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jueves, 20 de enero de 2011

Genocidio en América: Vídeo ¿Sabes cuántos españoles emigraron en el siglo XVI? Contra la Leyenda Negra anti-española

(Foto de Internet. Colaboración de RazónHistorica)

 Los mal llamados indigenistas, unos comunistas reconvertidos y sin mucho cerebro, han venido ladrando más alto de lo habitual, han repetido una y otra vez el supuesto genocidio ocurrido en América, Bueno, ya sabéis mi opinión al respecto pero como veo que algunos estáis discutiendo con esos ignorantes, os paso algunos datos sobre la emigración española en el siglo XVI a América. Los datos han sido extraídos del Archivo General de Indias y os puedo asegurar que os sorprenderán las cifras, por cierto, los datos empiezan en el 1493 ya que los 39 hombres dejados en el Fuerte Navidad fueron asesinados por los indios.

¿Celebramos el 12 de Octubre del 1492? ¿El llamado día de la Raza o día de la Hispanidad se produjo una invasión europea en América? ¿Los españoles exterminaron a los indios americanos? ¿Se produjo el mayor genocidio de la historia? Para unos es la conmemoración de un genocidio y exterminio de indígenas para otro, la celebración de un descubrimiento, del mestizaje y la evangelización de un continente.

La historia es muy manipulable, sobre todo a manos de políticos sin escrupulos pero esas respuestas tienen una simple contestación... el Archivo General de Indias, en donde se detallan, todos los viajes realizados entre la península y América. Se indican desde las cantidades de oro y plata traidos a la península hasta los datos de los colonos emigrados a América.

En el vídeo se incluyen una relación detallada por región del número de emigrantes españoles a América. La realidad es dura y como se demuestra la emigración fue más bien pobre. Los números son muy reducidos,... more


HISTORIA DE LA ESCLAVITUD (Volumen VI). Por José Antonio Saco ( Para acabar con al Mito de los pobrecitos indios americanos ) ( Parte IV y Final )

(Foto de Internet. Continuación y Final)


Se que estos artículos que he puesto son demasiado largos y las personas no lo leen completamente, pero vale la pena, es tan poco lo que hay escrito sobre el tema, que quise ponerlos en su totalidad para combatir un poco esa Leyenda Negra anti-espanola.

“Lo que no se cuenta sobre muchas Tribus Latinoamericanas, sólo se habla de lo crueles que fueron los conquistadores españoles. Ese es el resultado de la Leyenda Negra anti-española, aquí tienen la realidad”. J.R.M.

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UNIVERSIDAD DE LHABANA
BIBLIOTECA DE CLÁSICOS CUBANOS
RECTOR DE LA UNIVERSIDAD DE LHABANA Juan Vela Valdés
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EDITORA PRINCIPAL Gladys Alonso González
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ADMINISTRADORA EDITORIAL Esther Lobaina Oliva


 Ni a éstos se limitaron aquellos sacrificios, pues en ciertas ocasiones se compraron esclavos para inmolarlos. Celebraban los mercaderes una fiesta particular llamada panquezaliztli, cuyas víctimas eran esclavos de ambos sexos en número igual, comprados en el gran mercado público de Azcapuzalco. Llamose a esos esclavos tlaaltiltin, que quiere decir lavados, porque se les lavaba y engordaba, para que cuando se les matase y comiese, sus carnes fuesen sabrosas, las que se servían cocidas con maíz también cocido, en el gran banquete a que asistían los principales traficantes de esclavos, escogidos de entre muchos pertenecientes a varios pueblos del imperio.138
La feroz superstición mejicana llegó al extremo de sacrificar hasta los niños esclavizados, pues los sacerdotes los compraban para celebrar con ellos las fiestas de las divinidades del agua; y las madres obcecadas por el más cruel fanatismo consentían gustosas en la venta y el sacrificio de sus tiernos hijos. En el monte de Coactepec estaban colocadas las estatuas de aquellos dioses, y allí se les ofrecía la sangre y el corazón de los niños, cuyas carnes después del sacrificio eran devoradas en un convi- te por los señores y los sacerdotes.

 El primer mes del calendario mejicano, que corresponde a nuestro febrero, “hacían —dice Torquemada—, fiesta a los dioses del agua llamados Tlaloc o Tlalocatecuhtli. Al segundo día de este mes, se juntaba todo el pueblo a la celebración de su fiesta, en la cual hacían muchas y varias ceremonias, y las acompañaban con diversidad de sacrificios; y por razón de tenerlo por dioses de las pluvias y aguas, ocupábanse este día y todos los demás de el dicho mes en comprar niños tiernecitos, que aún estaban a los pechos de sus madres, para sacrificarlos en los montes, de donde imaginaban, que el agua les venía, y les parecía que las nubes se engendraban, en las cuales tenían creído que los dichos Tlaloques estaban y presidían. De estos niños comprados hacían luego sacrificio, gastando en él parte de ellos, pero no todos; y los que restaban, iban sacrificando por espacio y tiempo de tres meses, que según esto, era esta matanza y sacrificio, en los otros dos meses suyos, que corresponden al nuestro de marzo y parte de abril, que es el tiempo cuando ya las aguas en esta tierra y reino comienzan con alguna frecuencia, para sustentar los sembrados y sementeras. Mientras algunos de estos niños no se sacrificaba, no se le quitaba a la madre, y le criaba, hasta que llegaba el día de su ofrenda y muerte(...) Cuando llevaban estos niños al sacrificio, iban en hombros y literas muy enramadas y compuestas de flores y rosas; y de ellos echaban en esta ciudad de Méjico, en el remolino de la laguna, y los otros llevaban al desierto y monte de Coactepec, a hacer de ellos el ordinario sacrificio. Llevábanlos con mu- cha música, así de instrumentos musicales como de cantos e himnos hechos y compuestos para aquel propósito. Este mes mataban otros muchos cautivos a honra de los dioses Tlaloques”.139

