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jueves, 14 de abril de 2011

Por qué fracasó la república que soñó Martí. Por Carlos Alberto Montaner. Segunda Parte


(Foto de Internet- Colaboración de Iván Leonard)

Continuación

La república que Martí soñó.

El Martí graduado en Derecho y Filosofía que abandonó España, aunque todavía muy joven –apenas 21 años–, probablemente ya había adquirido una formación ideológica que seguramente no tenía cuando arribó a la Península. El muchacho que a los 16 años soñaba con una nación independiente sin definir su estructura ya era un joven abogado que había aprobado cursos de Derecho Político y, sobre todo, había presenciado in situ el intenso debate español sobre el mejor Estado y gobierno para organizar la convivencia ciudadana. Sin duda, ese tipo de gobierno −pensaba−, pese al guirigay en que había devenido el experimento español, era la república, donde la soberanía residía en los individuos y no en un monarca, donde el Gobierno era laico, y se sostenía en un andamiaje de contrapesos y equilibrios con los tres clásicos poderes independientes, autoridad limitada y periódica rendición de cuentas. También, sin duda, creía en la superioridad del método democrático para tomar las decisiones colectivas y para designar a los representantes del pueblo con el fin de administrar los órganos de gobierno. Martí, pues, era un republicano liberal y un demócrata moderado. No era un anarquista radical que rechazaba la existencia del Estado, ni un socialista que predicaba el igualitarismo. Por el contrario, tenía muy claro (y así lo expresó más adelante) el papel creador de riqueza de los empresarios privados y la inevitabilidad de las diferencias económicas, que no surgen, como creían los marxistas –el texto que sigue está escrito en 1883, el mismo año en que murió Marx– de la propiedad de los medios de producción, sino de las peculiaridades intelectuales, psicológicas y temperamentales de las personas. En un prólogo a los cuentos de Rafael Castro Palomino, Martí lo afirma con toda claridad:
"Los hombres inferiores ven con ira la prosperidad de los hombres adinerados, y éstos ven con desdén los dolores reales y agudos de los hombres pobres. No se detienen aquéllos (…) a ver que los hombres ricos de ahora son los pobres de ayer; que el hombre no es culpable de nacer con las condiciones de inteligencia que lo elevan en la lucha leal, heroica y respetable, sobre los demás hombres; que del resultado combinado del genio, don natural, y la constancia, virtud que recomienda más al que la posee que al genio, no puede responder como de un delito el que ha utilizado las fuerzas que le puso en la mente y en la voluntad la Naturaleza (…) jamás acabará por resignarse el hombre a nulificar la mente que le puebla de altivos huéspedes el cráneo, ni a ahogar las pasiones autocráticas e individuales que le hierven en el pecho, ni a confundir con la obra confusa ajena aquélla que ve como trozo de su entraña y ala arrancada de sus espaldas, y victoria suya, su idea propia".
En realidad, las ideas políticas de Martí no se alejan demasiado de lo que era común entre los cubanos y los españoles progresistas de su tiempo y están vinculadas a una tradición que, en la Isla, acaso comienza y se va perfeccionando paulatinamente con Francisco de Arango y Parreño, José Agustín Caballero, Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco –por sólo mencionar los más notables–, y luego se prolonga en figuras ya contemporáneas de Martí como Ignacio Agramonte (n. 1841) −el más enérgico y claro defensor que tuvo el liberalismo en su tiempo−, Enrique José Varona (1849) o los brillantes autonomistas José Antonio Cortina (1851), Rafael Montoro (1852), Antonio Govin (1849) y Eliseo Giberga (1854).
No todos estos cubanos fueron republicanos independentistas –los hubo autonomistas y anexionistas–, pero compartían las mismas ideas sobre las características esenciales que debería tener el Estado de Derecho idóneo para organizar la vida pública de los cubanos, y éstas eran las propias de las sociedades liberales surgidas de la Ilustración. Cuando los mambises se reúnen en Guáimaro en 1869 para redactar la primera Constitución de Cuba en armas, el modelo que tienen en mente –y así lo declara Céspedes en una carta que hace circular– es la Constitución norteamericana, extremo que no deja de ser una ironía, porque los liberales españoles a los que combaten, al otro lado del Atlántico, en ese mismo año redactan su nueva Constitución, la más liberal de su historia hasta ese momento, también inspirada en la ley de leyes estadounidense.
Finalmente, en 1901, los cubanos proclaman una verdadera Constitución. (Las de la manigua fueron reglamentos necesariamente incompletos, aunque la última, la de la Yaya, tuvo más largo aliento). Este nuevo texto está integrado, como era de rigor, por una parte dogmática, una parte orgánica que describe las instituciones de gobierno, y una cláusula de reforma que explica cómo modificarla. Se trata, pues, de una Constitución claramente liberal, y lo probable, pues, es que ese documento final hubiera tenido el visto bueno de Martí, porque no hay en él absolutamente nada que pugne con el pensamiento del Apóstol, dado que la Enmienda Platt –a la que seguramente se habría opuesto– no formaba parte del texto aprobado por los constituyentes, sino fue un apéndice impuesto por las autoridades interventoras norteamericanas.
Lo que quiero decir es que la famosa república que soñó Martí fue la que se estrenó el 20 de mayo de 1902, aunque con las limitaciones humillantes que le imponía la Enmienda Platt, mecanismo que, de iure, convertía a Cuba en un protectorado norteamericano. En todo caso, el autogobierno estaba garantizado, existía un diseño institucional razonable, y la Isla contaba con el capital humano indispensable para que el país, potencialmente, funcionara con acierto. Basta repasar la lista de los 29 constituyentes que firmaron el texto, o el Gabinete de Estrada Palma, para advertir que la media intelectual era bastante elevada. El novelista Carlos Loveira calificaba con cierta ironía a esa clase dirigente cubana de los primeros tiempos como de "generales y doctores", pero ni es extraño que los generales presidan las repúblicas democráticas cuando se hace la paz –Washington, Jackson, Taylor, Grant, Eisenhower son buenos ejemplos americanos–, y si hay algo frecuente es que los abogados se conviertan en parlamentarios, ministros o jefes de gobierno. Al fin y al cabo, Martí había sido nombrado general por Máximo Gómez tras el desembarco, y si hubiera sobrevivido habría sido las dos cosas: general y abogado.
Los problemas de la república.

