892, José Martí adoptó una retórica inclusivista y populista que prometía una Cuba con todos y para el bien de todos, pero no decía cómo Cuba iba a mantenerse independiente, cómo se administraría su economía para que todos tuviesen algo, ni cómo iba a ser su estructura política. El Partido Revolucionario Cubano no fue un partido formado por un grupos de individuos con ideas afines y peso conmensurable, como el Partido Liberal Autonomista, sino un grupo con el ideal común de expulsar a España de Cuba, pero formado por un individuo de personalidad carismática que a todos le decía lo que querían oír, y dividido en células de conspiradores. Fue una organización política semejante a una dictadura civil, según lo caracterizara un publicista cubano radicado en Nueva York, Enrique Trujillo (24). Había muchos obreros, hombres del “demos”, y por eso puede decirse que era democrático, pero en él las decisiones las tomaba un solo hombre, el Delegado. En realidad, era el partido de Martí. Decir esto no es negar que en el Partido Revolucionario Cubano se tomaba en cuenta la opinión de todos sus miembros, sino, como dice Enrique Collazo, que “Martí lo era todo” (25). Como el Partido Revolucionario Cubano era personalista, los hombres alrededor de la persona de José Martí eran los más influyentes. Cuando Martí se fue a hacer la guerra en Cuba en 1895 dejó a cargo de la dirección del Partido en Nueva York a un hombre de su confianza, Tomás Estrada Palma, y a su joven amigo Gonzalo de Quesada.

Martí quería la independencia de Cuba; era inevitable que considerara el uso de la fuerza como algo necesario. Pero, además, se identificaba con Simón Bolívar y sentía una fascinación romántica por lo bélico. Varias veces escribió que una guerra purificaría a Cuba y siempre reaccionó violentamente contra aquellos que le prevenían de que otra insurrección en Cuba fomentaría el militarismo y el caudillismo entre los dirigentes de la revolución y le daría una excusa a Estados Unidos para intervenir en Cuba (26). Como no era dirigente militar y además era poco conocido en Cuba, José Martí invitó a entrar en el Partido Revolucionario Cubano a Máximo Gómez y Antonio Maceo, los dirigentes militares de la guerra separatista de 1868 a 1878, quienes aceptaron entrar en 1894, a pesar de que había roto con ellos diez años antes, cuando dirigían una conspiración en Nueva York (27). Ya a principios de 1895, Martí se quejaba del general Máximo Gómez desde la República Dominicana, donde los dos preparaban su partida juntos para Cuba (28). En la primera reunión en territorio cubano de José Martí con los dos generales, en el ingenio La Mejorana, el 5 de mayo de 1895, Maceo le dio a entender que no dejaría que controlara la política militar de la rebelión (29).

José Martí se mantenía en contacto con separatistas en Cuba, como Juan Gualberto Gómez, con quienes formó células del Partido Revolucionario Cubano en la Isla (30). También se mantenía en contacto con cubanos que visitaban la Florida, como el bandido Manuel García, renombrado por su secuestro y demanda de rescate del hacendado Antonio Fernández de Castro en 1894. En su libro Lawless Liberators, Rosalie Schwartz analiza profundamente las consecuencias de esos contactos de José Martí con bandidos cubanos para promover la guerra que creía necesaria en Cuba (31). Martí buscó asistencia para su proyecto revolucionario en las repúblicas hispanoamericanas y en 1894 se entrevistó con el dictador mexicano Porfirio Díaz para que le ayudase a liberar a Cuba de España (32). Esta entrevista la obtuvo Martí por medio de su amigo Manuel Mercado, quien fue ministro en uno de los gabinetes del dictador Díaz.