 Inmolábanse los esclavos, no sólo en las ceremonias religiosas, sino en los funerales de sus amos. Fue costumbre entre los grandes señores mejicanos tener altares en sus casas y emplear exclusivamente uno de ellos, en encender el fuego sagrado, y quemar aromas en él. Cuando el amo moría, este esclavo junto con otros así de aquél como de los señores convidados, eran a veces sacrificados hasta en número de 100 y de 200, para que le acompañasen y sirviesen en la otra vida; y estos sacrificios se renovaban al día 5o, 20o, 40o, 60o y 80o, después de haber sido quemado el cadáver en la pira que se preparaba en el atrio del templo. Acostumbrose también a la muerte de un señor, convidar a su entierro a los demás señores de las provincias, quienes llevaban regalos de ricas mantas, plumas verdes y esclavos.140 Las primeras servían para envolver el cadáver; las segundas, para adornarle, y los últimos, para inmolarlos a los manes del difunto.

 Al contemplar el terrible sacrificio de los esclavos, bien pudiera creerse que la esclavitud fue muy cruel entre los mejicanos; pero nada sería más erróneo. El corazón del hombre, y particularmente el del hombre semi-civilizado, es un conjunto de inconsecuencias y contradicciones; y el mejicano, que tan sanguinario era con los esclavos delante de los altares, en el doméstico les trató con mucha humanidad y dulzura.

 Las leyes les protegieron, y el hombre que los mataba, sufría pena de muerte.141 Sus tareas fueron pocas y moderadas;142 podían casarse, tener familia, bienes y aun esclavos, sin que su amo pudiese servirse de ellos, ni impedirles que los comprasen,143 Muchos amos al morir los dejaban libres;144 otros frecuentemente se casaban con sus esclavas y las amas viudas, con sus esclavos. Cuando éstos eran muchachos se les miraba como hijos. La esclavitud del padre o de la madre, o de entrambos, en nada afectaba al hijo, y éste, por consiguiente, nacía libre;145 cosa que jamás se vio ni aun en las naciones más civilizadas de los tiempos antiguos y modernos. Los amos generalmente conservaban en su poder a los buenos esclavos, pero solían regalarlos como en las grandes fiestas que se celebraban, cuando algunos indios de Tlaxcala, Méjico y otros pueblos de aquella laguna eran armados de caballeros por servicios a la patria, en cuyas funciones los nuevamente condecorados ha- cían presentes a los otros caballeros.146 A los esclavos viciosos o que se huían, el amo antes de venderlos los amonestaba dos o tres veces delante de testigos; pero si no se corregían, entonces se les echaba al pescuezo una media argolla de madera y se les vendía en el mercado. Si después de haber cambiado dos o tres veces de amo aún no se enmendaban, vendía se les para el sacrificio.147 Los esclavos de argolla al pescuezo que se huían de la prisión, alcanzaban su libertad si se acogían al palacio del emperador.148

 Cuando los señores se aparejaban para la guerra, sentenciaban a muerte a los esclavos que estaban presos por algún delito grave; pero también libraban de la cárcel a los injustamente retenidos en esclavitud y éstos inmediatamente se iban a bañar en señal de que eran libres.149

 En el signo del mes del año en que los mejicanos celebraban la fiesta del dios Tezcatlipoca no se podía maltratar a ningún esclavo, pues el amo lo prohibía bajo graves penas a todos los miembros de su familia. Desde la víspera de la función se quitaban las colleras a todos los presos, se les bañaba, enjabonaba y limpiaba la cabeza, y el amo los ob- sequiaba como si fuesen los hijos queridos de aquel dios.150

 Tan desinteresada y generosa fue la esclavitud de los mejicanos con sus esclavos, que cuando Carlos I mandó libertar a los indígenas injustamente esclavizados por los españoles, los indios ya cristianos y propietarios de esclavos de su misma raza, cediendo a los consejos de los religiosos misioneros, no sólo los libertaron voluntaria y gratuitamente, puesto que a ellos no se refería la orden de aquel monarca, sino que les proporcionaron medios con que subsistir en su nueva vida. Otros que antes habían vendido algunos de esos esclavos, los buscaron con diligencia para rescartarlos con su dinero y si no los encontraban, o repartían entre los pobres el precio en que los habían vendido, o libertaban en su lugar a otros esclavos.151 ¡Ejemplo digno de ser imitado por los españoles que allí residían, y aun por las naciones más cultas de la tierra!