No tenía, pues, Martí un proyecto político en la cabeza distinto al que comenzó su andadura en 1902, y es ingenuo pensar que su sola presencia, de no haber muerto en Dos Ríos, habría garantizado un resultado diferente. Martí era un demócrata, no un autócrata, y habría tenido que pactar, buscar consensos y someterse a la regla de la mayoría y a la alternancia en el poder. Era un hombre excepcional, pero otros hombres excepcionales, como Enrique José Varona y Rafael Montoro −ambos políglotas, cultísimos y refinados, dotados de una estatura intelectual y moral como la de Martí−, participaron intensa y constructivamente en la vida política sin mancharse, pero también sin lograr un cambio cualitativo que asegurara la estabilidad del país.
¿Cuál era el inventario de oportunidades e inconvenientes que esperaba a la República? La Cuba de 1902 tenía problemas muy concretos, que se pueden resumir esquemáticamente y que eran, fundamentalmente, de dos tipos: los de carácter histórico-cultural y los relacionados con factores materiales concretos. Los de carácter histórico-cultural eran, por lo menos, cinco problemas intangibles, pero medulares, que afectaban a la convivencia de los cubanos, creaban graves problemas a la gobernabilidad del país e incidían en su desarrollo económico:
  1. La ausencia de tradición en el campo del autogobierno. Cuando los norteamericanos estrenan su república, en 1776, ya tienen en su pasado siglo y medio de autogobierno en todos los órdenes, incluyendo la milicia. Cuba había sido gobernada desde España a lo largo de toda su historia. Durante una buena parte del siglo XIX no hubo otra autoridad que la voluntad del capitán general que mandaba en la Isla.

  2. El poco respeto que la clase dirigente criolla sentía por el cumplimiento de la ley. No existía la convicción, al menos de forma generalizada, de que las repúblicas se sustentan en la humilde admisión de que todos deben colocarse bajo el imperio de leyes que afectan de la misma manera a todas las personas (the rule of law), conducta que en gran medida explica la estabilidad política de las naciones exitosas. Ese desprecio por la ley no era sólo una actitud de la clase dirigente: alcanzaba al conjunto de la sociedad que, en general, no rechazaba a los políticos corruptos o a los que violaban las reglas, como se comprobaba elección tras elección. No sólo existía impunidad legal. También existía impunidad moral.

  3. El culto por la violencia y por los hombres de acción. Las virtudes intelectuales y morales pesaban menos que el prestigio que confería el valor personal. Las batallas libradas contra España se convirtieron en el centro de la mitología favorita de la sociedad cubana, y no el respeto por las virtudes cívicas o por los éxitos sociales y económicos. De esa actitud, en su momento, derivó el pandillerismo político, y muchos revolucionarios supuestamente vinculados a causas justicieras se transformaron en los matarifes de gatillo alegre que merodeaban por la universidad, los institutos de segunda enseñanza y los sindicatos. La propia biografía de Fidel Castro demuestra los enfermizos vasos comunicantes que en Cuba existían entre el matonismo, la política y el patriotismo revolucionario.