José Martí salió de Cuba en 1871, a los 17 años, y cuando regresó a ella en 1878, solamente vivió allí unos meses, antes de volver a salir deportado por conspirar. No es posible que conociera tan bien a Cuba y a los cubanos como mucha gente cree. Su concepto de Cuba Libre estaba basado en un proyecto racional de lo que Cuba y los cubanos debían ser, más que en la realidad de Cuba y los cubanos. A pesar de su carisma, los elementos dispares que se unieron en su Partido Revolucionario Cubano preservaron su naturaleza original y más bien pretendieron ser convencidos por su prédica para, una vez que se llevara la guerra a Cuba, promover allí cada cual sus proyectos originales (como el general Máximo Gómez con el militarismo y Tomás Estrada Palma con el anexionismo) (33). Nunca sabremos si Martí hubiera podido controlar las cosas en Cuba como lo hizo en Estados Unidos entre 1892 y 1895, pero el hecho es que después de su muerte, el 19 de mayo de 1895, Tomás Estrada Palma comenzó a promover la asistencia de Estados Unidos a Cuba en términos peligrosos para la futura independencia de la Isla, y, en Cuba, los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo implementaron una guerra a muerte y una estrategia de sangre y fuego diametralmente opuesta a la guerra civilizada promulgada por él en su Manifiesto de Montecristi de marzo de 1895. Como el aprendiz de brujo en el poema de Goethe, José Martí puso en movimiento elementos que llevarían a resultados diferentes de los que se proponía, pero no se puede negar que con su carisma revivió el separatismo cubano, que su habilidad para recaudar fondos fue memorable, y que sus dotes organizativas fueron suficientes para preparar una fuerza expedicionaria contra la Cuba española que, de no haber sido descubierta y dispersada por las autoridades de Estados Unidos en 1894, quizá hubiera hecho breve la guerra que creyó necesaria para Cuba.

Desafortunadamente para los planes de una guerra breve de Martí, cuando le envió la orden de alzamiento en Cuba a Juan Gualberto Gómez, a principios de 1895, el Partido Revolucionario Cubano apenas tenía los fondos necesarios para llevar a Cuba dos expediciones: una dirigida por el general Maceo desde Costa Rica y otra desde Haití dirigida por él y el general Gómez. A pesar de las aportaciones monetarias de cubanos y angloamericanos al Partido Revolucionario Cubano y del impuesto revolucionario que pagaban los hacendados y dueños de ingenios ansiosos por evitar la destrucción de sus propiedades por los cubanos insurrectos, a los tres años de la guerra comenzada por Martí ésta continuaba y lo más probable es que una paz como la del Zanjón en 1878 hubiera tenido lugar (34). Pero, como dice Enrique Collazo en su libro Los americanos en Cuba, las negociaciones directas con España no se iniciaron (cosa que tal vez hubiera convenido a los cubanos) por el error y el poco acierto del gobierno civil de la República de Cuba en Armas y de los generales insurrectos Máximo Gómez y Calixto García, quienes prefirieron los términos dudosos y vagos sobre la independencia de Cuba sugeridos más que prometidos por el gobierno de Estados Unidos y el capricho de su presidente a los seguros de la autonomía concedida por España como base para la futura independencia de Cuba (35).

No tiene sentido en el contexto histórico decir que los cubanos autonomistas le hicieron el juego a España aceptando formar un gobierno autonómico cubano que evitara la intervención de Estados Unidos en Cuba. Hoy sabemos que Estados Unidos quería intervenir en Cuba. Pero en el otoño de 1897, el gobierno del presidente McKinley pedía que se le concediese la autonomía a Cuba en términos tan aparentemente sinceros, que hubieran hecho pensar al más sospechoso de los instintos absorbentes de la raza anglosajona que eso era todo lo que Estados Unidos quería para Cuba. Ni José Martí ni el general Antonio Maceo querían una intervención armada de Estados Unidos en Cuba y siendo esto conocido era posible pensar que los otros cubanos separatistas harían todo lo posible por evitar la intervención. Aunque Martí y Maceo habían muerto para 1898, los cubanos autonomistas nunca pensaron que las prevenciones de estos contra la intervención angloamericana serían desoídas por el delegado del gobierno de la República de Cuba en Armas en Estados Unidos, Tomás Estrada Palma, por Máximo Gómez, por Calixto García (quien se declaró en abril de 1898 dispuesto a cooperar incondicionalmente con una invasión angloamericana) y por el gobierno de la República de Cuba en Armas (que prefirió la invasión angloamericana sin garantías a negociar con el gobierno español y con los cubanos autonomistas). Los cubanos autonomistas no le hicieron el juego a España, sino que aprovecharon de su debilidad para obtener lo que llevaban casi veinte años pidiendo y su plan hubiera sido exitoso de no intervenir Estados Unidos en Cuba con el beneplácito y la cooperación de los separatistas.