 Tales fueron las leyes del código azteca en punto a esclavitud. En él deben distinguirse dos partes muy diferentes: una, relativa al modo de adquirir esclavos; y otra, al tratamiento que se les daba. La primera es muy imperfecta, porque prodiga la pena de esclavitud sin guardar la debida proporción entre las penas y los delitos: asunto verdaderamente difícil, y que no podía resolver con acierto un pueblo cuya civilización estaba poco adelantada. La segunda parte, que más depende del corazón que del entendimiento, es digna de grandes elogios, y aunque todas sus disposiciones no merecen una completa aprobación, puede asegurarse que, en su conjunto, ningún pueblo antiguo ni moderno ha presentado jamás un código tan justo y tan humano en materia de esclavitud. Empero, no se crea, que los esclavos fueron gobernados con la misma dulzura en todas las provincias del imperio mejicano, porque hubo algunas donde las costumbres y las pocas leyes que las regían se apartaron de las ideas filantrópicas de los aztecas.

 Antes de salir de Nueva España, digamos que en Yucatán eran esclavizados los indios que cometían ciertos delitos.152 Ni perdieron la costumbre de esclavizar por otras causas, aun después de la dominación española: así fue que los religiosos establecidos en aquella provincia, entre los remedios que propusieron al Consejo de Indias para atajar los males de aquella tierra, escribieron lo siguiente:
“Remedio en los esclavos que hacen los naturales entre sí; lo que anda tan roto, que en muriendo su padre, el que más puede del pueblo, hace esclavos a los hijos y los vende”.153
Si de Nueva España pasamos a países más meridionales, damos con el Perú, que en grandeza y civilización fue superior a Méjico; pero así como en éste encontraron los españoles establecida la esclavitud de los indios, así también en aquél.

 Atendiendo a la organización social del Perú, no hubo necesidad de esclavos. Todos los indios de ambos sexos estaban obligados a trabajar, y la pereza era castigada severamente. Empleábanse en el servicio doméstico, en la agricultura, en las artes, en la explotación de las minas, y en todas las obras públicas.154 Por otra parte, las leyes a nadie esclavizaban por vicios o delitos, pues éstos, por leves que fuesen, se castigaban ordinariamente con penas mucho más severas, graduándose la magnitud de la culpa, menos por el daño de tercero, que por la ofensa que se hacía al monarca, autor supremo de toda legislación, y a quien debía respetarse como a un dios.155 De este modo quedaron cegadas las fuentes de la esclavitud que tan fecundas fueron en otras partes del Nuevo Mundo. Verdad es que los incas del Perú siempre tuvieron guerras de conquista156 y que dilatando con ellas los límites de su imperio desde el Ecuador hasta Chile, pudieron haber esclavizado muchedumbre de prisioneros; pero su política, con pocas excepciones, consistió en subyugar los pueblos, más con arte y con regalos que con las armas, y cuando se veían forzados a acudir a ellas, procuraban disminuir los males, impi- diendo los saqueos, perdonando a sus enemigos y admitiéndolos como miembros de la nación peruana.157 Sin embargo, aunque en casos de rebelión hubo veces que exterminaron a todos los hombres,158 otras redujeron los rebeldes a perpetua servidumbre, y de aquí nació aquella raza de esclavos por origen, pertenecientes a la corona, llamados yanaconas, y que vestían de un modo diferente al de gente libre.159

 Es innegable que la guerra dio esclavos a los pueblos situados en los confines septentrionales del imperio de los incas, pues cuando Francisco Pizarro marchó de aquellas regiones, dio libertad en la isla de Puna a más de 600 personas naturales de Tumbes, que estaban destinadas, unas para el sacrificio y otras para la esclavitud.160 De un pasaje de Herrera aparece que los caciques acostumbraron esclavizar algunos indios por faltas leves, y que aun después de la conquista quedaron todavía restos de esta costumbre.161

 A su entrada en las provincias del Río de la Plata, los españoles encontraron indios con esclavos.162 El hurto era una de las causas por las cuales se imponía la pena de esclavitud, y el condenado era vendido en otra tierra.

 Los albaias y los guirnacaes, tribus del Paraguay, mataban en sus guerras a los enemigos adultos; pero esclavizaban a las mujeres y a los muchachos, y por pobre que fuese el albaia, no dejaba de tener tres o cuatro esclavos cogidos en la guerra.163 Fernando de Magallanes, en su viaje inmortal, tocó en Río Janeiro, y en los trueques que la tripulación de sus naves hizo con aquellos indios, daba una hacha por un esclavo; pero Magallanes, ya para evitar altercados con los portugueses, ya por el fundado temor de que se consumiesen los víveres, tan necesarios para la larga navegación que había emprendido, prohibió bajo pena de muerte que nadie tomase esclavos.164

 Al paso que los portugueses iban asentando su dominación en el Brasil, fueron también descubriendo que muchas tribus tenían esclavos. De ellos se sirvieron los papanazes; y la nación de los graimares, con la que Martín Alfonso de Sousa hizo un tratado de alianza en 1531, esclavizaba sus prisioneros. Cuando alguno de los papanazes mataba a otro de su nación, aunque fuese por casualidad, era inmediatamente ahorcado y enterrado a presencia de sus parientes y de los del muerto, a quienes se entregaba para que lo ejecutasen. Si el matador se huía, entonces su hijo, hija, o pariente más cercano, se daba como esclavo al pariente más próximo del muerto. Aun de los tupiniguinos, que si bien devoraban a los prisioneros cuando eran adultos, perdonaban la vida a los muchachos, reduciéndolos a esclavitud.165

 Parece que todas las tribus que habitan el Brasil, todavía tienen esclavos. Si entre los indios de Méjico se perdió la libertad por algunos delitos, en el Brasil no se esclaviza por ninguno. Aquí pueden el padre y el marido vender al hijo y a la mujer; pero pocas veces usan de este derecho, y cuando lo ejercen, véndenlos más bien a los extranjeros que a los de su raza. La suerte que cabe a los prisioneros de guerra, es la muerte o la esclavitud. Tribus hay muy crueles con los esclavos, y que abandonan inhumanamente a los enfermos y a los ancianos; pero hay otras, como los botocudos, mudrucos, etc., que los tratan con dulzura, particularmente a los niños que cogen en la guerra.166
Abandonando, pues, las tierras del mediodía, volvamos al hemisferio septentrional para apuntar brevemente lo que en Florida vieron los castellanos.