  4. El caudillismo como forma de organización política. Las ideas importaban mucho menos que el culto por ciertos líderes, que a su vez estimulaban esos vínculos mediante el clientelismo y la entrega de canonjías y privilegios. En esa república de principios del siglo XX, la mambisa, los cubanos se agruparon tras José Miguel Gómez (el primer caudillo que conoció el país), Menocal o Machado, tres generales que despertaron el fanatismo de distintos segmentos de la población. Con Gómez comenzó la nefasta costumbre de asignar botellas –cargos fantasmas por los que se recibía un salario sin tener que trabajar– para recompensar a los partidarios y cortesanos. Disponer de estasbotellas y poder distribuirlas era un síntoma del poder que se tenía.

  5. Desprecio por el trabajo manual. Dentro de la peor tradición latina (no sólo hispana), los criollos tendían a no cultivar los trabajos manuales y los oficios, por los que tenían poco respeto. Era una sociedad con muchos más abogados que ingenieros, y en la que ser plomero, carpintero o electricista carecía totalmente de prestigio, quizás porque en época de la esclavitud ésos eran los trabajos que desempañaban los negros libertos. No en balde no fue hasta fines del siglo XVIII que Carlos III emitió un real decreto que dejaba sin efecto el carácter vil y degradante asociado al desempeño de las labores manuales.
Al margen de estas cuestiones culturales e históricas, cinco de los más graves problemas materiales que tuvo que afrontar la República fueron los siguientes:
  1. Patriciado criollo arruinado. Aunque la intervención norteamericana facilitó el tránsito político y económico hacia una nueva etapa, la guerra tuvo un alto costo económico y arruinó a una buena parte del patriciado criollo. Durante los tres años de guerra hubo miles de confiscaciones de propiedades a cubanos acusados de colaborar con los insurrectos. Esos bienes no fueron devueltos a sus dueños porque en el Tratado de París que oficialmente puso fin a la guerra se acordó respetar las sentencias previas de los tribunales españoles.

  2. Pocas oportunidades laborales. La base productiva del país –que no era muy grande fuera de la industria azucarera– fue severamente afectada por la guerra, y las oportunidades de conseguir trabajo en el sector privado eran limitadas, especialmente en el campo, lo que determinó la rápida emigración del campesinado hacia las ciudades, dando lugar a una masa laboral de difícil asimilación. Por ello, obtener un cargo público se convirtió en el desesperado objetivo de muchas personas, independientemente de sus méritos, dado que se obtenían por relaciones políticas.

  3. Escasez de capital. Aunque existían inversiones norteamericanas en azúcar y comunicaciones –las más cuantiosas de Estados Unidos fuera de sus fronteras–, no abundaba el capital, no existían instituciones financieras internacionales dedicadas a fomentar el desarrollo (como hoy el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional) y no había ayuda sustancial internacional a fondo perdido, como hay en nuestros días.

  4. Postración de la población negra y mestiza. Seguramente, el sector más afectado por la falta de oportunidades era la población negra. Como regla general, era la más pobre, la peor educada y la que, en mayor medida, procedía de hogares desestructurados, como consecuencia de la esclavitud. En 1886 se había decretado el fin de la esclavitud, pero una parte sustancial de esta masa humana de cientos de miles de personas había quedado desamparada y debía conformarse con sobrevivir colocándose, cuando podía, como servicio doméstico de la población blanca. Como, además, existían graves prejuicios raciales, pese a la legislación que decretaba la igualdad absoluta de blancos y negros, los negros no solían ser empleados en el comercio o en determinadas industrias. Durante siglos, la estructura productiva, concebida para el manejo de una sociedad esclavista de plantación, era la que se adecuaba a la existencia de amos y señores, y esas costumbres y relaciones económicas se prolongaron insensiblemente en la República.

  5. Dependencia del azúcar. La economía del país dependía en gran medida del comercio exterior, y éste, a su vez, estaba centrado en el azúcar, lo que hacía al país muy vulnerable. Cuando subía el precio del azúcar, como sucedió durante la Primera Guerra Mundial, los precios ascendían astronómicamente (la famosa Danza de los Millones), como ocurrió en época de Menocal (1913-1921), pero cuando bajaban se desplomaba la economía, como sucedió durante el Gobierno de Alfredo Zayas (1921-1924) y, luego, en pleno machadato (1925-1933), tras el crash del 29.
 Continuará.

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