En el otoño de 1897, los dados no estaban echados a favor de nadie en particular en Cuba, porque a pesar de su ambición, los americanos eran cautelosos. Cuando el gobierno español concedió la autonomía a Cuba y Puerto Rico en noviembre de 1897, el gobierno del presidente McKinley tenía en cuenta diversas posibilidades: 1) si los cubanos separatistas alzados en la Isla aceptaban la autonomía y pactaban con el gobierno español; 2) cuál sería la reacción de los cubanos separatistas a la sugerencia hecha por sus intermediarios de una posible intervención armada de Estados Unidos en Cuba sin reconocer ni al gobierno civil de la República de Cuba en Armas ni la beligerancia del Ejército Libertador Cubano, y 3) cuál sería la reacción de las potencias europeas a una guerra de Estados Unidos con España. Dentro de este contexto histórico los cubanos separatistas le hicieron el juego a Estados Unidos, legitimando su guerra con España y su conquista de las Filipinas, Guam y Puerto Rico, sin obtener nada concreto a cambio. Tomás Estrada Palma gastó miles de dólares sobornando a congresistas estadounidenses para que promovieran la intervención angloamericana en Cuba y lo más que consiguió a favor de la independencia de la Isla fueron los términos ambiguos e indirectos de la Enmienda Teller a la Resolución Conjunta del Congreso de Estados Unidos de abril de 1898, donde claramente se proclamaba el derecho de Estados Unidos a intervenir en Cuba y solamente se hablaba vagamente del derecho de los cubanos a su independencia en un futuro indeterminado.

Durante la guerra de independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica entre 1776 y 1783, que luego formaron los Estados Unidos de América, éstas buscaron la alianza de Francia, España y los Países Bajos contra Inglaterra. Nunca se les ocurrió a los patriotas angloamericanos pedir su independencia a esas naciones, porque esto le correspondía solamente a Inglaterra, de quien dependían. Los cubanos separatistas en 1898 se declararon dependientes de Estados Unidos al aceptar como base para su independencia una resolución del Congreso de esta nación. Mostraron poca independencia de ánimo al aceptar la promesa de la independencia de Cuba de una nación de la cual no dependían. A no ser que los dirigentes separatistas buscaran la futura anexión de Cuba a Estados Unidos, sus acciones en 1898 dejaban mucho que desear y todavía hoy dan mucho que pensar (36). En el contexto histórico, los cubanos autonomistas parecen más nacionalistas y con mayor independencia de ánimo (37). Si bien es posible que el gobierno del liberal Práxedes Mateo Sagasta no hubiera concedido la autonomía a Cuba en 1897 sin la presión de Estados Unidos, también es cierto que los cubanos autonomistas no tenían deuda política con los angloamericanos porque nunca les pidieron nada. Al menos teóricamente, los cubanos le debieron su autonomía solamente a España y a su propio esfuerzo. Uno de los primeros pasos del gobierno autonómico cubano fue negociar un préstamo con bancos europeos, un acto de independencia económica hacia España y hacia Estados Unidos. Durante su breve existencia, ese gobierno usó su prerrogativa de iniciar convenios comerciales proponiéndole acuerdos de reciprocidad a Francia y a Estados Unidos (38).