 De ese país sabemos que los indios en sus mutuas guerras también se esclavizaban, y que los amos los destinaban a la labranza y a otras tareas. Pero así como los antiguos escitas reventaban los ojos a sus esclavos para que no se distrajesen de la ocupación de ordeñar sus yeguas, así los indios de la provincia de Cofaiquichi cortaban a los suyos, para que no se huyesen, los calcañales y nervios de las piernas.167

 Al decir de Charlevoix, los indios que habitaban la Florida entre los 30o y 35o de latitud, esclavizaban a las mujeres y niños que cogían en sus guerras; pero que a los hombres los sacrificaban al sol, que era una de sus divinidades, y que después se los comían como un deber religioso.168

 Avanzando hacia el septentrión, damos con los iroqueses y otras naciones, cuyas costumbres son tan curiosas en punto de guerra y esclavitud, que bien merecen una mención especial.

 Hacíanse de dos modos los esclavos entre esas naciones: o por castigo o por la guerra. Por castigo era cuando algún miembro de una familia mataba al de otra, o al de tribu o nación diferente. En estos casos admitíase la composición, esto es, ciertos presentes que satisfaciendo a la familia del muerto, todo quedaba arreglado, sin haber lugar a venganzas. Los parientes de la víctima no se contentaban con los regalos que se les ofrecían, entonces, era regla general seguida por la mayor parte de esas naciones, que el homicida se entregase como esclavo a los parientes del muerto; y aunque éstos podían matarle, jamás lo hacían. Semejantes esclavos eran tratados con dulzura, pues las madres los adoptaban dispensándoles el mismo cariño que a sus hijos muertos. A veces acontecía que contentándose los interesados con la presentación del esclavo, no lo aceptaban para no tener delante de sí el homicida de su hijo, de su padre o de otro objeto querido.169

 Varia fue la suerte de los prisioneros de guerra.

 Un consejo hacía la distribución de los prisioneros, y un anciano publicaba en alta voz los nombres de las personas a quienes les tocaban. Éstas los llevaban a sus cabañas, ya para esclavizarlos, ya para matarlos;170 muerte que les daban los iroqueses, quemando del modo más horrible a los que consideraban inútiles, como los viejos, enfermos y niños; y también a los jefes o a otros que temían se les escapasen y después les hiciesen daño.171

 La condición del prisionero esclavizado era, entre las naciones algonquines, siempre dura; pero muy suave entre los iroqueses y los hurones.

 “Desde que penetra en la cabaña, en la cual se ha resuelto conservarle, se le desata, se le despoja de los lúgubres atavíos que le presentan como una víctima destinada al sacrificio; se le lava con agua tibia para borrar los colores de su rostro y se le viste de limpio, recibiendo en seguida las visitas de los parientes y amigos de la familia en que va a entrar. Poco tiempo después se celebra un festín, al cual se invita a todo el pueblo, para darle el nombre de la persona a quien viene a substituir: los amigos y los parientes del difunto celebran también un festín para honrarle, y desde este instante entra en posesión de todos sus derechos. Si la esclava donada en una cabaña es una doncella, y no hay ninguna persona de su sexo en estado de poderla sostener, es una fortuna para esta cabaña y para ella. Toda la esperanza de esta familia se funda entonces en esta esclava, que se convierte en señora de la familia y de las ramas que de ella dependen. Si es un hombre el que reemplaza a un anciano, a un considerable, se convierte también en anciano o en con- siderable, y ejerce autoridad en la ciudad, si por su mérito personal sabe sostener con prestigio el nombre que toma”.

 Estos esclavos debían comportarse bien, pues de lo contrario, se exponían a que cambiase su situación, aunque hubiesen corrido muchos años después de haber sido adoptados, y particularmente, si la familia en que se habían injertado era numerosa, pues entonces podrían pasar- se fácilmente sin ellos.

 Los esclavos de los iroqueses no deseaban huirse de la casa de sus amos, pues estaban identificados con ellos, ya por el vínculo de la adopción, ya por el buen trato que se les daba. Y esta conducta, seguida desde siglos anteriores hasta los últimos años, ha influido en que los enemigos de los iroqueses acojan las proposiciones que éstos les hacen, contribuyendo de esta manera a conservar el número de sus familias, y a ser más preponderantes que las demás naciones del septentrión de la América.172

 Las mujeres cogidas en las guerras que esas naciones se hacían, eran esclavizadas y sus amos, ora las tomaban por concubinas, ora se casaban con ellas; pero uno y otro caso, conservaban la marca de su esclavitud, pues no podían usar ni los cabellos largos, ni los borceguíes, que era el signo distintivo de las mujeres libres.173 El borceguí consistía en dos piezas de junco y de algodón, cosidas y muy bien trabajadas, que apretando la pierna por sus dos extremidades, hacen inflar el grueso de ella para que parezca más llena y más redonda.174

 Por último, es de advertir que la esclavitud no era personal entre esas naciones, pues se trasmitía de padres a hijos.175

 Si los europeos, al conquistar el Nuevo Mundo, hallaron establecida la esclavitud entre los mismos indígenas, evidente es que ella no fue una novedad que la Europa introdujo en aquellas regiones. Tan funesta institución estaba entonces generalizada en la vasta superficie del viejo continente; y el gran pecado de los conquistadores del Nuevo consiste en haber consolidado y extendido en él la esclavitud, ora imponiendo su pesado yugo sobre millones de indios libres, ora transportando como esclavos a los hombres de raza africana.

