Se produjo un error en este gadget.

Crée usted de que Cuba estaría mejor como:

Se produjo un error en este gadget.

jueves, 20 de enero de 2011

HISTORIA DE LA ESCLAVITUD (Volumen VI). Por José Antonio Saco ( Para acabar con al Mito de los pobrecitos indios americanos ) ( Parte IV y Final )

(Foto de Internet. Continuación y Final)


Se que estos artículos que he puesto son demasiado largos y las personas no lo leen completamente, pero vale la pena, es tan poco lo que hay escrito sobre el tema, que quise ponerlos en su totalidad para combatir un poco esa Leyenda Negra anti-espanola.

“Lo que no se cuenta sobre muchas Tribus Latinoamericanas, sólo se habla de lo crueles que fueron los conquistadores españoles. Ese es el resultado de la Leyenda Negra anti-española, aquí tienen la realidad”. J.R.M.

CASA DE ALTOS ESTUDIOS DON FERNANDO ORTIZ
UNIVERSIDAD DE LHABANA
BIBLIOTECA DE CLÁSICOS CUBANOS
RECTOR DE LA UNIVERSIDAD DE LHABANA Juan Vela Valdés
DIRECTOR Eduardo Torres-Cuevas
SUBDIRECTOR Luis M. de las Traviesas Moreno
EDITORA PRINCIPAL Gladys Alonso González
DIRECTOR ARTÍSTICO Luis Alfredo Gutierrez Eiró
ADMINISTRADORA EDITORIAL Esther Lobaina Oliva


 Ni a éstos se limitaron aquellos sacrificios, pues en ciertas ocasiones se compraron esclavos para inmolarlos. Celebraban los mercaderes una fiesta particular llamada panquezaliztli, cuyas víctimas eran esclavos de ambos sexos en número igual, comprados en el gran mercado público de Azcapuzalco. Llamose a esos esclavos tlaaltiltin, que quiere decir lavados, porque se les lavaba y engordaba, para que cuando se les matase y comiese, sus carnes fuesen sabrosas, las que se servían cocidas con maíz también cocido, en el gran banquete a que asistían los principales traficantes de esclavos, escogidos de entre muchos pertenecientes a varios pueblos del imperio.138
La feroz superstición mejicana llegó al extremo de sacrificar hasta los niños esclavizados, pues los sacerdotes los compraban para celebrar con ellos las fiestas de las divinidades del agua; y las madres obcecadas por el más cruel fanatismo consentían gustosas en la venta y el sacrificio de sus tiernos hijos. En el monte de Coactepec estaban colocadas las estatuas de aquellos dioses, y allí se les ofrecía la sangre y el corazón de los niños, cuyas carnes después del sacrificio eran devoradas en un convi- te por los señores y los sacerdotes.

 El primer mes del calendario mejicano, que corresponde a nuestro febrero, “hacían —dice Torquemada—, fiesta a los dioses del agua llamados Tlaloc o Tlalocatecuhtli. Al segundo día de este mes, se juntaba todo el pueblo a la celebración de su fiesta, en la cual hacían muchas y varias ceremonias, y las acompañaban con diversidad de sacrificios; y por razón de tenerlo por dioses de las pluvias y aguas, ocupábanse este día y todos los demás de el dicho mes en comprar niños tiernecitos, que aún estaban a los pechos de sus madres, para sacrificarlos en los montes, de donde imaginaban, que el agua les venía, y les parecía que las nubes se engendraban, en las cuales tenían creído que los dichos Tlaloques estaban y presidían. De estos niños comprados hacían luego sacrificio, gastando en él parte de ellos, pero no todos; y los que restaban, iban sacrificando por espacio y tiempo de tres meses, que según esto, era esta matanza y sacrificio, en los otros dos meses suyos, que corresponden al nuestro de marzo y parte de abril, que es el tiempo cuando ya las aguas en esta tierra y reino comienzan con alguna frecuencia, para sustentar los sembrados y sementeras. Mientras algunos de estos niños no se sacrificaba, no se le quitaba a la madre, y le criaba, hasta que llegaba el día de su ofrenda y muerte(...) Cuando llevaban estos niños al sacrificio, iban en hombros y literas muy enramadas y compuestas de flores y rosas; y de ellos echaban en esta ciudad de Méjico, en el remolino de la laguna, y los otros llevaban al desierto y monte de Coactepec, a hacer de ellos el ordinario sacrificio. Llevábanlos con mu- cha música, así de instrumentos musicales como de cantos e himnos hechos y compuestos para aquel propósito. Este mes mataban otros muchos cautivos a honra de los dioses Tlaloques”.139