Hasta cierto punto, es comprensible que los cubanos separatistas después de sufrir la represión del gobierno del general Weyler durante dos años, y temerosos de que España repitiese los equívocos que siguieron al pacto de El Zanjón, prefiriesen los términos dudosos de la intervención angloamericana a un pacto con España. Una vez que los angloamericanos intervinieron en Cuba tras conocer que los insurgentes no se opondrían a su intervención, y legitimada ésta con su cooperación, lo incomprensible es que los cubanos separatistas pelearan entre ellos haciéndole un doble juego a los angloamericanos, esta vez un bando separatista contra el otro –el gobierno civil contra García por abandonar el frente de Santiago sin su permiso; Máximo Gómez desbandando el Ejército Libertador contra la voluntad del gobierno civil, el cual le condenó como traidor por ese desacato, y, finalmente, García volviéndose a amigar con los angloamericanos a quienes había acusado de humillarlo para contrariar al gobierno civil (39).

Los dirigentes separatistas cometieron un gran error táctico al no pactar con el gobierno de una España débil cuando estaba dispuesta a todo menos a la independencia “de jure”, pero ya había dado con la autonomía la independencia “de facto” a Cuba. La importancia de la autonomía implementada en 1898 en Cuba la reconoció el ministro de Estados Unidos en Madrid, Stewart L. Woodford, cuando al ser rechazada la oferta de US$300 millones que le hizo al ministro español Moret a nombre del presidente McKinley, le dijo al español que que más le daba a España conceder Cuba a Estados Unidos por US$300 millones que mantener su soberanía sobre ella con autonomía, porque al concederle a Cuba la autonomía había hecho de ésta una nación (40). Haciendo lo que hicieron, los cubanos separatistas previnieron la independencia de Cuba “de facto” por muchos años, porque la República de Cuba que Estados Unidos permitió en 1902 era un protectorado y no una nación-Estado independiente. Estados Unidos no hubieran ido a la guerra con España si los separatistas se hubieran opuesto a su intervención en Cuba. Indudablemente los cubanos estaban perdiendo la guerra con Espana a principios de 1898 y, como dicen Gómez, en su Diario de Campaña, y Aníbal Escalante en su crónica de las campañas de Calixto García, vieron en la intervención angloamericana una ayuda inesperada, porque si estaban ganando, como dicen el historiador Louis A. Perez, Jr. y otros de esa escuela, su colaboración con los angloamericanos fue una estupidez imperdonable (41).

Se ha hecho común en las últimas décadas echarle la culpa a España de que Estados Unidos se haya apoderado de Cuba en 1898. El argumento es que en las negociaciones de paz entre España y Estados Unidos el gobierno español le propuso a Estados Unidos la soberanía en Cuba y pidió a cambio la devolución de Puerto Rico y Filipinas. Estados Unidos se negó a aceptar la soberanía en Cuba “de jure” para evitar responsabilizarse por la deuda de Cuba (US$400 millones) y, al finalizar las negociaciones y firmarse el Tratado de París (entre cuyos firmantes el único cubano fue Buenaventura Abarzuza), Cuba quedó en un limbo legal, pero no por ello menos ocupada por las fuerzas armadas de Estados Unidos. Cuba cayó en manos de los angloamericanos desde el momento en que el General Toral rindió la ciudad de Santiago de Cuba al general Shafter. Si en las negociaciones de París España hizo alguna oferta, ésta fue de puro juego diplomático para recuperar algo de sus vencedores. Esos son los hechos. La verdad es que resulta difícil comprender a los que se irritan y condenan al gobierno español humillado por el resultado de las gestiones de los cubanos separatistas, porque no abogó por los intereses de éstos en negociaciones en las cuales sus supuestos aliados angloamericanos prefirieron no incluirlos. Habiendo recibido la oferta de compra de Cuba en marzo de 1898, antes de que un solo soldado angloamericano pisara suelo cubano, es comprensible que el gobierno español le dijese a los delegados del gobierno norteamericano en París que se quedasen con Cuba y se hicieran responsables de su deuda, pero que devolvieran Puerto Rico y las Filipinas, cuando Cuba estaba ocupada por ejércitos de mar y tierra angloamericanos. Si hubo responsable de la ocupación de Cuba por Estados Unidos en 1898, además de la fuerza de las armas de esta nación, ésta fue la cúpula separatista cubana por negarse a hacer nada para evitar la intervención y, cuando ésta tuvo lugar, aceptarla y apoyarla. Debieron tener en cuenta lo que el general Maceo escribió al Coronel Federico Pérez Carbó el 14 de julio de 1896: “mejor es subir o caer sin ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso” (42).