Bibliografía:

miércoles, 19 de enero de 2011

Videos sobre la vida de Máximo Gómez, el patriota asesino

(Foto de Internet)

Estos son 3 Vídeos acerca de la vida del Generalísimo Máximo Gómez, el que llevó la Tea Incendiaria por toda Cuba destruyendo los ingenios, los sembradíos de caña de azúcar, de tabaco, de en fín de todo tipo, las fincas, el ganado, los ferrocarriles, los telégrafos, y ordenó matar a todo aquel que siguiera trabajando en un ingenio azucarero, tambien al que fuera a hablarles de autonomía. Destruyó toda la economia próspera de Cuba, y trajo una hambruna tremenda y por ende muchos muertos. Valeriano Weyler ante esa guerra no convencional, nunca vista por España, decide reconcentrar a los campesinos (que ayudaban a los mambises, algunos por miedo y otros por colaborar) en campos cerca de pueblos y tenían que ir con sus animales, algunos por tener familiares entre los mambises pues decidieron irse con ellos, pero era tanto el hambre por la destrucción, que fueron a pedir ayuda a los campamentos de Weyler, y ya estaban caquécticos y no se podía hacer nada. Murieron muchas personas. Hay quien dice que la muerte de José Martí fue un suicidio al darse cuenta de lo que vendría para Cuba y que él había organizado, pues esa Tea Incendiaria era algo abominable y cruel. Hubo personas que pagaron para que no les quemaran sus fincas y así todo lo hicieron, también pueblos, etc. Después cuando ya los mambises estaban derrotados y se comenzó la autonomía en Cuba, aprobada el 27 de Noviembre de 1897 por la Reina Madre a nombre de su hijo, el Rey Alfonso XIII (menor de edad), y que comenzó el 1 de Enero de 1898,  a pesar de haber tropas mambisas que salieron de manígua y se unieron al nuevo gobierno, Máximo Gómez decide respaldar la invasión norteamericana y pelear al lado de EEUU, algo que Marti y Maceo no hubiesen hecho y lo declararon, pero ya habían muerto. Gómez entregó Cuba a EEUU, o sea legitimó la invasión y después se arrepintió.

Esos Vídeos están narrados de la forma romántica que nos enseñaron los historiadores cubanos, pero en realidad el fué un viejo asesino y cruél. Además hizo una entrada triunfal en La Habana, algo parecido a la de Fidel Castro el 1 de Enero de 1959.




HISTORIA DE LA ESCLAVITUD (Volumen VI). Por José Antonio Saco (Para acabar con al Mito de los pobrecitos indios americanos) ( Parte III )

(Foto de Internet . Continuación)

“Lo que no se cuenta sobre muchas Tribus Latinoamericanas, sólo se habla de lo crueles que fueron los conquistadores españoles. Ese es el resultado de la Leyenda Negra anti-española, aquí tienen la realidad”. J.R.M.

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 Según Clavijero, los aztecas fundaron la ciudad de Méjico en el año 1325 de la era cristiana, y poco antes fue cuando sacrificaron por primera vez un corto número de prisioneros de guerra.91

 Raros en su origen estos sacrificios, aumentáronse poco a poco hasta que corrió la sangre a torrentes en sus numerosas fiestas religiosas,92 en la consagración de sus templos y en la coronación y funerales de sus reyes y señores. Ya el objeto de sus guerras no fue tanto por engrandecerse, cuanto por hacer prisioneros para el sacrificio.93 “Los Dioses tienen hambre”, decían a veces los sacerdotes al monarca; y si en el furor de los combates se derramaba menos sangre, era por el interés de coger vivos a los enemigos, para ofrecerlos en holocausto a sus dioses sanguinarios. Cuando Cortés preguntó a Moctezuma “¿cómo siendo tan poderoso y habiendo conquistado tantos reinos, no había sojuzgado la provincia de Tlaxcala, que tan cerca estaba?” Moctezuma le respondió que por dos razones: la una, por tener en qué ejercitar la juventud mejicana, para que no se criase en ocio y regalo: la otra, y principalmente, porque había reservado aquella provincia para sacar cautivos que sacrificar a sus dioses.94 Ningún rescate podía librar al cautivo del sacrificio, y el valor de un guerrero mejicano se graduaba por el número de prisioneros que hacía.95

 El modo ordinario del sacrificio era abrir la víctima por el pecho y sacarle el corazón; pero a veces, ora se la ahogaba en el lago de Méjico, ora se la hacía morir de hambre, encerrándola en las cavernas de los montes, ora, en fin, combatiendo como los gladiadores de la antigua Roma.96