 Inmolábanse los esclavos, no sólo en las ceremonias religiosas, sino en los funerales de sus amos. Fue costumbre entre los grandes señores mejicanos tener altares en sus casas y emplear exclusivamente uno de ellos, en encender el fuego sagrado, y quemar aromas en él. Cuando el amo moría, este esclavo junto con otros así de aquél como de los señores convidados, eran a veces sacrificados hasta en número de 100 y de 200, para que le acompañasen y sirviesen en la otra vida; y estos sacrificios se renovaban al día 5o, 20o, 40o, 60o y 80o, después de haber sido quemado el cadáver en la pira que se preparaba en el atrio del templo. Acostumbrose también a la muerte de un señor, convidar a su entierro a los demás señores de las provincias, quienes llevaban regalos de ricas mantas, plumas verdes y esclavos.140 Las primeras servían para envolver el cadáver; las segundas, para adornarle, y los últimos, para inmolarlos a los manes del difunto.

 Al contemplar el terrible sacrificio de los esclavos, bien pudiera creerse que la esclavitud fue muy cruel entre los mejicanos; pero nada sería más erróneo. El corazón del hombre, y particularmente el del hombre semi-civilizado, es un conjunto de inconsecuencias y contradicciones; y el mejicano, que tan sanguinario era con los esclavos delante de los altares, en el doméstico les trató con mucha humanidad y dulzura.

 Las leyes les protegieron, y el hombre que los mataba, sufría pena de muerte.141 Sus tareas fueron pocas y moderadas;142 podían casarse, tener familia, bienes y aun esclavos, sin que su amo pudiese servirse de ellos, ni impedirles que los comprasen,143 Muchos amos al morir los dejaban libres;144 otros frecuentemente se casaban con sus esclavas y las amas viudas, con sus esclavos. Cuando éstos eran muchachos se les miraba como hijos. La esclavitud del padre o de la madre, o de entrambos, en nada afectaba al hijo, y éste, por consiguiente, nacía libre;145 cosa que jamás se vio ni aun en las naciones más civilizadas de los tiempos antiguos y modernos. Los amos generalmente conservaban en su poder a los buenos esclavos, pero solían regalarlos como en las grandes fiestas que se celebraban, cuando algunos indios de Tlaxcala, Méjico y otros pueblos de aquella laguna eran armados de caballeros por servicios a la patria, en cuyas funciones los nuevamente condecorados ha- cían presentes a los otros caballeros.146 A los esclavos viciosos o que se huían, el amo antes de venderlos los amonestaba dos o tres veces delante de testigos; pero si no se corregían, entonces se les echaba al pescuezo una media argolla de madera y se les vendía en el mercado. Si después de haber cambiado dos o tres veces de amo aún no se enmendaban, vendía se les para el sacrificio.147 Los esclavos de argolla al pescuezo que se huían de la prisión, alcanzaban su libertad si se acogían al palacio del emperador.148

 Cuando los señores se aparejaban para la guerra, sentenciaban a muerte a los esclavos que estaban presos por algún delito grave; pero también libraban de la cárcel a los injustamente retenidos en esclavitud y éstos inmediatamente se iban a bañar en señal de que eran libres.149

 En el signo del mes del año en que los mejicanos celebraban la fiesta del dios Tezcatlipoca no se podía maltratar a ningún esclavo, pues el amo lo prohibía bajo graves penas a todos los miembros de su familia. Desde la víspera de la función se quitaban las colleras a todos los presos, se les bañaba, enjabonaba y limpiaba la cabeza, y el amo los ob- sequiaba como si fuesen los hijos queridos de aquel dios.150

 Tan desinteresada y generosa fue la esclavitud de los mejicanos con sus esclavos, que cuando Carlos I mandó libertar a los indígenas injustamente esclavizados por los españoles, los indios ya cristianos y propietarios de esclavos de su misma raza, cediendo a los consejos de los religiosos misioneros, no sólo los libertaron voluntaria y gratuitamente, puesto que a ellos no se refería la orden de aquel monarca, sino que les proporcionaron medios con que subsistir en su nueva vida. Otros que antes habían vendido algunos de esos esclavos, los buscaron con diligencia para rescartarlos con su dinero y si no los encontraban, o repartían entre los pobres el precio en que los habían vendido, o libertaban en su lugar a otros esclavos.151 ¡Ejemplo digno de ser imitado por los españoles que allí residían, y aun por las naciones más cultas de la tierra!