Quizás este análisis de la historia de Cuba entre 1895 y 1898 será más útil que la historia oficial de buenos y malos, de héroes y verdugos y de herencias justificantes, para evitar la repetición de errores del pasado. El reconocer que en febrero de 1895 la mayor parte de la población en Cuba no quería la independencia de España (aunque sí quería más autogestión política y libertad económica para ganarse la vida), muestra que, si lo que quería era mantener la unión de Cuba con España, fue innecesaria y contraproducente la negativa del ministro español Antonio Cánovas del Castillo a implementar la descentralización en Cuba concedida por la Ley Abarzuza (43). El reconocer que la táctica de sangre y fuego durante la Invasión de Occidente por los insurgentes cubanos bajo la dirección de los generales Gómez y Maceo (como decía su himno: “porque Cuba se acaba o redime, incendiada de un fin a otro fin”) dio comienzo a la escalada de la violencia en Cuba que llevó a la táctica de la reconcentración de Valeriano Weyler en 1896 y 1897, con sus conocidos efectos genocidas –no intencionales, ya que murieron víctimas de ésta muchos pacíficos españoles (44) –, creo que muestra que es la paz y no la guerra lo necesario para fundar un Estado de derecho moderno. La idealización de la guerra como purificadora de la sociedad cubana, cuando España comenzaba a hacer concesiones en Cuba, y la negativa del gobierno de Cánovas a implementar las reformas que acababa de conceder el parlamento español hasta no verlos derrotados, causaron la guerra entre primos (angloamericanos como el periodista Murat Halstead, intervencionista y autor de Full Official History of the War with Spain, consideraban a los cubanos como españoles nacidos en Cuba) (45), que culminó en 1898 con la intervención americana, justificada como necesaria para poner término a la barbarie y evitar la mutua destrucción de los beligerantes en la Isla. Los autonomistas cubanos no fueron enemigos de su patria, ya que por todos los medios a su alcance procuraron para ella libertad y progreso. Y si condenaron la guerra de Martí fue porque previeron que arrasar a Cuba y ensangrentarla equivaldría a entregarla inerme y hambrienta en manos de Estados Unidos de América (46).

(Este articulo está basado en uno más extenso publicado en el número de febrero de 2009 de la revista Arbor)

Rafael E. Tarragó. Investigador y ensayista cubano. Bibliotecólogo en la Universidad de Minnesota, en Minneapolis, donde reside. Ha publicado La libertad de escoger: poetas afrocubanos.