 Cuando llegaba la hora tremenda de consumar el sacrificio del primer modo indicado, seis sacerdotes con las manos, rostro y cuerpo pintados de negro, hacían subir al cautivo al atrio del templo. Cinco de aquéllos vestían mantos blancos recamados (ricamati) de negro, con la frente ar- mada (adornada o ceñida) de cotellini de papel de varios colores, y con largas y revueltas cabelleras. El sexto sacerdote, que era el gran sacrificador, llevaba un manto rojo, símbolo de su sanguinario ministerio, una corona en la cabeza, de hermosas plumas verdes y amarillas, y en la mano un cuchillo formidable de una materia volcánica, dura como el pedernal.97 Tendíase a la víctima boca arriba sobre una gran piedra de jaspe, de más de cinco pies de largo, tres de ancho, otro tanto de alto, y un poco convexa por la parte superior para que el pecho le quedase prominente. En esta posición, cuatro de los sacerdotes le sujetaban los pies y las manos, otro le apretaba la garganta contra la piedra echándole una media argolla de madera en forma de serpiente, y el sexto armado de cuchillo, le abría el pecho con una prontitud asombrosa, metiendo la mano por la herida, le arrancaba el corazón, que caliente y palpitante ofrecía al sol, y después lo arrojaba a los pies del ídolo del templo.98 Esta muerte horrible sufrieron en la noche triste muchos de los españoles compañeros de Cortés, y sus carnes después del sacrificio fueron devoradas como de costumbre, en un banquete sagrado.99 Tal fue el modo ordinario de los sacrificios entre los aztecas; pero hubo casos en que la víctima era inmolada con ceremonias diferentes y de una manera más cruel.100

 La bárbara costumbre de los sacrificios humanos no sólo existió en muchos pueblos de América, sino en otros del viejo continente.

 Los cananeos inmolaron cruelmente a los niños en los brazos de su ídolo Moloch.101 Víctimas humanas sacrificaron también los moabitas.102  Lo mismo hicieron por hecatombes algunos pueblos de la antigua España. 

 Los galatas sacrificaron cada cinco años los malhechores a sus dioses, ya empalándolos, ya consumiéndolos en hogueras, y suerte igual experimentaron sus prisioneros de guerra.103

 Los escitas, además de caballos y otros animales, ofrecieron al dios Marte algunos de sus prisioneros.104
Aquí aparece el escita menos feroz que el mejicano, porque aquél no devoraba como éste las carnes de la víctima en un banquete solemne.

 Los antiguos germanos sacrificaban en ciertos días víctimas humanas a Mercurio, que era su principal divinidad,105 y lo mismo hicieron los antiguos galos.106

 Los árabes inmolaron hombres a sus divinidades, y todavía en el sig1o sexto duraban entre ellos estos sacrificios.107

 Viniendo a nuestros días, vese en África que algunas naciones practican sacrificios humanos; y entre ellos, ninguna es tan conocida de los europeos, ni goza de tan funesta celebridad como la de Dahomey en la costa occidental de aquel continente.

Pero se dirá, que todas las naciones hasta aquí mencionadas vivieron en la barbarie, y que los mejicanos, que inmolaron hombres como ellas, no tuvieron por cierto la civilización que tanto se pondera. Nada sería más erróneo que este argumento, porque las supersticiones religiosas tienen un imperio tan poderoso sobre el corazón humano, que a veces sobreviven muchos siglos a la época en que los pueblos que las practican han salido ya de la barbarie. ¿No subió el antiguo Egipto a una civilización muy elevada? Pero al mismo tiempo, ¿no estuvo en contradicción con ella el absurdo y ridículo sistema religioso que profesó? Si no puede afirmarse que ese pueblo hubiese manchado su culto con sangre humana, otros, ciertamente, a quienes no cuadra la denominación de bárbaros la derramaron también en honor de sus divinidades.

 La antigua India, a pesar de su adelantada civilización, celebró sacrificios humanos, y sus dioses hallaban la sangre de las víctimas sabrosa como la ambrosía.108 Los battas, en la isla de Sumatra, aunque ya civilizados, se comían por su precepto religioso a sus más próximos parientes viejos y enfermos.109

 Los persas enterraban gente viva, y a veces era para sacrificar a los dioses.110 Los antiguos griegos del continente y de las islas sacrificaron a sus dioses víctimas humanas,111 y en la Arcadia todavía se inmolaban en tiempo de Eusebio.112

 Los mismos hebreos, ese pueblo escogido de Dios, olvidándose de las leyes, y entregándose a una idólatra apostasía, sacrificaron a sus hijos a los dioses de Canaán.113

 Iguales sacrificios hicieron los fenicios a Saturno en tiempo de guerra y de otras calamidades.114

 Los cartagineses, que fueron uno de los pueblos más célebres de la Antigüedad, inmolaron a Kronos, no ya los prisioneros de guerra, sino los hijos de las familias más distinguidas de Cartago.115 Y todavía practicaron estos sacrificios en tiempo de Eusebio.116

 Hombres sacrificaron a Júpiter y a Apolo los antiguos romanos;117 y si damos crédito, a Porphiro, 118 ellos no abolieron enteramente esta práctica sanguinaria hasta el año 657 de la fundación de Roma.

 Robertson, en el libro VII de su Historia de América, atribuye los sacrificios de los mejicanos, no a su bárbaro estado, pues que él reconoce los adelantamientos sociales que habían hecho, sino al sistema religioso que adoptaron. 