 Tales fueron las leyes del código azteca en punto a esclavitud. En él deben distinguirse dos partes muy diferentes: una, relativa al modo de adquirir esclavos; y otra, al tratamiento que se les daba. La primera es muy imperfecta, porque prodiga la pena de esclavitud sin guardar la debida proporción entre las penas y los delitos: asunto verdaderamente difícil, y que no podía resolver con acierto un pueblo cuya civilización estaba poco adelantada. La segunda parte, que más depende del corazón que del entendimiento, es digna de grandes elogios, y aunque todas sus disposiciones no merecen una completa aprobación, puede asegurarse que, en su conjunto, ningún pueblo antiguo ni moderno ha presentado jamás un código tan justo y tan humano en materia de esclavitud. Empero, no se crea, que los esclavos fueron gobernados con la misma dulzura en todas las provincias del imperio mejicano, porque hubo algunas donde las costumbres y las pocas leyes que las regían se apartaron de las ideas filantrópicas de los aztecas.

 Antes de salir de Nueva España, digamos que en Yucatán eran esclavizados los indios que cometían ciertos delitos.152 Ni perdieron la costumbre de esclavizar por otras causas, aun después de la dominación española: así fue que los religiosos establecidos en aquella provincia, entre los remedios que propusieron al Consejo de Indias para atajar los males de aquella tierra, escribieron lo siguiente:
“Remedio en los esclavos que hacen los naturales entre sí; lo que anda tan roto, que en muriendo su padre, el que más puede del pueblo, hace esclavos a los hijos y los vende”.153
Si de Nueva España pasamos a países más meridionales, damos con el Perú, que en grandeza y civilización fue superior a Méjico; pero así como en éste encontraron los españoles establecida la esclavitud de los indios, así también en aquél.

 Atendiendo a la organización social del Perú, no hubo necesidad de esclavos. Todos los indios de ambos sexos estaban obligados a trabajar, y la pereza era castigada severamente. Empleábanse en el servicio doméstico, en la agricultura, en las artes, en la explotación de las minas, y en todas las obras públicas.154 Por otra parte, las leyes a nadie esclavizaban por vicios o delitos, pues éstos, por leves que fuesen, se castigaban ordinariamente con penas mucho más severas, graduándose la magnitud de la culpa, menos por el daño de tercero, que por la ofensa que se hacía al monarca, autor supremo de toda legislación, y a quien debía respetarse como a un dios.155 De este modo quedaron cegadas las fuentes de la esclavitud que tan fecundas fueron en otras partes del Nuevo Mundo. Verdad es que los incas del Perú siempre tuvieron guerras de conquista156 y que dilatando con ellas los límites de su imperio desde el Ecuador hasta Chile, pudieron haber esclavizado muchedumbre de prisioneros; pero su política, con pocas excepciones, consistió en subyugar los pueblos, más con arte y con regalos que con las armas, y cuando se veían forzados a acudir a ellas, procuraban disminuir los males, impi- diendo los saqueos, perdonando a sus enemigos y admitiéndolos como miembros de la nación peruana.157 Sin embargo, aunque en casos de rebelión hubo veces que exterminaron a todos los hombres,158 otras redujeron los rebeldes a perpetua servidumbre, y de aquí nació aquella raza de esclavos por origen, pertenecientes a la corona, llamados yanaconas, y que vestían de un modo diferente al de gente libre.159

 Es innegable que la guerra dio esclavos a los pueblos situados en los confines septentrionales del imperio de los incas, pues cuando Francisco Pizarro marchó de aquellas regiones, dio libertad en la isla de Puna a más de 600 personas naturales de Tumbes, que estaban destinadas, unas para el sacrificio y otras para la esclavitud.160 De un pasaje de Herrera aparece que los caciques acostumbraron esclavizar algunos indios por faltas leves, y que aun después de la conquista quedaron todavía restos de esta costumbre.161

 A su entrada en las provincias del Río de la Plata, los españoles encontraron indios con esclavos.162 El hurto era una de las causas por las cuales se imponía la pena de esclavitud, y el condenado era vendido en otra tierra.

