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domingo, 13 de febrero de 2011

La Habana de 186… vista por el viajero norteamericano Samuel Hazard en Cuba Española ( Parte III )







La Habana de 186… vista por el viajero norteamericano Samuel Hazard

Por: Emilio Roig de Leuchsenring



Continuación:

 Se asombra también, y además le molesta, la cantidad de iglesias que hay y el insoportable escándalo que arman con los toques de campanas. «Figúrate, ¡oh, lector –dice– a tu pueblo nativo con una iglesia en cada cuadra, cada iglesia con un campanario, o quizás dos o tres, y en cada campanario media docena de grandes campanas, de las cuales dos no suenan igual; coloca las cuerdas de éstas en las manos de algunos hombres frenéticos, que tiran de ellas primero con una mano, luego con la otra y tendrás una débil idea de lo que es un primer despertar en La Habana. En un verdadero desconcierto de sonidos, atruenan en el aire de la mañana, cual si se tratara de una general conflagración, y el infortunado viajero se tira frenéticamente de la cama para inquirir si hay alguna esperanza de salvarse de las llamas que se imagina amenazar ya a toda la ciudad». Tan es así –agrega– que la respuesta que sobre su primera impresión de la Habana, daría el viajero, al ser interrogado sobre ella, sería:


«!Campanas, señor; nada más que campanas!»

 Como es natural, no demuestra admiración por las iglesias habaneras, desprovistas de interés arquitectónico, de belleza en su decorado interior y de riqueza artística en cuadros, tapices, etc. De la Catedral, lo que más le entusiasma es la tumba de Colón. De La Merced, Santo Ángel, San Juan de Dios, San Felipe, San Agustín, Santa Clara, tiene que hablar solamente de sus piedras ennegrecidas, su aspecto vetusto, su pequeñez o el que «nada hay en ella que llame la atención del extranjero», a no ser algún techo, algún altar, o alguna anécdota o historia milagrosa que le refieren.

 Dedica Hazard un capítulo a los mercados, de los que poseía cuatro en aquella época La Habana; el de Cristina, en la Plaza Vieja, y el del Cristo, intramuros; el de la Plaza de Vapor o Tacón y el de Colón, extramuros, considerando que los más dignos de verse son los de Cristina y Tacón. Existía, además, la Pescadería, al comienzo de la calle de Empedrado.

 Como es natural, a Hazard le interesan sobre manera nuestros castillos y fortalezas y a ellos dedica otro de los capítulos de su obra; ocupándose, asimismo, de aquellos edificios públicos que ofrecen alguna peculiaridad o curiosidad al extranjero: El Templete, el Palacio del Capitán General, La Intendencia, la casa de Beneficencia; la Cárcel, el Teatro Tacón; el Correo, que se hallaba al extremo de la calle de Ricla, más arriba de la Machina, teniendo a su frente la Comandancia de Marina, el Arsenal, que ya «aparecía desierto, sin que se efectúe en él ningún trabajo importante»; las Murallas, de las que dice: «todavía existen en parte, en tolerable buen orden, aun cuando ya ofrecen un aspecto de decadencia y están condenadas a desaparecer. 

 Bastarían algunos certeros cañonazos para reducirlas rápidamente a fragmentos. No son ya de utilidad, pues puede decirse que están ahora en el corazón de la ciudad y de nada servirían en el caso de un fuerte ataque, excepto, como un dernier resort para un pequeño número de hombres.

 Con todo, todavía se monta guardia en algunas puertas y los cañones adornan sus bocas por las almenas cubiertas de hierba. Los fosos, con el tiempo, han ido llenándose de toda clase de estructuras y en ciertos lugares se ven cubiertos de huertas».

Aunque en aquella época no existían ya todas las antiguas murallas, dice Hazard, «todavía se oye la expresión tan usual y familiar, de intramuros y extramuros, augurando que «cuando se complete la mejora de ocupar el lugar de las Murallas con nuevos edificios, esta parte de la Ciudad progresará mucho, y ofrecerá La Habana mejor perspectiva».

Fín.

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