 En su concepto, todos los países donde se adora como divinidad al sol, la luna y otros objetos de la naturaleza, el espíritu de superstición es dulce; pero cuando se rinde un culto religioso a seres quiméricos, hijos de la imaginación y del temor del hombre, entonces la superstición toma unas formas extrañas y feroces. La primera de estas religiones, dice él, fue la de los peruanos; la segunda, la de los mejicanos; y he aquí, dice él también, por qué éstos inmolaron hombres; mas, no aquéllos.

 Este raciocinio de Robertson, por más filosófico que parezca, es completamente falso. Que se derrame o no sangre humana en el culto de los pueblos idólatras, esto no depende de que los seres a quienes ellos adoran, sean objetos naturales, o puramente quiméricos, sino de las ideas supersticiosas que los obcecan y obligan a tributar adoraciones de aqueste o del otro género. El hombre en su pequeñez, deseando hacerse propicia la divinidad que rige el universo, juzga que las ofrendas que le consagra, cuanto más nobles y más preciosas, tanto más aceptables le serán; y como nada en la creación es comparable al hombre, él creyó en su delirante fanatismo, que a veces debía derramar en los altares la sangre de sus semejantes.

 Si volvemos la vista a los pueblos que en el nuevo continente ofrecieron víctimas humanas, encontramos que algunos de ellos adoraron objetos naturales. Culto rindieron al sol los indios que habitaban la Florida entre los 30o y 35o de latitud septentrional; y, sin embargo, a él le sacrificaban los prisioneros de guerra.119 A ese astro contaron también entre sus divinidades los mismos mejicanos, y por eso, en el acto del sacrificio, el gran sacrificador le ofrecía el corazón de la víctima.

 En el espacio comprendido entre la península de Yucatán y Guatemala habitaron varias naciones, y una de las principales de ellas, llamada de los indios lacondones, adoraba también al sol, a cuyo astro se ofrecía el corazón de sus prisioneros del mismo modo que los mejicanos.120

 Los itzaes, otra de las naciones de aquella región, tuvieron mucha variedad de sacrificios, y uno era el que se hacía al ídolo Hobo. Era éste de metal hueco, como Moloch entre los cananeos, abierto por las espaldas y con los brazos tendidos. Encerrábase en él la víctima, y aplicándole fuego, quedaba allí hecha cenizas; y para que nadie tuviese compasión de los lamentos de la víctima, los sacerdotes durante el sacrificio, bailaban, gritaban, y tañían sus estrepitosos instrumentos. A los padres y parientes hacíaseles bailar con los demás circunstantes mientras duraba tan horrible sacrificio.121

 Los indios del Nuevo Reino de Granada adoraron al sol y a la luna como dos divinidades creadoras del universo; pero ya hemos visto que a veces regaron sus templos con la sangre de los muchachos.122

 Los mismos peruanos, cuya religión nos presenta Robertson tan inmaculada, no estuvieron del todo exentos de sacrificios humanos, pues cuando los incas estaban enfermos, o iban a la guerra, solieran inmolarse niños de la edad de 4 a 10 años, para que aquéllos alcanzasen la salud o la victoria.123

 Al coronarse los incas, sacrificábanse 200 niños, ahogándolos y enterrándolos unas veces, o degollándolos otras, con cuya sangre untábanse los sacerdotes de oreja a oreja. En esa solemnidad inmolábanse también las vírgenes Mamaconas del templo. Cuando estaba enfermo algún indio principal y el sacerdote decía que había de morir, sacrificaban al hijo diciendo: “que se contentase el ídolo con él y que no quitase la vida al padre”.124

 En otros casos sacrificaron también los peruanos víctimas humanas; mas, no hay necesidad de prolongar esa lista fúnebre.

 El célebre historiador escocés tuvo poco acceso a las fuentes originales y no leyó todo lo que debió leer para escribir la historia de América. Acaso en este punto siguió al inca Garcilaso de la Vega, quien niega en la parte 1a, libro II, capítulo IX de sus Comentarios Reales, que los peruanos se hubiesen manchado con esos sacrificios. Pero Garcilaso fue por su madre descendiente de los incas del Perú e interesado en repeler tan grave cargo contra la memoria de sus progenitores; su testimonio debe mirarse con desconfianza, y tanto más, cuanto que autores que conocieron las costumbres de aquellos indios, afirman positivamente lo contrario. Fray Vicente de Valverde, obispo del Cuzco, dice en una carta interesante que escribió a Carlos V: “Sacrifican ovexas y palomas al sol, porque entre los señores principales y en la mayor parte de la tierra no sacrificaban hombres ni adoraban ídolos sino al Sol, aunque en algunas provincias sugetas a este señor [al inca del Cuzco] sacrifican ombres y adoran ídolos”.125

 Acerca del número de víctimas sacrificadas en Méjico, hay gran divergencia entre los autores. Los primeros religiosos franciscos que llegaron a Méjico muy poco después de la conquista, calcularon en casi 2 500 los hombres y los niños inmolados anualmente en aquella capital y en algunos pueblos circunvecinos de la laguna.126 Pero este cómputo es muy incompleto, pues solamente comprende una parte del imperio. Las Casas en su impugnación al doctor Sepúlveda, dice que el número de víctimas era muy corto. Zumárraga, primer obispo de Méjico, en una carta que escribió en 12 de junio de 1531 al Capítulo General de su Or- den, reunido en Tolosa de España, eleva a 20 000 el total anual en sólo la ciudad de Méjico.127 Clavijero cree que no es excesivo calcular en 20 000 los sacrificios anuales.128 López Gomara, llevado de lo que otros dicen, opina que hubo años hasta de 50 000.129 Herrera, más circunspecto, no se atreve a fijar cantidad anual; pero dice que hubo vez en que las vícti- mas pasaron de 5 000 y aun 20 000.130