 Los albaias y los guirnacaes, tribus del Paraguay, mataban en sus guerras a los enemigos adultos; pero esclavizaban a las mujeres y a los muchachos, y por pobre que fuese el albaia, no dejaba de tener tres o cuatro esclavos cogidos en la guerra.163 Fernando de Magallanes, en su viaje inmortal, tocó en Río Janeiro, y en los trueques que la tripulación de sus naves hizo con aquellos indios, daba una hacha por un esclavo; pero Magallanes, ya para evitar altercados con los portugueses, ya por el fundado temor de que se consumiesen los víveres, tan necesarios para la larga navegación que había emprendido, prohibió bajo pena de muerte que nadie tomase esclavos.164

 Al paso que los portugueses iban asentando su dominación en el Brasil, fueron también descubriendo que muchas tribus tenían esclavos. De ellos se sirvieron los papanazes; y la nación de los graimares, con la que Martín Alfonso de Sousa hizo un tratado de alianza en 1531, esclavizaba sus prisioneros. Cuando alguno de los papanazes mataba a otro de su nación, aunque fuese por casualidad, era inmediatamente ahorcado y enterrado a presencia de sus parientes y de los del muerto, a quienes se entregaba para que lo ejecutasen. Si el matador se huía, entonces su hijo, hija, o pariente más cercano, se daba como esclavo al pariente más próximo del muerto. Aun de los tupiniguinos, que si bien devoraban a los prisioneros cuando eran adultos, perdonaban la vida a los muchachos, reduciéndolos a esclavitud.165

 Parece que todas las tribus que habitan el Brasil, todavía tienen esclavos. Si entre los indios de Méjico se perdió la libertad por algunos delitos, en el Brasil no se esclaviza por ninguno. Aquí pueden el padre y el marido vender al hijo y a la mujer; pero pocas veces usan de este derecho, y cuando lo ejercen, véndenlos más bien a los extranjeros que a los de su raza. La suerte que cabe a los prisioneros de guerra, es la muerte o la esclavitud. Tribus hay muy crueles con los esclavos, y que abandonan inhumanamente a los enfermos y a los ancianos; pero hay otras, como los botocudos, mudrucos, etc., que los tratan con dulzura, particularmente a los niños que cogen en la guerra.166
Abandonando, pues, las tierras del mediodía, volvamos al hemisferio septentrional para apuntar brevemente lo que en Florida vieron los castellanos.

 De ese país sabemos que los indios en sus mutuas guerras también se esclavizaban, y que los amos los destinaban a la labranza y a otras tareas. Pero así como los antiguos escitas reventaban los ojos a sus esclavos para que no se distrajesen de la ocupación de ordeñar sus yeguas, así los indios de la provincia de Cofaiquichi cortaban a los suyos, para que no se huyesen, los calcañales y nervios de las piernas.167

 Al decir de Charlevoix, los indios que habitaban la Florida entre los 30o y 35o de latitud, esclavizaban a las mujeres y niños que cogían en sus guerras; pero que a los hombres los sacrificaban al sol, que era una de sus divinidades, y que después se los comían como un deber religioso.168

 Avanzando hacia el septentrión, damos con los iroqueses y otras naciones, cuyas costumbres son tan curiosas en punto de guerra y esclavitud, que bien merecen una mención especial.

 Hacíanse de dos modos los esclavos entre esas naciones: o por castigo o por la guerra. Por castigo era cuando algún miembro de una familia mataba al de otra, o al de tribu o nación diferente. En estos casos admitíase la composición, esto es, ciertos presentes que satisfaciendo a la familia del muerto, todo quedaba arreglado, sin haber lugar a venganzas. Los parientes de la víctima no se contentaban con los regalos que se les ofrecían, entonces, era regla general seguida por la mayor parte de esas naciones, que el homicida se entregase como esclavo a los parientes del muerto; y aunque éstos podían matarle, jamás lo hacían. Semejantes esclavos eran tratados con dulzura, pues las madres los adoptaban dispensándoles el mismo cariño que a sus hijos muertos. A veces acontecía que contentándose los interesados con la presentación del esclavo, no lo aceptaban para no tener delante de sí el homicida de su hijo, de su padre o de otro objeto querido.169

 Varia fue la suerte de los prisioneros de guerra.