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(1) Angelina Edreira y Caballos, Vida y obra de Juan Gualberto Gómez (La Habana: R. Méndez, 1973), pp. 50-59; José L. Franco, Antonio Maceo, Apuntes para una historia de su vida (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975), 2:91.
(2) Louis A. Perez, Jr., On Becoming Cuban: Identity, Nationality and Culture (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1999), p. 100.
(3) Aníbal Escalante Beaton, Calixto García. Su campaña en el 95 (La Habana, 1946), pp. 220-222 y 268-282.
(4) The New York Times, 26 de febrero de 1894, p. 9; véase Carmen Almodóvar Muñoz, Antología critica de la historiografía cubana, 2 v. (La Habana: Editorial Pueblo y Educación, 1986).
(5) Véase Luis Navarro García, “1898, la incierta victoria de Cuba,” Anuario de Estudios Americanos, 55.1 (enero-junio de 1998): 165-187.
(6) Véase Francisco Pérez Guzmán, Herida profunda (La Habana: Ediciones Unión, 1998).
(7) George Bronson Rea, Facts and Fakes About Cuba (Nueva York: George Munro’s Sons, Publishers, 1897), pp. 38-42; Carlos Loveira y Chirino, Generales y doctores (La Habana: Sociedad Editorial Cuba Contemporánea, 1920), p. 286.
(8) Véase Rafael E. Tarragó, “The Thwarting of Cuban Autonomy,” Orbis, 42:4 (1998): 517-531.
(9) Enrique Collazo, Los americanos en Cuba (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1972), p. 74.
(10) Stewart L. Woodford, “Carta al Presidente de Estados Unidos de 18 de marzo de 1898,” en Papers Relating to the Foreign Relations of the United States (1898): 690.
(11) Véase Eliseo Giberga, “La Ley Abarzuza,” in Obras de Eliseo Giberga (La Habana: Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Ca., 1930), 3: 7-66; Leopoldo Barrios, El general Colleja (Madrid: Imprenta de El Correo Militar, 1896), pp. 166-189.
(12) Juan Gualberto Gómez, Por Cuba Libre (La Habana: Municipalidad de La Habana. Oficina del Historiador de la Ciudad, 1954), pp. 44-46.
(13) Véase Philip A. Howard, Changing History: Afro-Cuban Cabildos and Societies of Color in the Nineteenth Century (Baton Rouge: Louisiana State University Press, 1998).
(14) Rebecca J. Scott, “Race, Labor and Citizenship in Cuba...,” Hispanic American Historical Review, 78:4 (1998): 715.
(15) Rafael María de Labra, Aspecto internacional de la cuestión de Cuba (Madrid: Tipografía de Alfredo Alonso, 1900), pp. 20-22.
(16) Orestes Ferrara, Mis relaciones con Máximo Gómez (La Habana: Molina y Compañía, 1942), pp. 71-74.
(17) Máximo Gómez, Diario de Campaña, 1868-1899 (Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1975), pp. 339-340.
(18) Escalante Beaton, Calixto García, pp. 287-313.
(19) Calixto García, “Carta a Domingo Méndez Capote de 1º de mayo de 1898" en Collazo, Los americanos en Cuba, pp. 95-98.
(20) Véase, María del Carmen Barcia Zequeira, Elites y groupos de presión. Cuba 1868-1898 (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1998).
(21) Juan Gualberto Gómez, La cuestión de Cuba en 1884 (Madrid: Imprenta de Aurelio J. Alaria, 1885), p. 30; Martín Morúa Delgado, Obras completas (La Habana: Publicaciones de la Comisión Nacional del Centenario de Martín Morúa Delgado, 1957), 3: 233.
(22) Véase J.C.M. Ogelsby, “The Cuban Autonomist Movement’s Perception of Canada, 1865-1898: Its Implication,” The Americas, 48:4 (abril de 1992): 445-461.
(23) José Ignacio Rodríguez, Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la anexión de la Isla de Cuba (La Habana: Imprenta La Propaganda Literaria, 1900), pp. 261-263.
(24) Enrique Trujillo, Apuntes históricos. Propaganda y movimientos revolucionarios cubanos en Estados Unidos desde enero de 1880 hasta febrero de 1895 (Nueva York: Tip. de El Porvenir, 1896), pp. 105-106.