 Autores muy versados en las antigüedades mejicanas, como Torquemada y don Fernando de Alba, nombre que se dio al indio Ixtlilxóchitl, elevan el primero131 a 72 344 y el segundo132 a 80 400 los prisioneros inmolados en pocos días, cuando en el año de 1486 se celebró la consagración del gran templo de Méjico. Con estas cifras no concuerda la Explicación del Código Telleriano-Remense, pues en ella se afirma que entonces sólo fueron sacrificados 4 000 prisioneros.133 Prescott134 no cree que entonces se hubiesen sacrificado tantas víctimas, y fúndase en que los prisioneros se habrían sublevado para no dejarse matar como carneros, y en que la corrupción de los cadáveres habría ocasionado una peste. Yo tampoco creo en tales exageraciones; pero no por las dos razones que él expone. En cuanto a la primera, es de advertir, que ni todos los cautivos estarían juntos, sino esparcidos en varios lugares; ni que se sacarían todos de un golpe, puesto que los sacrificios duraron cuatro días consecutivos.

 Tomaríanse, además, con ellos todas las precauciones posibles para que no se sublevasen o escapasen. La nación mejicana era populosa y guerrera; y como la fiesta que entonces se celebró fue una de las más solemnes, acudirían a la capital muchos habitantes de otros pueblos; y este extraordinario concurso facilitaba los medios de consumar aquel sacrificio con toda seguridad. Clavijero dice que en concepto de algunos autores, 6 millones de personas asistieron a esta gran fiesta, número que aunque, en su juicio, puede ser exa- gerado, no le parece absolutamente inverosímil.135

 Yo no creo en tales 6 millones; pero sí admito que la concurrencia sería muy numerosa y más que suficiente para impedir que los cautivos se sublevasen. En cuanto a la peste, muchos cadáveres serían devorados, según costumbre, en el banquete sagrado que se hacía después del sacrificio; y los restantes serían transportados a puntos diferentes para impedir su acumulación, o enterrados o quemados, como se practicaba con otros muertos.

 Para mí, la verdadera dificultad consiste en el prodigioso número de víctimas que se señala; porque cuando se celebró la consagración del gran templo en 1486, ya estaban terminadas las conquistas del vasto país que formaron aquel imperio, pues a excepción de Tlaxcala, todos los pueblos obedecían ciegamente al monarca de Méjico: de manera que de ellos ya no se podían sacar cautivos. Y si Tlaxcala no sucumbió también, fue porque de intento se la dejó independiente para guerrear con ella, ejercitar, como se ha dicho, en las armas a la juventud mejicana y coger prisioneros para el sacrificio. ¿Pero esto mismo no prueba que ya eran muy pocas las guerras exteriores, y que por lo mismo había gran dificultad en hacer cautivos? Muy raras debieron también de ser las insurrecciones intestinas, por el grado de profunda sumisión a que estaban reducidas las provincias subyugadas; y esto demuestra, que ya estaban casi agotadas las fuentes de donde se sacaban las víctimas humanas. Para reunir todas las que entonces se inmolaron, fue preciso ir reservando los prisioneros que se hicieron en las guerras de los cuatro años anteriores;136 pero este número no pudo ser tan grande como se supone, así por las razones ya expuestas, como por la multitud de sacrificios que hacían los mejicanos en las frecuentísimas fiestas que anualmente celebraban.

 En medio de tanta incertidumbre, hay un dato que derrama mucha luz sobre el número aproximado de las víctimas que hubo en la consagración del gran templo en 1486. “Para hacer —dice Clavijero— con mayor aparato tan horrible sacrificio, las víctimas se pusieron en dos filas, cada una de casi milla y media, las cuales empezaban en las calles de Tacuba y de Iztapalapan y terminaban en el mismo templo, y según que a él iban llegando, eran sacrificadas”.137 Esas dos filas de casi milla y media, cada una forman casi tres; o sea, casi una legua. Al fin que me propongo cumple más bien aumentar que disminuir la distancia: por eso tomaré entera la legua, pero no francesa, sino española, que es más larga, y cuya longitud es de 5 555 metros, 55 centímetros. Computando que en cada metro se colocaron tres cautivos, resulta un total de 16 666; pero aun exagerando el cálculo, y suponiendo que en cada metro entrasen cuatro cautivos, el total de ellos sería de 22 222: número que dista inmensamente de esas decenas de miles de que hablan algunos autores.

 Por más que se rebaje el número de víctimas inmoladas en aquella gran solemnidad y en los sacrificios anuales, es innegable que en ningún país de América ni acaso del mundo, se derramó en período igual tanta sangre humana a nombre de la religión, como en el imperio de Anáhuac; y que sin esta bárbara costumbre, la esclavitud habría tomado en él mayor extensión, pues que a ella hubieran sido condenados muchos de los prisioneros que recibieron la muerte.

(Continuará)

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