 Un consejo hacía la distribución de los prisioneros, y un anciano publicaba en alta voz los nombres de las personas a quienes les tocaban. Éstas los llevaban a sus cabañas, ya para esclavizarlos, ya para matarlos;170 muerte que les daban los iroqueses, quemando del modo más horrible a los que consideraban inútiles, como los viejos, enfermos y niños; y también a los jefes o a otros que temían se les escapasen y después les hiciesen daño.171

 La condición del prisionero esclavizado era, entre las naciones algonquines, siempre dura; pero muy suave entre los iroqueses y los hurones.

 “Desde que penetra en la cabaña, en la cual se ha resuelto conservarle, se le desata, se le despoja de los lúgubres atavíos que le presentan como una víctima destinada al sacrificio; se le lava con agua tibia para borrar los colores de su rostro y se le viste de limpio, recibiendo en seguida las visitas de los parientes y amigos de la familia en que va a entrar. Poco tiempo después se celebra un festín, al cual se invita a todo el pueblo, para darle el nombre de la persona a quien viene a substituir: los amigos y los parientes del difunto celebran también un festín para honrarle, y desde este instante entra en posesión de todos sus derechos. Si la esclava donada en una cabaña es una doncella, y no hay ninguna persona de su sexo en estado de poderla sostener, es una fortuna para esta cabaña y para ella. Toda la esperanza de esta familia se funda entonces en esta esclava, que se convierte en señora de la familia y de las ramas que de ella dependen. Si es un hombre el que reemplaza a un anciano, a un considerable, se convierte también en anciano o en con- siderable, y ejerce autoridad en la ciudad, si por su mérito personal sabe sostener con prestigio el nombre que toma”.

 Estos esclavos debían comportarse bien, pues de lo contrario, se exponían a que cambiase su situación, aunque hubiesen corrido muchos años después de haber sido adoptados, y particularmente, si la familia en que se habían injertado era numerosa, pues entonces podrían pasar- se fácilmente sin ellos.

 Los esclavos de los iroqueses no deseaban huirse de la casa de sus amos, pues estaban identificados con ellos, ya por el vínculo de la adopción, ya por el buen trato que se les daba. Y esta conducta, seguida desde siglos anteriores hasta los últimos años, ha influido en que los enemigos de los iroqueses acojan las proposiciones que éstos les hacen, contribuyendo de esta manera a conservar el número de sus familias, y a ser más preponderantes que las demás naciones del septentrión de la América.172

 Las mujeres cogidas en las guerras que esas naciones se hacían, eran esclavizadas y sus amos, ora las tomaban por concubinas, ora se casaban con ellas; pero uno y otro caso, conservaban la marca de su esclavitud, pues no podían usar ni los cabellos largos, ni los borceguíes, que era el signo distintivo de las mujeres libres.173 El borceguí consistía en dos piezas de junco y de algodón, cosidas y muy bien trabajadas, que apretando la pierna por sus dos extremidades, hacen inflar el grueso de ella para que parezca más llena y más redonda.174

 Por último, es de advertir que la esclavitud no era personal entre esas naciones, pues se trasmitía de padres a hijos.175

 Si los europeos, al conquistar el Nuevo Mundo, hallaron establecida la esclavitud entre los mismos indígenas, evidente es que ella no fue una novedad que la Europa introdujo en aquellas regiones. Tan funesta institución estaba entonces generalizada en la vasta superficie del viejo continente; y el gran pecado de los conquistadores del Nuevo consiste en haber consolidado y extendido en él la esclavitud, ora imponiendo su pesado yugo sobre millones de indios libres, ora transportando como esclavos a los hombres de raza africana.

Bibliografía:

No hay comentarios.:

Buscar este blog

Cargando...
Se produjo un error en este gadget.
Se produjo un error en este gadget.