(25) Enrique Collazo, Cuba independiente (La Habana: Imp. y Librería La Moderna Poesía, 1900), pp. 21-68.
(26) José Martí, Obras Completas (La Habana: Editoria Lex, 1946), 1: 356-390, 418-484 y 697-725.
(27) José Martí, Epistolario (La Habana: Cultural, S.A., 1931), 2: 151-156.
(28) José Martí, Obras Completas (La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963), 4: 86-87.
(29) Gonzalo de Quesada y Miranda, Martí, hombre (La Habana, 1940), pp. 267-268 y 316.
(30) Leopoldo Horrego Estuch, Juan Gualberto Gómez (La Habana: Edit. La Milagrosa, 1954), p. 88.
(31) Véase Rosalie Schwartz, Lawless Liberators: Political Banditry and Cuban Independence (Durham: Duke University Press, 1989).
(32) Paul Garner, Porfirio Díaz (Harlow: Pearson Education Limited, 2001), pp. 10 y 150-151; véase Ramón de Armas, “José Martí: el apoyo desde México,” Universidad de La Habana, 219 (enero-abril de 1983): 80-103.
(33) Tomás Estrada Palma, Desde el Castillo de Figueras (La Habana: Editorial Cuba Contemporánea, 1918), pp. 71-75; Orestes Ferrara, Mis relaciones con Máximo Gómez (La Habana: Molina y Compañía, 1942), pp. 94, 129-134 y 245.
(34) Tomas Estrada Palma, “Carta a Gonzalo de Quesada de 14 de marzo de 1901,” en Archivo de Gonzalo de Quesada. Epistolario (La Habana: Imprenta El Siglo XX, 1948), 1: 151-152.
(35) Collazo, Los americanos en Cuba, p. 74.
(36) Ibid., pp. 233-235; James L. Nichols, General Fitzhugh Lee. A Biography (Lynchburg, VA: H. E. Howard, Inc., 1989), pp. 168-171.
(37) José María Gálvez, “Varios discursos,” Revista bimestre cubana, 41 (1938): 119-120.
(38) Labra, Aspecto internacional de la Cuestión de Cuba, p. 21; The New York Times, 23 de febrero de 1898, p. 21.
(39) Louis A. Perez, Jr., Cuba Between Empires, 1878-1902 (Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 1983), pp. 230-247.
(40) Papers Relating to the Foreign Relations of the United States (1898), p. 691.
(41) Máximo Gómez, Diario, pp. 351 y 358; Escalante Beaton, Calixto García, pp. 366-368.
(42) Antonio Maceo, Carta al coronel Federico Pérez Carbó de 14 de julio de 1896,” en Antonio Maceo, El pensamiento vivode Maceo, José Antonio Portuondo, ed. (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1971), p. 179.
(43) Eliseo Giberga, “Apuntes sobre la cuestión de Cuba por un autonomista,” en Obras, 3: 243-253.
(44) Francisco Pérez Guzmán, Herida profunda, pp. 17-19.
(45) Murat Halstead, Full Official Story of the War with Spain (Chicago: H. L. Barber, 1899), pp. 176-193.
(46) Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza, Cuba/España. El dilema autonomista, 1878-1898 (Madrid: Editorial Colibrí, 2001), pp. 406-407.

© cubaencuentro.com
Una colaboración de Ivan y Luis Enrique

4 comentarios:

Marcos dijo...

Muy buen articulo, gracias por la información y el trabajo de escribirlo. Ha servido para aprender muchas cosas que no sabía. Espero que España tenga una segunda oportunidad con Cuba y su gente, demostrarles que la autonomía funciona.

Anónimo dijo...

Relevante ensayo, muy erudito y basado en hechos objetivos. La historia se presta para muchas interpretaciones y g enralmente es manipulada a conveniencia, por pura demagogia patriotera. Felicto al autor por tan brillante disertacion.

Anónimo dijo...

No se de donde sacan que los cubanos estaban perdiendo la guerra en 1898 cuando seguian dominando la mitad del pais y Espana ya estaba agotada y arruinada.

Anónimo dijo...

No se en que parte del diario de Maximo Gomez se dice que los mambises estaban derrotados en occidente.

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